Por Ramiro García Morete

El talentoso y joven músico edita un nuevo simple a puro piano y profundiza su búsqueda emocional y minimalista

“Avanzo entre espacios/Y me encuentro sólo/Cada instante…” En algún momento, un primo de su padre había viajado a Estados Unidos. Al parecer tiene tantos familiares que a muchos ni los conoce. Lo cierto es  que había traído un Casio de cuatro octavas que quedó abandonado en la casa de la abuela en City Bell. Con siete años de edad, su ansiedad era importante. “Más ansioso que un niño ansiosos”, bromeará. Si hasta en los videos caseros de bebe, en el cochecito, se lo ve siempre pateando el aire. Como si quisiera escapar de algo, como si buscara su propio espacio.  El teclado -ya fuera tocando “el feliz cumpleaños” o “inventando melodías en la escala de do”- le propiciaba cierta calma.

En la casa natal de Ringuelet, sonaba mucha música y lo hacía fuerte. Su padre, baterista, iba desde Maiden a Deep Purple. Aunque en el combinado también sonaría mucho Serú Girán. Será por eso que las primeras canciones junto a Muerte al Tío Cosa lo encontrarían emulando gestos de Lebón y diciendo “nena” con trece años.  Pero a los 9, al recibir una strato abrillantada no le daría mucho valor. “Si no vas a tocar, a vendemos”, advirtieron sus progenitores. Entonces comenzaría desesperadamente a tomar clases y desde entonces sería su instrumento. Eléctrico o acústico, como ese unplugged célebre de Nirvana. “Me encantaría ser él”, pensó. No se trataba solo de su actitud tan displicente como icónica. “La relación más cercana entre la vida y la música”, dirá y rescatará un dato desconocido sobre Cobain: gritaba porque sentía dolor de estómago.

Le costará sin embargo definir cuál es el dolor que lo hace cantar. Y es que esas preguntas que asaltan su cabeza como un remolino de incertidumbres-no casualmente estudia Filosofía- parecen hallar la clave en las canciones.  Ese es su espacio. Y en ellas, bellas baladas que oscilan entre lo acústico y la producción incidental, entre la luz y la oscuridad, espacio es lo que sobra. Sonoro, desde la reticencia a lo sobrecargado. Temporal, porque  a veces las canciones trascienden el hecho  pasajero y capturar lo trascendental: la emoción.

La relación con el teclado siempre estaría. “Como si fuese una pareja a distancia, que siempre quedó un lindo recuerdo y de vez en cuando se dan un beso”, comparará. Un año atrás compraría un Yamaha y de a poco profundizaría sus conocimientos. “Quizá el tiempo” sería el resultado y es el nuevo simple de este joven y talentoso artista que construye silenciosamente un repertorio personal y ajeno a las tendencias: Facundo Pirrotta.

“A los 12 o 13 años empecé a interesarme por componer y tener una banda-evoca Pirrotta. Y ahí surgió Muerte al Tio Cosa . Por querer decir algo con lo que hacía. Podía cantar mínimamente pero inventar el boceto de melodía y con el boceto venia la letra”.  En ese camino que entre otras cosas lo llevó a editar en 2016 el álbum “17´05”” y “Olas” en el 2019, nunca había compuesto con piano.  “A fines del 2019 empezando a jugar con el teclado. Me di cuenta que era un campo más desconocido, lo que me genera más curiosidad y ganas de abordarlo. Me gustaba tener más terreno para jugar. En comparación me parece visualmente más completo. Combinaciones que escuchas más claramente en el piano. Y ahí empecé, aunque a vece  no me salía. Con la guitarra  podía hacer una canción en un día;  con el teclado una o dos semanas. Pero ese ejercicio de la paciencia me gustó muchísimo”. Si bien “Quizás el tiempo” no remite directamente, le trae reminiscencias  a la niñez y ver ´Monsters Inc ´en el living de su casa. “Combinaba el sentimiento de la incertidumbre de lo que pasa y rememorar otras incertidumbre. Empecé a escribir como si fuera una historia por esta incertidumbre con el paso del tiempo”. Y agrega: “Tuvo que pasar un tempo para que yo pueda explicarlo en una canción del presente. Salió esto porque necesitaba decirlo en un momento. Veo la música no solo desde un lado sentimental sino también psicoanalítico”.

Me gusta mucho que las canciones tomen mucho aire- define su estilo. “El silencio puede funcionar de maneras distintas. Me gusta usarlo como espacio entre partes, pero también también como un espacio en sí. Nunca me gustó mucho cuando una canción tiene un montón de cosas, sobrecargado de información. Y no podes reconocer un hilo. Me gusta respetar una melodía y a partir que aparezcan cosas como si fuera armándose una historia”.  Y se explaya: “Siento que en el mundo real, que es muy distinto al mundo del arte, hay un constante ruido. Pero si estás leyendo un libro, vos le vas dando tu propio ritmo a la lectura y te separas un poco. Y entras en una atmosfera propia. Me gusta que con la canciones se cree un pequeño espacio en el que no solo se reflexiona sino que se ve al artista, la obra y al oyente”.

En esa intimidad, Pirrotta busca que “la letra tenga protagonismo. No está mal, pero a veces se pierde. Cada artista quiere transmitir de modo distinto. Personalmente busco que tenga peso, que lo que se dice no sea un agregado sino uno de los protagonistas”. Un buen referente puede ser Nick Drake, quien “recurre a las imágenes. Imágenes de espacios. Y  me gustan las letras que tienen cierto grado de reflexión”.

En su reflexión y esa sensación tan humana conocida como angustia, Pirrotta cuenta: “Muchas veces me empuja la incertidumbre en muchos aspectos. Como qué va a pasar mañana o qué va a  o qué va a pasar cuando me reciba. Hay cosas que no me alcanza la simple vida para decirlas.  Hacer una canción o escribir hace que lo que me pasa en mi mundo interno vea la luz. Y recién ahí me doy cuenta de que me está pasando algo. Editar una canción es un poco eso. Es un momento en el que esa libertad se representa en darse cuenta lo que está pasando adentro. Soy libre de lo que tengo adentro, de lo que me venía preocupando.