Por Ramiro García Morete

“No me cabe que seamos tan light/pero tampoco como Rose y Di Caprio”. El primer contacto fue por Facebook, hará dos años. Ella lo invitaría a grabar unos cellos, pero no se daría. Luego él la convocaría a su serie de versiones llamada “Sesiones Criollas”. Se ubicaban por el mundo de la impro, musicalizando alguna obra. Y puede que hayan tardado un par de encuentros hasta pasarse el WhatsApp. Pero casi nada en pegar buena onda. “Mile es una de esas personas que las conocés a los dos días y parecen amigos tuyos de toda la vida”, dirá Fran. Será por eso que la cantautora “tiene una preocupación que atraviesa el resto de su obra. Hay muchas de sus canciones que hablan de la desconexión y la tecnología”.

Lo cierto es que la historia no guarda ningún épico “momento milenial”, tal como sería el nombre original. A decir verdad, ninguno podría definirse –parafraseando viejas teorías– como integradxs o apocalípticxs. Sencillamente viven su tiempo y toman con tanta lucidez como crítica lo que el mundo y la tecnología les ofrece. Por eso “Neoliberal” sería compuesta a través de internet, intercambiando ideas desde el depto de Plaza San Martín hasta el de 10 y 71. De a poco armarían algunos más con la idea de presentarlos a la Bienal de Buenos Aires.

los sutiles arreglos y las melancólicas melodías que oscilan entre la tradición popular y la quintaesencia beatlezca, otorgan profundidad y persistencia a algo que podría acabar como un chiste.

Nahuel sería el tercero en sumarse a la banda cuyo grupo de WhatsApp cambia de nombre a cada semana y los últimos eventos mundiales hicieron que “España 2020” deviniera en “España capaz no”. El punto es que este “jugadorazo” multi instrumentista que tocó el piano junto a Milena en un cuarteto de jazz sería la pieza que faltaba para otorgarle un salto de calidad a aquel repertorio y convertirlo en un disco. Un retrato inteligente y creativo sobre las formas de vincularse en el Siglo XXI. Pero no desde el ensayo solemne sino de una narrativa que utiliza el humor como medio y no como fin. Porque los sutiles arreglos y las melancólicas melodías que oscilan entre la tradición popular y la quintaesencia beatlezca, otorgan profundidad y persistencia a algo que podría acabar como un chiste. El amor romántico (“Ya no quiero vivir cada elección como deudas a cien años/yo tampoco quiero amarme a tu amor como el Fondo monetario”), la política (“ningún pibe nace robot del modelo neoliberal”), lo generacional (“Tiene los mejores hits del 90, y algo del 2000 también, de deconstrucción no se hablaba”), la nostalgia reciente (“yo también tengo mis muertos en youtube, un pasado en la deepweb) y la re significación del lenguaje (“voy a descargarme una mejor versión de mi”) redondean un trabajo que remite conceptualmente a aquellxs compositorxs de tango que en décadas pasadas se propusieron actualizar jerga e historias. “Nunca creí en los que se jactan de invariables/cambiaste de opinión”, reza “Pacto de bits”. El mundo cambió y lo seguirá haciendo, en 506 y en el 2020 también. Milena Plácido (voz y guitarra), Fran Cadierno (voz, violoncello y guitarra) y Nahuel «Kayser» Acosta (teclado, bajo y contrabajo) lo toman con buen humor, aunque el grupo se llame Lamento Millenial.

“Muchas cosas fueron  grabadas con la libertad de producirlo y no atarse a un esquema –introduce Cadierno–. Tener instrumentos a mano, probar y lo que queda, queda. Así armamos cuatro temas. Casi todo el año pasado, con intermitencias. A fin de año grabamos voces en El Zumbido. Ahí empezamos a corregir un poco lo que habíamos hecho de manera casera. Y después salieron un par de temas más en esta modalidad”.

«No fue el fin hacer una banda que te haga reír. Porque a la segunda escucha se agota. Fue concebido como un juego pero no una banda en joda. Tomarnos las cosas como somos nosotros”

Las canciones exploran “no solo narrativo  sino también humorísticos por momentos. Es un espacio que nos dimos para hacer cosas que no nos animábamos por separado. Que estuviera la consigna, pero que no fuera tan solemne. No solo desde la letra sino desde la producción. De poner citas, o grabar coros épicos, invitar a un amigo a que escriba y lo lea. Me parece que está el aspecto conceptual, pero esencialmente lo lúdico”. Y aclara: “Yo creo que el chiste por el chiste es una mierda. Está bueno que aparezca pero no sea el fin. No fue el fin hacer una banda que te haga reír. Porque a la segunda escucha se agota. Fue concebido como un juego pero no una banda en joda. Tomarnos las cosas como somos nosotros”.

Cadierno acepta la comparación con el tango que dejó de hablar del farolito para meterse en con temas más actuales, ya que tanto cancionistas como rockeros aún no se animan de lleno al lenguaje “milenial”. “Nosotros consumimos mucho ese nuevo tango que habla de ser un yonqui adicto a la TV, con una base que tiene otra cosa. No habla del farolito. Está bueno, para nosotros queremos decir esas cosas que son un poco más actuales. Quizá no nos sale hacerlo con una música que por ahí no nos llega tanto. Quedaría forzado si me pusiera a hacer trap a jugar con una música que puedo disfrutar y que no es la mía. Tiene que ver con la necesidad de hablar de cosas en un lenguaje de ahora que sí uso, pero con una música que en un punto es más común”.

Cadierno también reflexiona sobre el riesgo de las obras o canciones muy sujetas a términos y códigos de época. “ Más que con las letras, me pasa con lo musical. Una música muy arraigada a una época que tiene esas cosas. Escuchas discos de los 80 y aparece el redo con reverb, las guitarras con chorus… No sé qué va a pasar con las letras y con esto. Me pasó de gente de mi edad que me dijera que no se sentían muy representados y otra gente que le pasó todo lo contrario, de no parar de escucharlo. La verdad es que no tengo respuesta a todo eso”. Y luego agrega: “El otro día pensaba qué va a pasar con esto en un tiempo. Creo que hay algún tema que habla de Facebook…  y ya no se usa, me decía alguien más centenial. Estamos hablando un poco de un eco, en un punto. No es que estamos hablando de algo nuevo. Quizá ese es el valor, de una cosa que ya está pasando”.

Los cambios en los vínculos no solo han tenido que ver con la tecnología sino también con la bienvenida perspectiva que cuestiona el peligroso “para toda la vida”. “Se trata de sacarle la pesadez a las relaciones –expresa Cadierno–. Esa cuestión de somos novios, voy a estar con vos toda la vida, todas esas cosas. Que están mucho en la canción popular que consumimos mucho, hecha por nuestros padres. Formas que a mí se me vuelven un poco opresivas en un punto. A veces también una exploración en otras maneras de relacionarnos más sinceramente, como diría Cristina (risas). No es que está todo bien y podés hacer cualquiera. Simplemente tampoco nos vamos a cortar las venas juntos. Bajarle un cambio a la cuestión y entender que las relaciones que el amor pueden no doler… tienen que no doler.” Y agrega: “No me siento parte de la generación de ahora. Simplemente a veces repienso pero tampoco me siento como los pibes. Que se relacionan de una manera que a ellos les sirve. Pero no quiero ser abanderado de nada”.

Volviendo a lo musical, la cuarentena condiciona todo. “Es la nuestra… ¿qué mejor momento para volver a producir así?”, bromea. Si bien tocaron un par de veces el año pasado, esta vez la idea sería armar un set con batería “y el resto ir rotando”. Y ante la palabra “cantautorxs”, es categórico: “Me gusta pensarlo como una banda”.