Por Carlos Ciappina

El 19 de noviembre de 2019, una persona fue tratada en el hospital de Wuhan (China). Tenía una rara afección respiratoria que no era gripe. El 1° de enero de 2020, los afectados eran 380 –todos en China– y un caso en Japón, Tailandia, Corea del Sur y Taiwán. Ninguno en Europa.

El 2 de febrero –dos meses después–, las cifras en Oriente eran elevadas: 14.000 infectados en China y 20 promedio en Honk Kong, Corea del Sur, Singapur, Tailandia y Japón. Seguía siendo el «virus chino». Un mes después, el 2 de marzo, China llegaba a los 80.700 casos y le seguía Corea del Sur, con 4.523. Italia tenía apenas 1.711, Francia 137, Alemania 133, España 86, Estados Unidos 87.

Al momento de escribir estas notas (28 de marzo), a menos de un mes del 2 de marzo, Estados Unidos tiene mas de 100.000 infectados, Italia 86.000, China continúa con 81.000 –logrando contener la expansión–, pero los demás países con más casos son España (72.000), Alemania (53.000 casos) y Francia (33.000 casos). La pandemia dejó de ser china para transformarse en una pandemia del eje central de la economía occidental capitalista.

¿Por qué la expansión ha sido tan rápida en el Occidente «desarrollado» y la tasa de mortalidad tan alta (rondando un 4%)? Las explicaciones de carácter médico nos dan una pista, claro, pero proponemos aportar otra línea interpretativa: desde la entente Reagan-Tatcher que definió la estrategia de política estatal y económica que hoy llamamos neoliberalismo, a principios de los años ochenta del siglo pasado, estos países (todos los que hoy están en el desgraciado top ten de la expansión incontrolada del virus) llevan cuarenta años de experimento neoliberal: apertura comercial, baja del presupuesto estatal, desmantelamiento progresivo de los servicios públicos de salud y educación y –tan importante como lo anterior– una modalidad civilizatoria que ensalzaba –y ensalza– el individualismo más extremo, la competencia desaforada como modo de existencia, la acumulación de riqueza y bienes como meta única de vida y, en definitiva, la mercantilización de la totalidad de la vida social, política y cultural.

¿Puede ser una casualidad que los países que alentaron hacia el llamado «Tercer Mundo» y hacia sus propias sociedades durante cuatro décadas la desestructuración neoliberal bajo la sacrosanta primacía de los mercados sean hoy los que no logran contener la pandemia? ¿Es solo por el carácter masivo de la infección que vemos a los viejitos españoles e italianos morirse en sus casas o en los pasillos de hospitales sin atención médica? ¿Es solo una «desgracia» natural que la potencia más poderosa del planeta, el eje promotor del neoliberalismo en el mundo, sea quien lidera el ranking de contagiados, esperando una catástrofe aún mayor? ¿Países como Francia, Italia, España y Alemania se quedan sin insumos básicos (barbijos, guantes, sueros, respiradores) para tratar a los enfermos y se los provee China?

Leemos que los hospitales europeos y norteamericanos no alcanzan, que las y los médicos son pocos, que no hay suficientes respiradores, que los hospitales improvisados no son el lugar más apto para tratar a las personas. ¿Esto es solo producto de la dimensión de la epidemia? ¿O será que cuarenta años de neoliberalismo han llevado al otrora poderoso Estado de bienestar europeo a un raquitismo y una incapacidad de gestión que ahora, en la emergencia, muestra toda su dimensión?

Mientras China y Corea del Sur pusieron el Estado en el centro de su estrategia sanitaria, Italia, España, Francia, Alemania, Gran Bretaña y Estados Unidos priorizaron el mercado y la economía.

Las mismas preguntas nos las podemos hacer en referencia a las elecciones que los líderes occidentales de los países más «desarrollados» tomaron con respecto a la crisis y la pandemia. Mientras China y Corea del Sur pusieron el Estado en el centro de su estrategia sanitaria, congelando la economía y priorizando la prevención y el tratamiento de millones de personas –lo que les permitió controlar al expansión del virus–, Italia, España, Francia, Alemania, Gran Bretaña y Estados Unidos –fieles a su cosmovisión neoliberal– priorizaron el mercado y la economía, tardaron –y tardan– en tomar decisiones más drásticas de control de la expansión del virus. Perdieron semanas valiosas antes de iniciar las políticas de aislamiento.

Las consecuencias de elegir el mercado por sobre la población quedaron a la vista: los países europeos y los Estados Unidos lideran el triste recuento de muertos y la cifra parece no poder frenarse en el corto plazo. Y, para peor, también se verá afectada la economía.

Este viene siendo el primer evento «global» del siglo XXI. Así como la Guerra Fría definió la segunda mitad del siglo XX y las Torres Gemelas las dos primeras décadas del siglo XXI, esta pandemia será universal (los cálculos más serios nos hablan de cientos de millones de infectados y millones de fallecidos) y redefinirá mucho de lo que los países hagan de aquí en más. Cuando pase –luego de dolorosas experiencias para millones de personas– resultarán evidentes algunas cuestiones:

  1. La capacidad del «mercado» –léase, la economía neoliberal– para afrontar situaciones y problemas de escala colectiva es absolutamente inexistente. Todos sabemos de los efectos del neoliberalismo en el mundo laboral, en la economía real y en la situación de inequidad y pobreza; pero esos efectos se ven fetichizados por la propaganda y los medios masivos de comunicación social. No se percibe –salvo luego de una vuelta retórica y explicativa– el carácter excluyente de la economía neoliberal. Pero la pandemia pone a las personas –individual y colectivamente– frente a una encrucijada de solo dos caminos: sobrevivir o morir. Esta elección –como lo demuestra la experiencia europea y norteamericana– no la pueden resolver las personas apelando al mercado, pues este solo puede atender –y con graves dificultades– a aquellos que poseen el capital para comprar los bienes necesarios en la emergencia sanitaria.
  2. Los liderazgos políticos de los países «desarrollados», formateados en la lógica neoliberal, se aproximaron a la pandemia con una mirada que puso el acento en preservar la economía y los mercados. Fue la misma reacción que tuvieron con la crisis de 2008. Allí, los políticos neoliberales eligieron salvar a los bancos y dejaron a millones sin casa y empleo. Pero la situación actual es bien distinta: ha quedado demostrado que en la coyuntura actual la elección de salvar la economía se hizo a costas de contener la enfermedad y dejar a la ciudadanía a merced de la misma: cientos de miles morirán por el retraso en cerrar la economía y trabajar sobre las decisiones de política para detener la expansión de la enfermedad.
  3. La disminución de las capacidades estatales –esto es, la capacidad de esa institución que llamamos Estado para hacerse cargo de las necesidades sociales en general– luego de cuarenta años de destrucción estatal han quedado absolutamente demostradas. En la coyuntura de la pandemia, líderes políticos como Trump, Boris Johnson o el gobierno italiano han virado drásticamente en el modo de aproximarse a la enfermedad, pasando de la minimización a impulsar políticas estatales para recomponer el ingreso y sostener la demanda, hasta tomar medidas de protección frente a créditos, prohibición de expulsar trabajadores, congelamiento de alquileres y un conjunto de medidas «intervencionistas» que se topan con una realidad de hierro: las instituciones públicas no están a la altura de la tarea por los recortes y las reducciones llevados a cabo en estas últimas décadas.
  4. La pandemia ha puesto en entredicho, dramáticamente, los principios simbólicos que se han constituido como «verdades» del modelo civilizatorio neoliberal: individualismo, mercantilismo de las relaciones sociales, desinterés por la «suerte de los otros», privatización de la vida económica y social. Pero la expansión de la pandemia ha puesto en valor estrategias de lucha y supervivencia que se basan precisamente en el opuesto del decálogo neoliberal: organización comunitaria, solidaridad social, cuidado y preocupación por les otres, certeza en que la única forma de lucha contra un enemigo invisible es colectiva. La recuperación de la idea –perdida en las décadas post-caída del muro de Berlín– de que existe algo que se llama sociedad o comunidad, donde la suerte individual está atada a la colectiva.
  5. Las sacrosantas recetas del FMI, el Banco Mundial y la Reserva Federal, norteamericana que han formateado la economía global en el último medio siglo dañando a los países «centrales» y, en mucha mayor medida, a los países de la periferia capitalista en América Latina, Asia y África, están hoy puestas en duda, ya no por las perspectivas «de izquierdas», sino también por los propios organismos: el esquema del cobro implacable de las deudas externas, la búsqueda del equilibrio fiscal a costa de salarios e inversión estatal han quedado en el olvido en la profundidad de la crisis y el desprestigio y la incapacidad de los organismos de crédito internacionales en evidencia. Hasta hace tres semanas el mayor problema de la Argentina era la deuda con el FMI. Hoy ese tema está lejos, muy lejos de la agenda política y social.
  6. El famoso «fin de la historia» y la supremacía del homo neoliberal como modelo único de aquí al infinito ha quedado –no sabemos si definitivamente– en entredicho. De la mano de un actor invisible –el COVID-19– que ha desnudado en corto tiempo las debilidades intrínsecas al modelo neoliberal y, sobre todo, que esas debilidades involucran a diferentes clases sociales –el virus no diferencia clase social y los colapsos de los sistemas de salud impiden el tratamiento adecuado a pobres y ricos por igual–.

¿Y después?

Es ciertamente difícil y arriesgado hacer futurología con la historia, pero desde las incertidumbres y dificultades de esta extraordinaria y dolorosa pandemia podemos inferir algunas consecuencias o alternativas posibles.

  • Sabemos que el mundo –al menos en el corto y mediano plazo– no quedará igual luego de esta situación: a primera vista, parece percibirse que el modelo civilizatorio neoliberal está en entredicho, que la primacía de la economía –en particular, la financiera– que ha dictado la tónica estos últimos cincuenta años está puesta en discusión en acto. O sea, los gobiernos están tomando medidas que ponen primero en la lista de prioridades la salud de los pueblos y luego la economía. Hay un debate, sí, pero cada vez queda más claro que la que debe ceder es la economía (el mercado).

han reaparecido en el lenguaje y en las prácticas las lógicas de la solidaridad social, la existencia de la comunidad, la necesidad de dejar de entender la vida como competencia individual para buscar las soluciones en la organización colectiva.

  • Las sociedades y –tema a profundizar– los medios masivos de comunicación reclaman mayor presencia estatal. Sería interesante un enorme mea culpa público de los líderes políticos que se han pasado décadas desestructurando el Estado y una presión aún mayor de la sociedad civil para reinstalar la primacía del Estado como representante y ejecutor de políticas públicas para las mayorías y no para las minúsculas élites financiero-empresariales.
  • Tan importante como lo anterior, han reaparecido en el lenguaje y en las prácticas las lógicas de la solidaridad social, la existencia de la comunidad, la necesidad de dejar de entender la vida como competencia individual para buscar las soluciones en la organización colectiva.

En medio de la pandemia y por la fuerza de las circunstancias ha reaparecido en el discurso político-mediático la ciencia no solo en la búsqueda de respuestas, sino –y más importante– para la toma de decisiones en el ámbito público. Luego de décadas de desfinanciamiento y reducción de recursos para los centros de investigación de todo el mundo (excepto para aplicaciones de mercado o desarrollo de armamento), los gobiernos y los decisores políticos buscan apoyo discursivo y decisorio en las ciencias. Por primera vez en décadas, las decisiones de salud pública, por ejemplo, no están a cargo de gerentes ajustadores sino de institutos de ciencia en donde no juega la lógica mercantilista.

¿Cuánto de este nuevo escenario perdurará luego de la pandemia? No lo sabemos, pero es seguro que dependerá de cómo perciban las sociedades la salida de esta enorme crisis y la capacidad de los movimientos sociales y los partidos políticos para interpretar el momento y construir políticamente para hacerse cargo de una agenda desde el Estado con apoyo social por fuera de la lógica neoliberal.

América Latina tiene mucho que decir en esta coyuntura. En particular, las tradiciones políticas nacionalpopulares, que son las que mejor respuesta están dando a la crisis que se abate sobre todo el planeta. Desde la catástrofe que las potencias occidentales generaron en la Segunda Guerra Mundial no había quedado tan en evidencia el fracaso civilizatorio de los Estados Unidos y Europa como en esta crisis. Quizás sea tiempo de que busquemos el destino nuevamente desde nosotros.