Por Ramiro García Morete

“La Caja de música caída/la bailarina, renga, anclada al sofá/el tul anudado a la barriga/como una ninfa de porcelana”. Con menores proporciones de lirismo cretino y elegante, una nota de voz llegaba desde Estudios Vötok, en la República de Berisso. Como cada lunes cerca de las 20, Hernán esperaba con su guitarra bajo la fría noche de junio a la “los de Sicardi” para ir a la sala de 10 y 56. Ya en el living y con la banda que suena orquesta colgando sus instrumentos, escuchó el mensaje hiriente y escalofriante como “uñas, dagas, estiletes como una historia de Poe”. Gonzalo Vouttoff, ingeniero en grabación y parte ya fundamental de la identidad sonora del grupo, sentenciaba tras la narración de ciertas cuestiones tecnológicas que la caja de música había caído: “Muchachos: perdimos todo”. El tercer álbum, cuya gráfica estaba encaminada y la que solo le restaba mezclar, se había perdido vaya saberse por qué, junto al material de otros artistas. El que se había grabado en el 2018, con canciones de dos o tres años atrás como la dulce “Relicario”.

“Y a brindar por los olvidados/por el naufragio de la verdad/y a sujetar por la cola a un diablo y en tu nido de agujas, por fin descansar”. El diablo –o ese señor ficticio al que le atribuimos nuestras miserias y fracasos– había metido la cola. Se podría descansar o meter mano para salir del naufragio. A pesar de un marcado y notable universo oscuro que envuelve la banda, una luz se filtró entre las grietas. Un puñado de baterías sobrevivientes oficiarían de cimiento en agosto o septiembre. “Sabés que le va a hacer bien al disco” dirá Hernán que le dijeron y arbitrariamente diremos que lo dijo Milano. “Es un disco invernal que festeja la primavera”, dice que le dijo Gustavo Astarita, quien con su carisma y oficio arengaría al canto romántico en el vals “Sin tumbas”. Esta segunda oportunidad –si una banda como esta permite lecturas tan optimistas– propiciaría el ingreso de percusiones, de un teclado que acentuaría el tono de canción melodramática a lo Iracundos, del recién llegado Raku grabando bajos.

La primavera sería la oportunidad para concretar una idea inicial que era dejar por un momento el sonido áspero y dar algo de brillo –ya sea desde las notables guitarras tex-mex o el juego armónico de violín y trompeta– en un juego de contrastes. Sin perder ese tono que habita entre Rivero y Tom Waits, Favio y Joy Division, la banda sonaría más clara que nunca para ofrecer su universo de juntahuesos, duelos y nicotina. Pero lejos de la caricatura y con un enfoque narrativo donde todo está sugerido. Casi como en pequeñas escenas o fragmentos de un cuento indefinido.

“La fragilidad del invierno”, extemporáneo sin dudas, llega con la solvencia de músicos y personas que saben que el tiempo en sí es un concepto frágil. Que todo puede quebrarse si es que no está ya roto, y debe aceptarse como una forma de belleza. Que lo mejor de la primavera es que se le puede poner la jeta a las trompadas del invierno. Que Malayunta también es esa vieja y conocida junta: luz y sombra.

“Es un disco que intenta correrse un poco del universo arrabalero y orillero de los disco anteriores –introduce y refuerza lo anteriormente comentado el vocalista y compositor Hernán Menard–. Tiene un aire más de bolero, más fronterizo, más tex mex, medi o western. Y es un más luminoso”. Pero deja en claro, fiel a tu personalidad corrosiva: “Me gusta esa idea de ternura dañina. Tratar de des-romantizar eso de que lo tierno no nos puede dañar. Que la ternura encubre solamente amor. Esa unión platónica de lo bueno, lo bello y lo justo. Se puede ser bello y ser malvado y dañino. Y el disco tiene eso. Hay una luminosidad. Astarita dijo: es un disco invernal que festeja la primavera. La primavera perdida. Tiene algo de ocasos, de fines de ciclo”.

“Déjamelo a mí: yo sé el disco que querés”, asumió Voutoff (”un caballero y un amigo”) cuando delinearon el sonido. “Apostamos a la idea de hacer un disco cristalino, que suene bien, que no tenga la opacidad y la aspereza de otros trabajos. ´Campo o el bullicio de los insectos´ me gusta mucho, la intención de los arreglos, como logramos tener un discurso musical de orquesta cuando somos una banda de rock. Ahora somos una banda eléctrica, yo no toco más la criolla. Esos agudos de las eléctricas los quería más presentes”. Y destaca los arreglos de Diego con el Laney Valvular y la Les Paul Dearmon. “Logramos un sonido muy frontera –dice sin ocultar influencias–. Entre Caléxico y lo balcánico, rodeando la cumbia, Favio, Los Iracundos, Rosamel Araya…”

La lírica de Malayunta destaca y en ese sentido Menard no nota muchos cambios. “Yo siempre escribo más o menos lo mismo. Están presentes los personajes de siempre. El perdedor, la prostituta y los marginales. Pero enfocados de otro lugar. Con mis letras prefiero que me las cuenten, que las lean. Quizá no tienen la profundidad que algunos esperan que tengan. Pero sí describen una situación, casi siempre truculenta o una situación que conmueve”. Y desgrana la modalidad: “Sí… escenas o pequeños fragmentos. Los románticos alemanes tenían una teoría. Que con el fragmento se podía acceder a la totalidad del pensamiento. A mí me gusta contar esas historias fragmentadas. Pequeños cuentitos o escenas. Y me gusta la idea de lo ficcional. La canción autorreferencial me aburre. Mi vida no es trascendente. Yo no tengo la vida de un marinero croata que vive una aventura. Lo mío ya está… ya lo hizo Manal con ´Avenida Rivadavia´.

Volviendo a la idea del tiempo y al valor de una propuesta como Malayunta, lejana a las tendencias, Menard reflexiona: “Me parece que tiene dos aspectos. Por un lado, la extemporaneidad es una búsqueda. Queremos sonar como una banda sin época. Y entonces hay un discurso artístico, un modo de sonar, de grabar, de pensar los discos. Por otro lado también el aspecto de lo público, de cómo llega, cómo recepciona. Y eso a mí mucho nunca me interesó. Si bien nos gusta tocar en lugares con gente. He tocado en lugares vacíos y… ¡he vaciado lugares llenos!.  También he recibido elogios y abrazos y gente que pone frases mías en su face. Esta extemporaneidad hace que no participemos a veces de la coyuntura. Que no te inviten a tocar o que se complique más. Pero es el juego. Nosotros elegimos sonar así. Morimos con esa espada en la mano. Si bien uno hace lo posible para promocionar y poder mostrar este perfil estético desde un lugar muy orgánico. Una banda que respira organicidad, que es un organismo. Y nos gusta que esté expresado. Ese pathos, esa tragedia. Lo humano es trágico”.

Malayunta Orquestita son:

Diejo Peralta Guitarra y coros / Ale, Racu, Perez Bajo / Martin Murphy Chapa & Chancha y Coros / Maxi Mazzeo Trompeta / Daiana Antonini Organo y Acordeon / Marcelo Veiga Bateria / Hernan Menard Guitarra y voz… Invitados Gustavo Astarita Voz en Sin Tumbas / Fernanda Ortega Violin / Gonzalo Voutoff /Guitarra en Relicario