Por Ramiro García Morete

“¿Qué es, pues, el tiempo? Si nadie me lo pregunta, lo sé; pero si quiero explicárselo al que me lo pregunta, no lo sé” (San Agustín). En los autobuses o los aviones, el tiempo transcurre de otro modo. A partir de la mudanza de su pequeño hijo Apolo a Viedma dos años atrás, dejaría La Plata y regresaría al Sur. Ningún punto fijo: Pico Truncado, Comodoro, Los Antiguos, Temuco (Chile). Apenas dos mudas de ropa, una libreta de plástico y una computadora donde escribe en partituras. A decir verdad, su vida siempre había transcurrido en movimiento. Desde que nació en Chile Chico, a orillas del Lago Buenos Aires y el Volcán Hudson como custodio del horizonte, su familia se la pasó trashumando de un lugar a otro. Y cada uno caería rendido a la voz de su madre entonando himnos cristianos.

Es que la música sería otra constante en su familia y su vida. Mucho más cuando comenzó a comprar discos (como el “Unplugged” de Nirvana) o a ir al colegio de Comodoro con futuros socios y colegas musicales como Shaman Herrera, Esteban Cárdenas y, quienes serían sus compañeros de La Patrulla Espacial, Tulio Simeoni y Tomás Vilche. Habrá sido en aquellos años, que en un auto le robaron la única criolla que tuvo en su vida, este joven que amontona trozos de papel con versos en bolsas de plásticos y que cuando decidió estudiar Composición sus amigos le responderían al unísono: “¿Qué otra cosas vas a hacer?”

Lo cierto es que viajando el tiempo transcurre de otro modo. “Si bien el colectivo y el avión van rápido, la sensación del tiempo interno es muy lenta”, ilustrará. Lo mismo que venía probando con la banda y que encontró aquella noche en lo de su padre al bajar la velocidad del tema “Perdidos en el paraíso”. No solo comenzaría a escuchar la música de otro manera. No solo tenía que ver por su afición al jazz, el soul o el ambient o la presencia de obras de Yoshimura, Miles, Eno o Morphine. Comenzaría a encontrarse consigo mismo. Igual que en las paradas de tantas estaciones de servicio, la música dejaría más espacio para finalmente transmitir sus emociones primarias. Como si tras años de intentarlo bajo el volumen y el vértigo del rock, finalmente encontrara su lugar.

“Perdidos en el paraíso” conjuga un puñado de canciones íntimas y sencillas, interpretadas con matices y sensibilidad por parte de una banda orgánica de baterías y contrabajos acompasados, vibráfonos oníricos y saxos incidentales, pianos que deconstruyen o amplían armonías con sutileza. Todo en una suerte de tiempo suspendido y envuelto en placidez. Una obra sincera de tono redentor, más cerca de la espiritualidad que de la religión. Un sonido delicado que remite al soul y al soft rock de los 70. “No sé cuántas veces más, oh vida, me regalarán un instante como este/ Quisiera decir sin palabras lo que siento/ y verte sonreir y que no pase el tiempo” canta con voz suave y sincera Werner Schneider, quien sabe que el tiempo solo corre si corremos tras de él.

“Es un disco de climas y paisajes sonoros -intenta definir con timidez el músico-. Transmite calma, intimidad. Fue orquestado con todos instrumentos acústicos y la característica que más me atrae de esta etapa es la temporalidad de las composiciones. Es una temporalidad suspendida, flotante, de oleajes. Tengo un cariño por el jazz y el soul. Obviamente se nota también que hay un cariño por la música ambient… en donde los espacios de silencio son muy importantes”. Y proyecta: “La elección de lo orgánico está relacionada con una intención que es cumplir mi sueño. El de poder organizar conciertos en lugares pequeños, en casas, en livings. Hacer música con instrumentos acústicos en donde no sea necesaria la amplificación. Para lograr una comunicación más cercana entre las personas y sonidos”.

La búsqueda comenzó con el gran baterista y productor que mezcló y masterizó el disco. “Veníamos haciendo una experiencia con la banda que teníamos antes donde trabajamos con los tempos lentos y los llevábamos hacia valores más lentos. Nos hizo empezar a escuchar la música de otra manera. Como si el corazón del ritmo se detuviese o como si el tiempo se hiciera más estático en la lentitud. Esa experiencia nos abrió una ventana, como si tuviéramos un microscopio. Hay más espacio entre las notas, entonces te permite con el oído acceder al timbre. O sea, al sonido”.

Lo mismo ocurrió con su forma de cantar, más matizada que cuando entonaba en La Patrulla Espacial: “Me fui encontrando. Obviamente tengo mucho para aprender. Quería expresar una cercanía, una intimidad. Y la buscamos por ese lado. Corrijo: no lo buscamos… lo encontramos”. En ese proceso vio cómo las palabras se resignifican según la intensidad musical. “Eso es impresionante. Me pasó en mi experiencia con el rock. En mi búsqueda no podía hacer que se le preste atención a las cosas que yo veía cuando le prestaba atención. El rock es tan vertiginoso y tiene una temporalidad tan ágil, que a veces se toma una frase musical como parte del ritmo. Yo creía que esas ideas tenían más profundidad y necesitaban un espacio para ser apreciadas”.

Todo ello tiene también un trasfondo personal: “Hay un momento en el que empecé a necesitar que la música que hago estuviera más cerca de mi hijo y de mí. Por eso empecé a cuestionarme algunas búsquedas que pensaba que tenían una misma dirección y que las mismas necesidades espirituales las podía ver con otras perspectivas”.

Desde Viedma, Werner espera paciente que concluya la cuarentena mientras ejerce la docencia online y confirma que la idea es presentar el disco en un futuro. “La banda que tiene unos músicos muy buenos, son todos de allá (La Plata), menos la corista que es de Comodor. La banda está preparada para tocar. Cuando se pueda lo vamos a hacer”.