Por Ramiro García Morete

En sintonía con músiques de todo el mundo, Fito Páez realizó anoche un concierto virtual desde su hogar con un repertorio emotivo e inapelable.

 

“Yo puse las canciones en tu walkman/el tiempo a mí me puso de este lado”. A fines del siglo pasado –y también del menemato- Rodolfo Páez se despachaba con la filosa y dylaniana “Al lado del camino” donde proclamaba su reticencia a los “ismos” y sentirse al borde o más allá de todo. Pero el escepticismo, en un mundo diseñado para ello, poder resultar precisamente el camino más fácil. En base a gestos abiertamente políticos y básicamente un inapelable repertorio, el rosarino se halla-quizá a diferencia de  la respetable posición de alguno de sus congéneres- mucho más cercanos a ciertos sectores, luchas y ámbitos. No es casual que mucho de los festivales con artistas “emergentes” le den sin embargo un espacio a quien ya no es “un chico de allá, del interior” pero se lo ve atento a les chiques de hoy.  “La conquista de las calles, la conquista del derecho que ganas/la conquista del abrazo/la conquista de gozar”, reza uno de los temas nuevos (“La conquista del espacio”) que presentó anoche en su show por streaming, sumándose a esta modalidad que músiques, artistas y demás han adoptado para sobrellevar la cuarentena. Sentado en su piano de cola, vestido de entrecasa y -casi como una metáfora de su atemporalidad- con un gramófono a espaldas y una notebook por delante, musicalizó durante poco más de una hora la noche de viernes para más de 50 mil espectadores on-line.

“Así que vamos a tener una noche preciosa”, introdujo escuetamente y enseguida sonaron los acordes de  “Mariposa technicolor”, como para dejar en claro que pocos le compiten en aquello de “una que sepamos todos” a las que sumarían “11 y 6”, “Cable a tierra” y otros clásicos que habitan en el inconsciente colectivo junto a gemas no tan célebres como “El cuarto de al lado”. Desde hace tiempo el formato de voz y piano parece ser el que más cómodo le sienta, por su capacidad técnica y básicamente el disfrute de poder revisitar su propia obra.

Hubo también saludos latinoamericanos para México, al tocar esa perla de Manzanero llamada “Esta tarde vi llover” y para Chile, con el inmortal “Gracias a la vida” de Violeta Parra. Uno de los puntos más extraños y a la vez más altos fue “Ring them bells” de Bob  Dylan. Además de ser un disco donde predomina el piano, “Oh Mercy”(1989)  bien funciona como el álbum tristemente ideal para acompañar este momento: casi una plegaria por la humanidad y a la vez una autocrítica con canciones como “Disease of conceit” (“Enfermedad de la soberbia”).

No faltaron los comentarios y bromas (“si se embolan, empiecen a gritar”) ni los elogios al Presidente Alberto Fernández para conducir la situación. “Que haya la menos cantidad de enfermos y muertos posibles, por favor. Para eso estamos…y para acompañarnos en medio del trámite”.

“Yo vengo a ofrecer mi corazón” fue el cierre atinado. “Me quedaría tocando toda la noche”, dijo emocionado y dejó en claro: “Hay que respetar las leyes. Esla única manera de vivir y de ayudar a vivir. Los amo con todo mi corazón”.