Por Carlos Ciappina

Don Arturo Jauretche acuñó una palabra para describir el aparato científico-cultural que la élite oligárquica argentina había construido desde el triunfo de Caseros en adelante: la «intelligentzia» era, para ese gran pensador nacional, tan necesaria para la continuidad del proyecto oligárquico como el control sobre la economía misma. ¿Por qué? Porque ese aparato cultural construido por la élite era una pieza clave que mantenía oculto el carácter expoliador de la élite terrateniente y sus socios internos y el carácter semicolonial de nuestro país en relación con Gran Bretaña en aquella época.

El título de este texto es, precisamente, el mismo que trescientos intelectuales –en un sentido gramsciano del término, o, como diría Jauretche, la actual intelligentzia– dirigieron al presidente de la república en medio de la pandemia global que se ha cobrado cientos de miles de muertes y millones de contagiados.

La carta en sí carece de toda sustancia y fundamentos científico-sanitarios. Tiene además afirmaciones que son directamente falsas de toda falsedad.

Podríamos desmenuzarla párrafo por párrafo, pero bastarán tres de ellos para entender lo que acabamos de afirmar: «Si bien ningún país estaba preparado para esto, la primera reacción del gobierno argentino fue negar la existencia del problema, a pesar de las advertencias desde un sector independiente de la comunidad científica y de la política». Esta afirmación es de una levedad asombrosa. Toda persona bienintencionada sabe que la realidad es absolutamente opuesta a esta especie de fake news intelectual: el gobierno argentino –a contrapelo de los gobiernos de Italia, España, Gran Bretaña, Estados Unidos, Brasil y Chile– tomó inmediata cuenta de lo grave de la situación y se encaminó hacia medidas que no se tomaron en ninguno de los otros países con tanta premura. Los resultados son hechos y datos, no opiniones: nuestro país tiene, a igual población, un número infinitamente menor de infectados y muertos por la enfermedad. Datos, no opiniones.

«El presidente Fernández anunció que comenzaba ‘la hora del Estado’, una expresión que recuerda a la famosa frase de Leopoldo Lugones y describe un fenomenal avance en la concentración del poder para eludir cualquier tipo de control institucional». Esta afirmación no solo es errónea, sino artera. Comparar a Alberto Fernandez con Leopoldo Lugones es un despropósito político e histórico. El actual presidente de la república ha sido electo por mandato popular y un demócrata toda su vida. Leopoldo Lugones no dijo «Llegó la hora del Estado» en su discurso del centenario de la Batalla de Ayacucho en 1924, sino «Llegó la hora de la espada». Y lo dijo precisamente para habilitar los golpes de Estado que inauguraron atroces dictaduras, entre ellas la que derrocó a Yrigoyen. De modo que tampoco se entiende el sentido de comparar a un demócrata con un admirador del fascismo. ¿Será ignorancia o mala fe?

La frase «la hora del Estado» –en boca de Fernandez– nada tiene que ver con las dictaduras militares –que quizás alguno de los firmantes ha apoyado, como por ejemplo Darío Lopérfido, negacionista de la dimensión de los crímenes de la última dictadura militar–, sino que refiere a que ha sido el Estado, en Argentina y en el mundo, la única institución que ha permitido aliviar la situación sanitaria, alimentaria, y darle alguna esperanza a los millones de infectados, mientras el tan admirado mercado ha mostrado una vez más su absoluta incapacidad para dar cuenta de las necesidades de personas que están, simple y terriblemente, enfermas.

Estos «intelectuales» confunden demócratas con fascistas y un Estado que cuida a su pueblo con una dictadura totalitaria.

«En nombre de la salud pública, una versión aggiornada de la ‘seguridad nacional’, el gobierno encontró en la ‘infectadura’ un eficaz relato legitimado en expertos, seguramente acostumbrados a lidiar con escenarios que se asemejan a situaciones de laboratorio y ratones de experimentación, pero ignorantes de las consecuencias sociales de sus decisiones».

Este párrafo lleva el discurso al límite de la incapacidad de análisis: comparar los esfuerzos del Estado democrático en todos sus niveles –la labor de médicos/as, enfermeras/os, especialistas en salud, miembros de las fuerzas de seguridad, cuidadores de ancianos y de niños en instituciones públicas y en las escuelas con los comedores abiertos– con la Doctrina de la Seguridad Nacional es un despropósito analítico, una confusión de conceptos inmensa y, finalmente, una falta de respeto intelectual. La Doctrina de la Seguridad Nacional se desarrolló para castigar a los pueblos de América Latina, profundizar la represión, las desapariciones y la miseria económica y cultural. Creó al Estado terrorista. No hay nada que comparar con nuestra realidad actual. Los esfuerzos del Estado argentino en la actualidad están dirigidos a lo opuesto: cuidar, salvar, sostener y acompañar en el marco de la pandemia a todas y todos los ciudadanos, y en especial a los más vulnerables y vulnerados.

No avancemos más, pues, en los despropósitos de esta carta y sí propongo un análisis de por qué es un conjunto de afirmaciones tan argumentativamente pobres y, de algún modo, irracionales y sin sentido. ¿Hay una decadencia de las capacidades intelectuales de la intelligentzia? Opino que hay una profunda y acelerada decadencia de aquel aparato científico-cultural de la élite que Jauretche tan bien describió en sus trabajos.

Hagamos un breve ejercicio de ucronía. Imaginemos el pasado. Pensemos que en, digamos, 1864 un grupo de intelectuales de la élite le mandara una carta al presidente Mitre. No importa el tema, pero firmarían personajes de la talla de Domingo Faustino Sarmiento –a la cabeza de las teorías sobre educación de la época y del darwinismo positivista–, Juan Bautista Alberdi –traductor de Marx y un teórico del liberalismo de renombre internacional– o José Dalmacio Vélez Sarsfield –especialista en las últimas definiciones del derecho de su época–.

Avancemos un poquito en el tiempo e imaginemos que en 1898 los intelectuales de la élite de los años ochenta le escriben una carta al presidente Roca: firmarían Miguel Cané, Lucio V. Mansilla, Eduardo Wilde, Lucio V. López, Eugenio Cambaceres, Martín García Mérou, Paul Groussac y Joaquín V. González, Eduardo Holmberg, José Ingenieros, el Dr. Luis Agote, Juan Bialet Massé.

Avancemos en el tiempo un poco más y pensemos en una carta al general Perón de los intelectuales de la élite de 1950, esa intelligentzia acérrima antiperonista: la hubieran firmado Jorge Luis Borges, Victoria Ocampo, Adolfo Bioy Casares, Ernesto Sábato, Manuel Mujica Lainez, Federico Leloir, Alfredo Palacios, Alicia Moreau de Justo.

¿Por qué hacemos este ejercicio? Bueno, comparemos esos listados de posibles firmantes con los intelectuales que firman la carta en donde «La democracia peligra»: los nombres más destacados son los de Luis Brandoni, Darío Lopérfido, Fanny Mandelbaum, José Sebreli, Federico Andahazi. También figuran decenas de periodistas y ciudadanos –profesionales– que no tienen trayectoria intelectual alguna; y sí, figuran algunos/as científicos/as del CONICET –exactamente 28 del total de 10.917–.

Quizás por eso sea tan pobre esta carta, cuyo máximo logro fue crear un eslogan patético como «infectadura», minimizando al mismo tiempo la cruel pandemia que asola el mundo y a nosotros mismos y confundiendo el funcionamiento impecable del Estado de derecho con todas sus instituciones –Congreso nacional, Corte Suprema, sistema judicial, cargos electivos de todos los niveles– con una dictadura.

¿Por qué el establishment pasó de tener en sus filas a una Victoria Ocampo a tener a Fanny Mandelbaum; de José Ingenieros a José Sebreli; de Federico Laloir a Federcio Andahazi, o de Alfredo Palacios a Luis Brandoni? ¿Por qué, a diferencia de lo ocurrido en la república oligárquica argentina –donde la élite podía mostrar una intelectualidad al tanto de los últimos avances científicos, literarios y artísticos del mundo–, la élite del establishment actual es defendida por un elenco intelectual tan pobre en logros disciplinares, artísticos o literarios? No es que admiremos a aquella intelligentzia oligárquica, pero sí le reconocemos estar actualizada y tener capacidad científica y escritural. No compartimos sus fines, pero conocemos su capacidad.

¿Por qué entonces esta pobreza de la intelligentzia actual?

Proponemos algunas hipótesis. El despliegue del neoliberalismo en un país neocolonial no requiere hoy de los servicios de una verdadera clase intelectual. Durante décadas –ya lo había señalado Jauretche– la intelligentzia –formada en las tradiciones científicas y estéticas del primer mundo– lideraba el panorama científico-cultural de la Argentina. Hoy ese rol lo cumplen los medios masivos de comunicación nacionales y globales. La construcción de un sentido común que avale y encubra la brutal sobreexplotación y el crecimiento de la desigualdad en el sistema neoliberal no está a cargo de las instituciones del aparato educativo y cultural tradicional, sino en manos de conglomerados monopólicos comunicacionales. La élite neoliberal no necesita científicos ni artistas: le alcanza con entretenimiento y eslóganes. No necesita apelar a la racionalidad analítica sino que promueve el tipo de emocionalidad fascistoide.

Por eso quizás hoy, en nuestro país y en América Latina, los cuadros intelectuales más formados y más creativos provengan del campo nacional popular. Hace décadas que el establishment tradicional ha mostrado su infertilidad intelectual. Mientras tanto, las universidades públicas y los ámbitos de construcción de saberes populares han desarrollado y desarrollan todo tipo de innovaciones intelectuales, científicas y culturales.

No es ajeno a este fenómeno de desleimiento de la intelligentzia el crecimiento en nuestro país de la educación universitaria privada. Salvo contadísimas excepciones, la proliferación de universidades pagas no ha aportado a la investigación ni a la innovación. Es un lugar común decir que –otra vez, salvo mínimas excepciones– el pago del arancel alcanza para graduarse sin muchas más expectativas intelectuales que un título habilitante para el mercado.

Por último –y requerirá de una profundización que este artículo no permite–, el modelo civilizatorio neoliberal exige hoy posponer cualquier consideración en aras de sostener, ampliar o generar el capital y los «mercados». El neoliberalismo lo ha mercantilizado todo: la educación, el arte, la literatura, la salud, la formación universitaria, los cuidados personales, la crianza de los niños, la tranquilidad de la vejez… y así hasta el infinito. Y si la economía es la medida de todas las cosas –aún de las más íntimas y espirituales–, una vez que se alcanza ese nivel de convicción –que la economía es lo único que vale–, pues entonces ninguna racionalidad es posible sino solo la del capital.

Y así llegamos a nuestros días, en donde vemos que en muchos países grupos crecientes de personas rechazan postulados científicos largamente establecidos, como las vacunas o la redondez de la Tierra. O se vota gobiernos que abiertamente proponen destruir la naturaleza, o se marcha solicitando que se eliminen las trabas «dictatoriales» a la libre circulación durante una pandemia porque afectan a la economía. Haber logrado que las personas prefieran arriesgarse a morir para sostener una economía que no les pertenece es el logro máximo de la construcción de sentido neoliberal. Irracionalismo hasta el punto de entregar la propia vida para sostener los «mercados».

Y esta intelligentzia de la élite neoliberal argentina actual es eso: un grupito de personas que solo saben escribir eslóganes y consignas, pero carecen de toda seriedad analítica porque su racionalidad es, simplemente, cumplir con el mandato de que la economía lo domine todo. Solo así se explica la pobreza intelectual de la carta titulada «La democracia está en peligro».