Emilia Inclán: las cosas que te mueven

Después de “Las canciones posibles”, la artista lanza “Remolinos” y continúa explorando su propio sonido.

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Por Ramiro García Morete

“El lugar exacto/un momento, una historia, una verdad/donde fue, ayer, tu mano/hoy es caricia en el viento, más allá”. De pronto tenía el tiempo. Y el lugar. Corría el 2016 y aquel departamento lindante a Plaza Irigoyen la encontraba sola. Casi una década atrás había llegado a La Plata para estudiar Composición. Más o menos la época en que en uno de esos puestos callejeros de Humanidades adquirió “El hombre duplicado” de Saramago, dividiendo en partes iguales junto a su novio la suma de dieciséis pesos. Pero ahora no solo ya no vivía junto a sus dos hermanas sino que había llegado el fin para Yo, la Máquina. Se trataba del grupo que hizo que sintiera que toda su formación cobrara otro sentido cuando se trataba de cantar la obra propia. “Era por acá”, pensó aquella noche de debut en La Clave. “Yo siento que soy yo en tanto digo algo a través de la música”, reflexionará hoy.

Más de 10.000 horas después estaría allí, en aquel departamento. Lejos de atormentarse, todo ese espacio le parecía perfecto. Casi como cuando de niña subía al estudio de su padre, arquitecto cuya melomanía lo haría juntar casi dos mil discos de clásica y tango. Su madre era bibliotecaria, por cual aquel era el refugio ideal durante el severo invierno de Tandil: escuchar lo que salía del Philips o juguetear entre libros de Dostoievski. Sería la colección de Sui Géneris que salía en Tevé Compras o los cd´s de Revista Noticias los que de grande no solo constituirían el gusto propio sino que alimentarían una pasión por la música que iba más allá de la escucha. Y es que ya a los siete había sacado con sus minúsculos deditos el comienzo de “El día que me quieras” con la única cuerda que conservaba una criolla Antiguas Casa Núñez olvidada. “Hacer con lo que hay” repetirá casi como mandato, quien a los 9 tocaba intuitivamente en la capilla del Villa Italia.

Olvidada había sido también la loopera Boss RC-30 que otro novio le había regalado antes, pero ahora desempolvaría para aquel espacio donde todo estaba asentado para componer. Junto al Juno Di elaboraría las bases para lo que sería su primer disco, entregada a su naturaleza “ñoña” de experimentar con el sonido. Y enfrentando el desafío de sentirse “más expuesta en cada palabra”. Por eso recurriría nuevamente a Saramago, quien -asegura- podría haber imaginado una ficción sobre la pandemia que vivimos. Entre referencias al escritor y textos propios elusivos de toda literalidad, volvería a hacer lo que se pudiera con lo que se tenga. Y no sería poco. “Las canciones posibles” resultarían un trabajo de notable solidez y delicada construcción sonora en conjunto con Juan Pedro Dolce. Entre la calidez de arpegios y teclados y la sofisticada ingeniería de loops o bases precisas, su voz clara y expresiva hallaría el lugar exacto.

Pero como las “Golondrinas” (una de las canciones esenciales de aquel período), las cosas se mueven y ella también.  Buscando un nuevo norte sonoro pero sin perder la identidad, comenzaría a indagar junto al músico y productor Gastón Paganini. “Remolinos” es la primera muestra, con mayor presencia de sintetizadores y un mensaje claro: “Querida amiga, nunca más vas a estar sola”. A sabiendas de que una cosa es estar sola y otra sentirse sola, Emilia Inclán se mueve hacia su lugar no solo posible sino exacto: la canción.

“Por un lado el contenido no es explícito pero se pone de manifiesto en la última frase -introduce la Inclán sobre su último corte-. Es una especie de abrazo musical. Es un sentimiento y fue lanzado el 6 de marzo para acompañar la lucha y las ideas del 8M. “Básicamente la canción no tiene aires de solucionar nada. Lo que sí puedo garantizar es que estoy o estamos y salimos a pelear sobre todo para acompañarnos”. Más allá del contenido lírico, Remolinos sugiere un viraje sonoro. “Dentro de lo musical hay algo pesado o tranquilo. Hay algo nuevo. Es el primer lanzamiento desde mi disco debut, con  otro audio y otro punto de partida”. Con Paganini (quien toca el bajo en una banda que completan Seba Alonso en batería y Juan Pedro Dolce en guitarras) encararon la búsqueda. “La intención de que lo produjera fue querer abrirnos. Yo lo que le decía era que quería encarar un nuevo sonido, pero seguir sonando genuina. Hay muchas maneras de pretender sonar y hoy están muy al alcance”. Y piensa: “No sé ponerlo en palabras. No quiero que deje de sonar a mí”.

Inclán repasa las modalidades de composición. “El primer disco estuvo muy marcado desde la composición de la loopera. Fue un proceso muy solitario. Tenía muchas ganas de escribir y tocar. Me puse a hacer con lo que tenía en mi casa. Por eso de hacer con lo que hay. Eso creo que se escucha”. Pero aclara: “Tiene su límite. Como todo recurso si abusa”. Por eso apela a diferentes modalidades. “Armo beats, progresiones y ideítas. Aprovecho para incorporar datas de Ableton. Trato de compensar sentándome con el piano y la guitarra, también, por la intuición melódica. Después se combina. Trato de no casarme y extraer algo bien puro”.

Respecto a las letras, “las del primer disco fueron algo muy difícil. Me costaba mucho. Tenía más ganas de hacer la música… No me gusta que traten de ser de autoayuda. Trato de no caer en esa. Y hay ciertas cosas desde la literalidad que me alejan cuando escucho”.

Con un futuro incierto para todes a causa de la pandemia, Inclán continúa intercambiando información con su productor y trabajando lentamente nuevas canciones.