«Orden y progreso». La frase que ondea en la bandera de Brasil parece haber sido reformulada por las desacertadas políticas del presidente ultraderechista Jair Bolsonaro.

La pandemia y las políticas de Bolsonaro han desatado en el gigante suramericano una profunda crisis sanitaria, política y económica. El COVID-19, al que el mandatario brasileño llamó «solo una gripecita», ya dejó en Brasil más de 18.000 muertos y 270.000 infectados. Los sistemas de salud públicos y privados, las funerarias y los cementerios se encuentran al borde del colapso. Las imágenes de las excavadoras haciendo fosas comunes se repiten una y otra vez en distintos puntos del país. Brasil ya tiene el triste récord de haber superado a China en la cantidad de víctimas fatales producidas por el nuevo virus. Día a día, las cifras del horror aumentan. El martes 20, el país superó las mil muertes en solo veinticuatro horas (1.179 muertes, para ser exactos).

Bolsonaro, al igual que otros líderes de derecha, ha asegurado que no implementaría desde el gobierno central las recomendaciones de la Organización Mundial de la Salud (OMS) porque prioriza la defensa de la economía de su país. Sin embargo, la economía, liderada por el «Chicago boy» Paulo Guedes, mantiene récord de desocupación, con más de 12,5 millones de brasileros desempleados.

Como si la crisis sanitaria y la económica fueran poco, el gobierno del gigante suramericano atraviesa una profunda crisis política y de legitimidad. Una encuesta revelada por XP/Ipespe señala que de cada cuatro brasileños, solo uno aprueba la gestión de Bolsonaro y al menos uno de cada dos considera su gestión desastrosa o mala.

Las piezas en el Gabinete de Bolsonaro también comienzan a caerse. Además de las renuncias de dos ministros de Salud (Luiz Henrique Mandetta y Nelson Teich), uno de los cuales solo duró unas pocas semanas, y de la secretaria de Cultura, Regina Duarte, el líder perdió a una de sus figuras clave, el ministro de Justicia Sergio Moro, quien se fue en medio de un escándalo y con fuertes denuncias contra el mandatario.

Moro fue un actor clave para que Bolsonaro llegara al poder. El exjuez condenó arbitrariamente al expresidente Luiz Inació «Lula» da Silva y evitó que pudiera competir en las elecciones presidenciales –en las que el líder del PT era amplio favorito–.

El mandatario brasilero tiene más de treinta pedidos de juicio político en su contra. Tres de sus hijos están siendo investigados por la Justicia por temas que van desde el blanqueo ilegal de capital, la difusión de noticias falsas y difamatorias en redes sociales, hasta la posible participación en el crimen de la concejala y activista de derechos humanos Marielle Franco.

La interna entre Bolsonaro y un importante sector de los militares que integran su Gabinete no es ningún secreto. El bloque de poder de la Red Globo, Moro, un sector de los militares, algunos referentes políticos de la derecha, el clan Bolsonaro y, por supuesto, el Departamento de Estado de Estados Unidos –alianza que se había conformado con el único fin de impedir que Lula da Silva volviera a conducir los destinos de Brasil– parece resquebrajarse.

Al igual que el cuento «El traje del emperador», hoy todo Brasil –y el mundo– comienza a ver que «el rey está desnudo». La pandemia ha dejado al descubierto a Bolsonaro y el gigante suramericano naufraga en un mar de desorden y retroceso.