Por Ramiro García Morete

“Tengo miedo. Estoy en caída libre y tengo miedo del impacto”, confiesa el personaje del actor que personifica a un actor. Él preferirá “seres” a “personajes” dado “que es más complejo”. Lo cierto es que el teatro –en cierto modo– siempre se ha tratado del miedo, de la caída libre, de lo vivo. Del espacio y sus límites, de lo posible y de lo imposible. Y del otro. Poder ser otro o poder movilizar al otro.

Quizá a los once años, cuando sus padres y empleados bancarios le dijeron que además de colonia de vacaciones el club ofrecía un taller en el céntrico Teatro El Altillo, Federico Aimetta no lo advirtiera en toda su dimensión. Si bien había sido el que “las tías decían qué imaginación este chico”, duraría pocos meses. Pero a eso de los dieciocho, algo regresaría a través del taller de Febe Chaves. Y luego seguiría tomar más talleres y actuar y luego dar talleres y seguir actuando y actuando y así no solo poder ser otros sino ser él mismo a través del teatro.

“El hombre desesperado está en un teatro fantasma”. Frente a la cámara de una notebook y otra de un celular, el monólogo se antoja como un relato metadiscursivo, sobre el teatro y desde el teatro. Pero en un espacio muy distinto. Matiza la voz y aplica sutiles expresiones para sostener la tensión sin pensar en una décima fila que no está ahí. Igual que cada dramaturgo, vestuarista, iluminador y la infinita red de trabajadores alrededor de este arte, sabe que el teatro no cabe en un click ni se sujeta “al vacío del entretenimiento” o la inmediatez on line. “El teatro no se trata de los no muertos, sino de los vivos”, dirá este ser o personaje y en la multiplicidad de puntos de vista que constituye la narrativa de Roland Schimmelpfennig, no sabremos si lo dice el actor, el personaje o el personaje del actor. Quizá lo digan todos todes. El teatro es una experiencia. Y es una fuente de trabajo.

“Hemos perdido el teatro. Ha sido indestructible”, menciona el monólogo que la dramaturga Claudia Billorou adaptó a una nueva normalidad que la pandemia emparenta con Alemania… en algunos aspectos. Porque aquí abajo, abajo, el oficio arrastra adversidades históricas que se intensificaron durante la última gestión y que –es de público conocimiento– no sólo alcanzaron al under o círculo independiente. El mismo Teatro Argentino –que es orgullo y atractivo turístico y cultural– vio limitadas (por no decir detenidas) sus actividades mucho tiempo. Y esta pandemia pareciera ser una piedra más.

Pero nuevamente, el ímpetu de trabajadorxs y artistas para sobrellevar “con lo que se puede” motoriza ideas para sostener vivo –precisamente– ese lenguaje de lo vivo. El miedo, la caída libre, el otro, el espacio, los límites. Desde su forma y contenido (un streaming austero visualmente pero intenso en discurso), “El show no puede continuar” habla un poco de ello. O mejor dicho –acorde a la naturaleza del arte si es que tiene una– se  hace preguntas. ¿Y qué es el mundo hoy en día sino un gran escenario lleno de preguntas?

El espacio –y por ende el formato– es el primer interrogante sobre esa obra virtual: “La cuestión es esa –trata de responder Aimetta–. ¿Es teatro lo que podemos hacer en este momento? ¿Es teatro esto que hicimos con Claudia y equipo? Durante todo el proceso, una intención marcada de Claudia de cuidarse mucho del formato cine y de generar atractivo por hacerlo´multisensorial´. Lo más crudo posible. Todo tratando que sobresalga o impere la poca actuación que se puede transmitir a través de una pantalla sin querer aplicar las posibilidades del cine”.

“En este laburo –narra el actor– la dirección fue compleja. Tuvimos que ir viendo, cuánto de los ojos, cuánto del cuerpo. Algo cercano a mí, a una expresividad física, todo muy naturalizado. Estoy en mi casa sentado delante de la compu, tirando esto, discursando este ensayo. Acá una ceja cuenta el doble que una apertura de brazos al cielo. Empezás a tener otros recursos. Acá tenés la posibilidad de hacer un poco menos o de ecualizar otro tipo de recursos”. Y dice con humor: “Es un pelado hablando durante veinte minutos. Lo que te va llevando es el texto”. Ese mismo hecho de alternar planos y puntos de vista, casi como un ejercicio meta teatral. “Es una obra que cuenta una obra y una situación que no es… un rulito de sentido interesante”.

“Tiene un bocho muy interesante –expresa sobre Claudia Billourou–. Ha vivido  en Alemania, vivido mucho, visto y trabajado. Es una gran puestista, gran directora de escena. Ella estuvo dirigiendo la TAE, poniéndose al hombro contra viento y marea. Es una mujer muy abocada y apasionada. Y saca de donde no hay, recursos o gente o ideas”.

“Sin el convivio no sé si se puede llamar teatro. Se puede actuar vía web pero los parámetros se ven corrompidos”, piensa el actor y docente sobre esa experiencia que es más que el tiempo de duración de la obra. “Para el espectador, desde que dice: listo hoy voy a ver esta obra. Y hasta la vuelta, ya que por ahí se va pensando en ella o va a comer y seguir hablando. También para los actores, actrices y demás. El día que tenés función es distinto. El ir a prepararse, el vestuario, chequear una cosa. Toda una experiencia. Vos estás acá para que yo te haga sentir esas cosas y yo generando un montón de subjetividades y corrimientos del mundo normal”.

Pero al igual que el protagonista del texto, el actor recuerda que el teatro es también una fuente de ingreso. “Parece un reclamo que solo va por interioridad, mi centro emocional. Este es el sustento económico para muchos. Más allá de lo emocional. Más allá de las ganas. Suena a reclamo pequeño burgués. Por supuesto que entiendo la cuarentena, la respeto y es lo que hay que hacer”. Pero es inevitable pensar un futuro sin teatro: “Nos deja en el vacío de los proveedores de entretenimiento. Nos lleva ahí. Nos desahucia. Tengo muchísimos conocidos y conocidas que les da de comer. Lugares que tienen que ver cómo pagan los alquileres o la factura de luz”. Esos temores se trasladan a un posible regreso, donde tanto las funciones como las clases pueden quedar signadas bajo un temor: “El peligro es el otro. Va a ser muy raro. Imaginemos que un día nos dicen: ok, se puede… ¿quién va a ir a al teatro al toque? Queda mucho miedo, mucha paranoia. El otro puede ser mi muerte”.

Pero lejos de perder el ánimo y la pasión, Aimetta sabe que el teatro siempre lidió con el vacío y la incertidumbre: “Las miles de cosas que pueden pasar cuando está actuando. Pende de un hilo toda esa magia, de una telaraña. Una se descola y te hace pelota todo”. Y la charla retorna a ese centro que es el teatro en primera persona y sensaciones primarias que aún conserva: “Sentir cosas que no me pasaban. Mirá lo que te puedo producir o generar, moviendo palancas afectivas en mí. Sin ser yo o sin estar en primer plano. La generación de mundos y posibilidades, de seres. Poder dar entidad a esos seres y accionar como nunca. Ser el más hijo de puta, el más frágil. Es un universo interminable. Y muy sensible, que te mete en tus entrañas a buscar cosas que querés expresar. Es generar al otro”.