Por Ramiro García Morete

“Todo lo que necesito ahora es estar muy solo/pensar y no hablar/ y llenar este vacío que me dejaste en la mente”. Diez años después de una relación, la casa de su tío ubicada en diagonal 73 sería el refugio perfecto durante una temporada. “Vieja, pero remodelada con buen gusto”, evocará con la fascinación intacta de aquel año “liberador”. Su banda ya comenzaba a recorrer el mundo, pero él jamás había vivido solo. “Sentía que era algo que me faltaba para madurar”, evaluará. Y tendría –como define hoy– “una explosión creativa”. Guiones para series, ideas de películas (como aquel thriller patagónico futurista que nunca rodó) o historietas emergerían con potencia.

Y canciones, por supuesto. Durante años había acumulado ideas, pero la autoridad compositiva de Chango en El Mató parecía suficiente como para tomarse el tiempo preciso. De golpe estaban surgiendo con la naturalidad de “Canción de cuna para Félix”, ese arrorró que unos años atrás fuera rito nocturno para dormir a su bebé. Ahora no solo tomaba forma sino que encontraría una voz. Ese tono más acorde a su forma de hablar, aparentemente monocorde pero finalmente expresivo. La voz grave, como no había usado en los albores de la banda. O como sus admirados Bill Calaham o Leonard Cohen. Un tono serio para el pibe que payasea casi inevitablemente.

Lejos de la distorsión y las quintas, los arpegios y yeites en la criolla despertarían melodías y la necesidad de contar. Siempre había escrito, pero le costaba en forma de canciones. Quizá de la afición por los haikus conservaría cierta tendencia sintética. Pero básicamente sus canciones apuntarían a la narrativa. No desde el relato extenso sino al contrario: desde la elipsis.

“Pantrö Puto y los Sueños Raros” es el nombre que eligió Manuel Sánchez Viamonte para mostrarse solo y sonar tan natural como raro. Igual que la vida.

“Tengo mucho para dar, muchas cosas para dar, muchas cosas que no hay, que no existen, que no están”, dice “Cosas que no hay”. Entrecortando palabras para encajar en melodías bellas y algo melancólicas, sus canciones son breves historias a través de palabras simples donde lo que ocurre no termina de decirse. Retratos domésticos, pequeños actos de introspección y algún arresto de humor cuya sonrisa se desvanece gradualmente en su juego de contrastes. Desde la jocosa portada y el inicio, el disco expide un aire de falsa inocencia. Hay dolor y ruptura pero desde una emocionalidad contenida. Las cuerdas de nylon como eje de suaves baterías, sutiles arreglos de cuerdas y precisos teclados, redondean una obra consistente e intimista. “Pantrö Puto y los Sueños Raros” es el nombre que eligió Manuel Sánchez Viamonte para mostrarse solo y sonar tan natural como raro. Igual que la vida.

El disco comenzó, tal como se dijo, hace cinco años junto a Gustavo Monsalvo (EMAUPM) maqueteando con guitarras y viola. Luego Mariano Di Césare (de Mi amigo Invencible y quien grabó bajos, guitarra y coros) se hizo cargo de la producción y circularon por distintos estudios, sumando el acompañamiento de Pablo Mena (batería y percusión), Martin Vilulla (Martón-Martón) en teclas y Anabella Cartolano (voces) entre otras amistades. “Yo ya tenía una idea bastante clara cuando fuimos a los estudios  –Sánchez Viamonte–. Después Mariano aportó todo un vuelo del que carezco y le dio otra sonoridad. Y los chicos que tocaron en el disco aportaron lo suyo e hicieron cosas increíbles. Soy bastante controlador con mis proyectos, bastante terco. Pero me pude abrir para escuchar más y darme cuenta. Estuvo bueno que pude ir deponiendo el ego para que el producto que fuera mejor”.

“La mayoría de las canciones fueron compuestas así: tocando la criolla, haciendo algún arpegio y viendo la manera de meterle las melodía de la voz”, dice sobre una modalidad que se trasluce en el resultado final. El músico sabe que dista bastante del sonido de El Mató. “Se dio por un lado naturalmente, porque eran las canciones que me salían con la criolla. Tengo otras que no iban con este disco. En este caso quería apuntar a algo muy diferente. Si bien hay cosas que se filtran. Esa cosa repetitiva…”.

Otro campo a desarrollar fue el vocal. “Me costó porque no soy cantante. Y nunca me puse a practicar realmente el canto. Hasta que empecé a componer estos temas. Encontré un registro en el cual me sentía cómodo”. Y tras enumerar referencias de “voces profundas” considera: “Creo que es mi forma de expresividad. Generalmente es como lo hago en la vida cotidiana más allá del canto. Me  gusta mucho un grupo canadiense llamado Timber Timbre. El chabón canta profundo, suave y aterciopelado. O por ahí estoy viejo”. Y completa: “Fue una dirección bien expresa de que la voz estuviera bien adelante. Siempre me tiré abajo y ahora estaba orgulloso. Medio ególatra ¿no? Pero es mi disco… ya fue (risas)”.

“Me gustan los juegos de contrastes donde hay algo que parece alegre y es triste o viceversa –asevera respecto al ánimo del álbum mezclado por Francis Stuart Milne–. Tuve dudas con la tapa que da ´rock humor´. Pero así es la vida: hay cosas graciosas, cosas tristes. Quería un poco meter todo. Canciones que empiezan tristes y terminan alegres. Me gusta ese tipo de contraste”.

Sobre las letras reconoce: “Empecé a escribir más suelto cuando acepté que no podía escribir bien. No puedo escribir poesía. No me sale mucho el vuelo de la metáfora, de imágenes y esas cosas. Pero sí me siento más seguro en la narrativa. Contar relatos y que en esos relatos haya un trasfondo más profundo”. Y confiesa: “Son bastante biográficas. Soy una persona reservada que me cuesta expresar emociones y sentimientos. Y fueron saliendo sin proponérmelo. Empecé a apuntar una emoción en concreto en cada canción. Trataba de sentir eso y escribir una historia que si bien son biográficas tienen mucho de ficción”.

En el marco de una pandemia, es difícil proyectar. “Iba a presentar el disco en mayo, en un teatro porteño. Pero ahora hay que ver qué onda”. Mientras tanto, “Pantrö Puto y los sueños raros” se puede descargar desde todas las plataformas digitales.