Por Ramiro García Morete

“Y al cuento lo cuente el sol”. De repente, una cálida e íntima certeza lo asaltó. Era una noche más de aquel verano del 2017, cuando La Plata posterga sus  ínfulas de ciudad y se reconoce como el pueblo que en verdad es. Tocaba Roto o alguna banda del under, posiblemente en Cabra 52. Lo cierto es que se trataba de un “escena íntima pero re linda”, recordará. No hacía tanto  se había obligado a regresar a General Alvear tras un viaje que había alcanzado México. El departamento de Barrio Mondongo  había sido alquilado , por lo cual no regresaría a esa ciudad que al principio le había costado. Pero que ahora extrañaba. Sobre todo cuando regresaba una vez por semana a dar clases de Periodismo y cruzaba tantas personas como propuestas.

“Estoy de viaje en mi propia ciudad”. Eso fue lo que pensó y sintió aquella noche. Algo que no le había ocurrido con otras ciudades. Sí con Bogotá, quizá un poco con Madrid. Viajar se había vuelto una necesaria costumbre, sobre todo desde el 2012 y una expedición a Ecuador. Pero bien citará a Atahualpa y recordará aquello de llevar el paisaje adentro.  Ya de chico disfrutaba aquellas excursiones familiares  Roca, Necochea o Capital en el Renault 12, escuchando los cassettes de su padre (Zitarrosa, Los Olimareños , Sabina) o compilados de los Redondos que hacía su hermano.  Él también haría los propios (versátiles, pero con mucho Calamaro) hasta que finalmente comprara su primer cinta: “Vasos vacíos”.

Y es que la música comprendería la misma necesidad que viajar, si en verdad no se trata de lo mismo. Será por eso que resalta la figura de juglar.   Desde aquella canción sobre un sueño que un amigo le grabó en un Phillips y sin avisarle pasó por FM Espacio. La misma radio que a los escasos doce años lo vería hacer sus primeras armas en radio. De un modo u otro, estaría el resto de su vida vinculado a la palabra. “Siempre está esto de la semblanza”, dirá. “Encaro las cosas porque tengo una necesidad de decir algo”, asumirá sobre una pulsión que no distingue disciplina. Canciones, radio, prosa…¿cine quizá? También:  en el 2019 presentaría  un mediometraje documental llamado “El pájaro sos vos» .

Todo ello no cabe en un bolso pero puede que en una canción. Tras una pausa de Casiopea y el surgimiento de Nube junto a Agustín Pellendier,  encararía al costado solitario. Y lo haría cruzando coordenadas que bien cultiva: la canción latinoamericana y el rock platense. Entre ambas vertientes parece ubicarse  esta primera canción grabada con músicos locales como Sebastián Porro, Matías Patinho y la presencia en el estudio del Tano Caccavo. Sin perder su estirpe juglar pero con guiños a sonoridades contemporáneas,  “El faro” ilumina nuevos rumbos. Y posibles historias, que es todo lo que necesita Matías Kraber para seguir andando.

“El Faro tiene que ver con la mañana platense-introduce el cantautor-. Es  una ciudad llena de influencia culturales y de  música sobre todo. Del rock canción. Cuando estuve lejos de LP siempre la extrañé”.  Kraber se refiere particularmente a ese 2016 que pasó en General Alvear: “Esta ciudad fue volver un poco a encontrar mi brújula. Volvía  una vez por semana, y me pasaban cosas. Iba cruzando con gente que conocí estos años, que me iba dando una señal de que era acá. Había un recital o un amigo me invitaba a su casa, se armaba una canción, una zapada. Aprendí a estar de viaje acá en La Plata”.

Kraber recuerda haber “gastado”  un disco de Pérez y muestra admiración por “esa genealogía del rock platense” .  “Con el tiempo fui entrando al rock platense y entendiendo lo grandioso y que estaba tan cerca de mi casa. Salir a caminar y encontrarlo.  Además tuve la oportunidad de entrevistar a muchos  como periodista. Los conocí hace bastantes años y después me empecé a meter un poco más en la movida y a valorar. Eso  fue soldando el cantautor con el indie de acá”.

“Me gusta la figura de juglar-define-. A mi proyecto solista siempre lo nombre así, ya que tiene que ver con los caminos, con el viaje. Hay mucho material de haber recorrido Sudamérica, México”.  En el movimiento, al parecer, surge la inspiración y el formato puede variar.  “Me pasa más que cuando me viene algo para escribir lo siento como una prosa. Generalmente después de haber acumulado experiencias, me viene la necesidad. Si no,  la poesía y la canción que vienen de la mano. Escucho alguna palabra que se me viene y a partir de eso compongo. Últimamente se da más que compongo más canciones que escritos. Conviven. No son enemigos, una cosa no quita a la otra”.

Mientras prepara un podcast con relatos de viajes, Kraber entiende que en cierta manera  todo forma parte de lo mismo: “Hay un estilo en mi manera de encarar las cosas que es de un lugar visceral, sentimental. Encaro las cosas porque tengo una necesidad de decir algo. El  documentar la necesidad de contar un viaje, las canciones también. Al final hay un amor por una historia contada de manera bella”.