Por Ramiro García Morete

 “No puedo abandonar, un sueño y las calles que pateo buscando la suerte”. Corría octubre de 2016 y tras aquel concierto en el Hogar Pantalón Cortito, las cosas no habían quedado del todo bien entre los integrantes de Quemando el Tiempo. Sin embargo Matías “Tute” Arias (voz y guitarra)  y Julio  “Cabeza” Deud Brito (bajo) seguían en contacto y con ganas de hacer música. Hay ciertos caminos difíciles de abandonar cuando fueron tomados.

Para el Cabeza se había abierto la senda cuando arribó a la Escuela Agraria N° 1 de Abasto. La casa familiar próxima a El Peligro, en la zona en la que limitan La Plata y Berazategui, no solo estaba alejada de los centros urbanos sino también de una cultura musical muy presente. Al costado de la ruta 2 solo sonaba la radio, música melódica de los 80 y algunos cuartetos cordobeses como su madre. Pero al comenzar el secundario con 12 años, descubriría no solo La Renga y Los Piojos sino  que sumaría a su reproductor de mp3  clásicos internacionales como AC/DC y Zeppelin. Un amigo lo volvería “loco” e insistiría para ir a ver a La Cumparsita, a la par de descubrir bandas como Don Lunfardo “y toda la movida platense”. “Me gustó la idea de la salida y de ir a recitales”, recordará sobre aquel tiempo donde le quitó el polvo a la guitarra del abuelo y aprendió algo con el cancionero que tenía caricaturas de Chizzo y Ciro. Por entonces su pequeño hermano menor (Juan “Wachy” Deud Britos) había tomado clases de batería en una escuela de arte de Gutiérrez.

Pero el Cabeza antes pasaría por una banda de punk donde ocurrió “la clásica”: sobraban guitarristas. Allí nacería el vínculo con el bajo y recién pudo comprar uno propio en el 2010 cuando el dinero de una beca para comprar útiles fue “tergiversado” en un Jazzbass Mirs y un Roller de 25.

Por eso, tras varias elusivas del baterista de la banda anterior Tute y el Cabeza convocarían al “Wachy”, quien no tenía ni palillos. En la primavera del 2017 conseguirían una sala donde alquilar crash, ride y hi hat. Un par de ensayos después, ya había canciones como “Dios diablo” o “Tiempo a favor” . Venían de un grupo más cancionero y ahora buscarían un sonido más aguerrido y crudo, como el de sus admirados La Renga.

Climas densos, letras oscuras y riffs poderosos se condensarían en dos EP grabados en toma caliente con la  premisa de registrar la esencia del trío. Hay historias de amor, y relatos de dolor /leyendas vivas, mitos que morirán/ritual de fuego y magia blanca /el aquelarre va a comenzar”. Cuentos de Aquelarre, una historia que recién está comenzando.

“Les decimos demo -refiere el “Cabeza” a sendos materiales de 2018 y 2019-  porque era la primera vez que grabábamos como banda y por la forma en que están grabamos: muy rápida. Grabamos todos juntos y luego las voces arriba”. Entre uno y otro reconoce que en el segundo  hay un poco más de velocidad y de garra. «Ya estábamos más cancheros”.

Lo que no cambió es el método compositivo, donde cantante y bajista reparten crédito y donde las canciones suelen llegar casi resueltas a la sala de 14 y 62  o al grupo de Whtasapp. Tampoco varía el rumbo estético: “Una idea distorsionada y potente es lo que nos gusta, es premeditado. Está bueno porque hace mucho que no escuchábamos algo así. Venimos rodeados de mucha música que va para arriba o ritmos tranquilos. Esto es más polenta, optamos por los riff y las escalas menores”. Y en cuanto a influencias distingue: “Nos gusta mucho La Renga, en comparación de la complejidad de los Redondos. Somos directos con lo que decimos”.

La banda planea grabar finalmente un disco con diez canciones. Si bien no hay fecha ni apuro, la idea sería continuar y mejor lo hecho hasta ahora: “Seguimos con la misma, la nuestra. Que se sigan escuchando esos tres instrumentos. Que lo mismo que se grabó, se escuche en vivo. No meter cosas que no podamos volver a hacer”.