Por Carlos Barragán

En medio de la pandemia, la angustia, la incertidumbre, los muertos, la cuarentena, la peor crisis económica desde que existe la economía, la emergencia social y sus peligros, un periodista gorilea al presidente. Lo gorilea porque lo que hizo Johnatan Viale fue la misma operación que aprendió de sus colegas: asegurar que cualquier peronista es una inmunda mierda humana capaz de utilizar la situación más aberrante para su beneficio propio. En este caso, que el presidente es capaz de utilizar una pandemia para tener buena imagen. Viale no informó nada, no aportó nada, no sumó nada. Lo único que hizo fue aplicar el manual del periodista exitoso, el de la 4×4, el famoso, el periodista gorila. Tan exitosa fue la operación que la fama le llegó en forma de un pedido de disculpas presidencial. Viale, en su grandeza, le otorgó el perdón y el presidente prometió no volver a tratarlo de gordito lechoso. 

A este muchacho ambicioso seguramente lo hubiéramos maltratado en 678. Lo hubiéramos acusado de todo lo que sabemos que es cada uno de los periodistas que chupan del Poder. Que se dicen independientes, libres, objetivos. Que mienten descaradamente, que operan con destreza y sobre todo –esa es su función principal– actúan en contra de cualquier interés popular. Pero maltratar y acusar a un bandido de estos es lo que convirtió a 678 en sinónimo del peor periodismo. Y un poco más también, 678 para el Poder es sinónimo de delincuencia y así nos trataron. No se puede acusar y maltratar a los malos periodistas. Solo se puede acusar y maltratar a los periodistas que no creen en el negocio de los medios y que por eso los llaman «militantes». 

Hasta acá nada nuevo bajo el sol del nuevo gobierno. Quizá se note un poco más la mala calidad de estos periodistas porque la situación les exige no solo capacidad sino grandeza. Pero no pasa nada. Peor que eso, cada día los peores acceden a mejores lugares, con más visibilidad, porque los peores en general dan buen rating. Pero sobre todo porque el negocio de los medios necesita de los peores. 

Nada nuevo. Hoy no se puede cambiar esta lógica. Con la coartada de la libertad de expresión el periodista del Poder no solo puede mentir, también puede extorsionar y mandar a la cárcel a personas inocentes. Cuando hacen eso no solo los defienden sus colegas y el aparato comunicacional, sino también los organismos internacionales. 

En medio de la impotencia que provoca esta realidad, y sabiendo que no va a cambiar, no hay por qué conformarse. Podemos seguir atentos a las maniobras de estos soldaditos para que no nos engañen. Y sobre todo podemos hacer que las voces que quedaron silenciadas o relegadas a los medios más frágiles no desaparezcan. El trámite no es tan complejo: hay que recordarle al Estado que fortalezca los medios alternativos, los frágiles, donde el Poder no llega. Nunca nos olvidemos que para los dueños de las cosas la información es una mercadería cara y muy importante, tan cara y tan importante que dejarla en manos de cualquiera sería ridículo. De ahí los Viale y etcétera. 

Por eso necesitamos democratizar la comunicación, pero mucho. Necesitamos voces que no provengan de chirolitas del capital concentrado. Necesitamos periodistas que sean confiables para el pueblo y no para los que lucran con el pueblo. Porque los pueblos no tienen esponsors. Su único esponsor es la democracia, el mismo pueblo.