Por Ramiro García Morete

“La mejor manera de combatir al mal, es un enérgico progreso en el sentido del bien» (I Ching). Al final de la cursada de “Auditiva” de la carrera de composición en Bellas Artes, el profesor les tiraba el I Ching. La Facultad había cambiado en cierto punto sus percepciones, desde que en la primera clase otro docente le sugirió que se podía hacer música hasta con el ruido de la puerta. Hasta entonces había tocado el bajo y cantado -inspirado un poco por Bochatón- y armado bandas como aquella de los 13 años junto a compañeros de la Italiana con un nombre más que descriptivo: Octavo A. La guitarra casi sagrada que su madre trajo de Brasil apenas si tenía permitido tocarla, aunque sí cedía ella comprarle los discos en la histórica disquería de Miguel a metros de la Terminal de Ómnibus. Desde que a los 8 escuchó el nombre Ratones Paranoicos hasta más grande, se había encargado de conseguir discos extraños o todos los de Virus. Sin dudas una de sus favoritas, la banda de los Moura guardaba filiación con su seno familiar. Al parecer, su padre -Pingüi, representante y organizador de grandes fiestas locales de los ´70- le había sugerido a Federico que cantara en tiempos de Dulce de Membrillo.

Lo cierto es que se sumergiría de tal modo en las posibilidades y experimentaciones académicas que en su carrera como compositor que llegaría a componer obras con “solos de enanos de jardín”, a viajar por distintos países y hasta conocer la aurora boreal. Pero en algún momento el I Ching volvería a su vida, a la par del Tai Chi Chuan. Tampoco perdería de vista otras vertientes de lo “oriental” como Alfredo Zitarrosa y ante todo, la canción. Hasta los veintipico, apenas si podía hacer la cejilla en la guitarra pero ahora la criolla orientaría el camino. En la piecita -estudio de Mati Jury, en pleno corazón del Mondongo-, surgirían composiciones que el tiempo y una lesión en la mano producto del Kung Fu dilatarían. Pero sin perder nunca “el manantial de fe”, el camino lo cruzaría con un reconocido sonidista que antaño trabajara con su padre: Raúl “Trancy” Casadey. En “El Gallinero” de Barrio Hipódromo le darían forma y color a este puñado de grabaciones en las que amigues contribuirían. Entre el rock y el pop, contrapuntos de teclas y guitarras, una visible marca del imaginario chino y el amor como tópico universal siempre vigente resulta “El camino del Tigre” , primer EP de “Marra y les Practicantes”. O un nuevo primer paso para Emilio Marracini en el viejo sendero hacia sí mismo.

“Es el primer EP que sacamos y el primer trabajo que saco yo -constata Marracini-. He estado en la música desde antes, pero nunca había llegado a la tapa del disco limpio”. Y grafica de manera directa: “tiene que ver con una etapa en la que estuve y estoy fuertemente influenciado por la cultura china. Y el disco refleja un poco eso. Canciones de amor, pero bajo la lupa de la cultura del I ching, el Tao, el kung fu. La banda tiene un sonido indie, bien platense y son cuatro temas breves que hablan del amor, que es lo que por ahí me movió a escribirlas”. El músico cita a Virus, Estelares y Gorriones como influencias, pero también se filtran aires rioplatenses en “Uruguay”. “Los argentinos flashamos como una especie de tierra prometida. Tengo un amigo que mandó una carta a la embajada pidiendo la ciudadanía (risas)”. Y recordando recorridos por el país hermano, declara: “los viajes son recontra significativos. No importa si es Uruguay, Amsterdam o Pergamino. Importa cómo sale uno cuando empieza y cómo volves”.

“El disco nació de las ideas, solo con la criolla. Grabamos y produjimos con Maty Jury en su casa. No había banda y fui llamando a distintos amigues. Eso es muy loco. Fue mutando tanto, de lo que empezó a lo que terminó siendo. Hará tres años empezamos a grabar “Un dia como cualquiera”. Después estuvimos un año completo sin grabar. Después vino “Julia Kilómetros”, con idea de grabar un disco largo. En el medio, lesión la mano…”  Allí aparecería Trancy, quien “por casualidades había viajado muchos años a China. Así que enseguida entendió adónde iba el disco”.

Marracini reconoce el amor como el gran tema de su obra: “nunca me preocupo que suene a algo loco o a algo tradicional. Me preocupa que sea sincero, si es sincero el camino es correcto. Nada más sincero y más lindo que el amor y el enamoramiento. Y quizá suene hippie, pero esa energía tan pura del enamoramiento es movilizadora. Puede no pasar nada después… o que se te pase. Pero poder canalizar esta energía a la música es lo que le da poder”.

Con una banda expectante por tocar, el disco lleva su firma pero acabó siendo colectivo. “Es fundamental… solo no se puede. Nadie salva a nadie ni nadie se salva solo. Tuve otros proyectos, pero nunca encontramos al Virgilio o al guía para ayudar a canalizarlos. Fue clave el empuje y la guía de Mati. Es una banda solista, pero nadie puede tocar solo en sí. Es necesario reconocer y darse cuenta de ese laburo”. Lara Alarcon (voz), Emilio Rivas (bajo), Mauro Restivo (teclados), Gonzalo Mollo (Contrabajo), Emi Pascolini (Batería) y Mati Jury (guitarras y teclados) acompañaron en el disco, mientras que la formación actual cuenta con Dario Pelu Pita (guitarra y programación), Chefene (bajo y coros) y Mora Mendez (batería y coros). “La onda es presentarlo como banda y que la banda tenga un sonido más crudo, más visceral”.