Por Ramiro García Morete

El trío reflexiona sobre la naturaleza cíclica de la vida a través de canciones rockeras y funky con “Los Remolinos”

“Energía , misteriosa vibración/abre tus canales/remolinos blancos en el aire/elevarse, elevarse y despegar”.  Frente al río, cerca de Centenario (Neuquén), tuvieron la certeza. Era una de esas giras tan inolvidables como arduas. Los tres subidos al “Susuki Funk”, turnándose para manejar y tocando de jueves a domingos por distintitos pueblos y ciudades del Sur. Algo había cambiado. Quizá fuera el río, diciéndoles cual Heráclito que ni él ni ellos serían siempre los mismos. Quién sabe: a veces el tiempo y las cosas no transcurren de modo líneas. Si no hace tanto Emi Retamal y Seba Tombolato ni pensaban en toda esta parte del viaje musical.

Hincha de Independiente uno, de Boca el otro, solían cenar, estudiar y pasar tiempo juntos recibiendo esa “big data que te da la facultad”. Emi se recibiría en “Composición” y Seba se hartaría “del meñique y todo eso”, dejando Guitarra clásica para estudiar Música Popular. Curiosamente su primera criolla (una Antigua Casa Núñez) la había comprado cuando llegó desde 25 de Mayo para estudiar. Hasta entonces, su vínculo con la música había sido intenso pero intuitivo. Incentivado quiza por la nutrida colección de discos  y VHS de su padre( ávido lector de revistas como Pelo y con cierto pasado hippie), a los diez años ya grababa “discos” en la pieza de su vecinito  Mauro: una guitarra que alguien tocaba mal, algunas latas y melodías inventadas.  Faltaría mucho para los cuadernillos anillados en los que suelta el verbo y que pueblan el cuartito de su casa cercana a Parque Saavedra, donde lo aguardan la strato, los pedales, el Vox Ac 15 y el Roland de 40. Pero entonces, antes y después, volvería siempre a las canciones, con el mismo entusiasmo que aprendió a usar el Pioneer de seis bandejas para poner solito “Circo Beat”. De preadolescente, un primo “rolinga” le enseñaría los primeros acordes de guitarra en pleno auge de Los Piojos, La Renga y lo que la gorilada musical llamó “rock barrial”. A la par de los canales de videos, también emergían bandas como Carajo y en esa mezcla Seba tomaría la voz y armónica de Insomnia.

Terminado el secundario, la banda quedaría postergada igual que la batería de Joaquin Rocha en la casa natal de Seba. Pasarían varios años para que el ahora guitarrista girara nuevamente sobre su eje compositor y la necesidad de decir cosas. A fines de 2015 y con ganas de armar algo,  hizo enviar el corpulento instrumento por encomienda (junto a algunas empanadas seguramente) y armó la sala en un lugar impensado. Por entonces, su hermana militaba en una agrupación de Izquierda cuyo lugar de reuniones era una espaciosa casa en la zona de Plaza Rocha que la mayor parte de la semana estaba vacía. “Joaco: tengo tu bata acá. Venite”. Palabras más, palabras menos comenzaron a ensayar junto a un bajista que no tardaría en cambiar de rumbo y dedicarse al tatuaje. “Si vengo, vengo con todo. Vamos en serio”. Palabras más, palabras menos, sería la respuesta de Emi-como buen taurino- para tomar la vacante.

Frente al río, entonces,  cargando el peso de una gira pero también el bagaje de años de estudio tuvieron la certeza. Todo aquel tiempo derivaría en un disco, donde finalmente Joaco volvería al pueblo y Antulio Pozzio grabaría las baterías que hoy toca Franco Daga, ya como integrante estable.  No estarían solo aquellas canciones más pesadas y lentas, en tonos menores y esa afición por bandas como Güacho. El lado funky había crecido y ellos  mucho más. Entre ambas vertientes trabajarían meticulosamente para hilvanar un sonido consistente y orgánico, entre el groove y la fuerza, con funk y sutileza canciones, con batas acompasadas y también midtempo, entre el triángulo de base y la ampliación del espectro con vientos o percusiones.  “Vivimos en remolinos que a veces giran a toda velocidad- dirá Seba en un rockumental sobre la grabación del disco-. No sabemos dónde estamos, donde vamos, ni dónde queremos ir. Otras veces las vueltas son eternas, lentas, rutinarias,  aburridas, predecibles. Hasta que entendemos que los remolinos son parte de nuestras vidas. Los que se mueve, se mueve y no tiene necesariamente un destino. Te lleva a un lugar para plantar un nuevo punto de partida”. Ese punto de partida se llama “Los Remolinos” y en su centro, Viajero Imaginario.

“Es el resultado de un año de laburo, en varios aspectos, de búsqueda, de un concepto y de producir mucho-cuenta Tombolato-. Desde la parte más visceral, de la sala,  desde la improvisación. Y desde cranear y buscar y encontrar un hilo que uniera esa maraña de canciones que salió. Y descubrimos que los remolinos, lo espiralado, lo cíclico, estaban en ese ese conjunto de canciones. Encontramos con la idea. Fue laburar y encontrar así en las canciones lo que teníamos para decir”.

Basados en la pericia pero también en una estética, el disco apunta a un sonido desprovisto de artificios: “Este disco salió así. La mayoría de las canciones tienen esa cosa de llevarlas a la sala. Algunas de la vieja escuela, directamente de guitarrearla en la criolla. Un solo tema  es más de estudio”. Y describe: “Al momento de que estábamos haciendo identificábamos las canciones más funkys o las más baladescas o lentas. Somos bastante ecléctico en ese sentido. Fue orgánico porque nos salieron esas canciones y nos identificamos con ese tipo de sonoridades”.

Tombolato es quien asume la escritura. “La verdad no es que hay roles definidos. Los roles se fueron dando naturalmente- cuenta y a la vez expone las dinámicas-. Y son letras que iba llevando al a sala. Soy el único  que tiene esa inquietud con la escritura. Y los pibes confían.  El bajista es más ordenado, más metódico, es mucho más cerebral. Yo soy más emocional y pulsional. Y hacemos ese equipo compositivo”.

Dada la formación académica que la banda  tiene, Tombolato reflexiona: “Creo que estudiar está buenísimo. Y creo que estudiar para estudiar  no hay que ir a la UNLP. Un pibe  pude aprender con un tutorial o ir a un profe y lo valoro un montón. O un tipo que está arriba del escenario hace 20 años tiene escuela. Lo importante de estudiar es que uno adquiere una cantidad de conocimiento que por ahí el bagaje te hace ver qué de todo ese conocimiento es necesario para lo que querés hacer. Hay que tener cierta humildad intelectual para entender que la música que tocas selecciona una cantidad de data acotadas”.