Chile se encuentra frente a una encrucijada. Su presente, su futuro y los lazos con su pasado serán puestos en discusión como nunca antes.

El 26 de abril, más de 14 millones de chilenos podrán participar del plebiscito que decidirá si se aprueba una Reforma Constitucional y cómo se conformaría el órgano encargado en construir la nueva Carta Magna.

Los chilenos deberán aprobar o rechazar la propuesta de crear una nueva Constitución y también elegir qué órgano redactaría la nueva Carta Magna: una Convención Constituyente (que estaría integrada por representantes elegidos para ese fin) o una Convención Mixta (conformada por constituyentes y miembros del actual Congreso Nacional).

Contexto dialogó con el académico chileno Pedro Santander sobre el camino hacia el plebiscito, el declive y resurgimiento de las protestas populares iniciadas con el estallido de octubre (2019), la profundización de la represión, el rol de los medios y la discusión sobre qué tipo de sociedad quieren los chilenos para sus actuales y futuras generaciones.

Santander es doctor en Lingüística por la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso (PUCV) y licenciado en Comunicación Social por la Universidad de Chile (UCh). Actualmente es director del Observatorio de Comunicación y profesor titular de la Escuela de Periodismo de la PUCV.

Hasta la marcha del 8 de marzo, los medios hegemónicos trataban de mostrar un declive en el nivel de las protestas en Chile. ¿Cuál ha sido el rol de los medios desde el estallido social hasta esta fecha?
Los medios hegemónicos, la prensa escrita, la televisión, en especial los canales de la televisión abierta, han tomado una línea editorial bastante consensuada en la que intentan mostrar una baja en la movilización social y haciendo hincapié en el problema de la violencia. Apuestan a la criminalización de la protesta social para generar como efecto la desmovilización.

En Chile los medios de comunicación son grandes dispositivos desmovilizadores. Sin embargo, lo que mostró a fines de febrero el festival de Viña del Mar y lo que está mostrando ahora la vuelta a clases de cientos de miles de estudiantes universitarios y las dimensiones de la marcha del 8 de marzo, que en Chile fue inmensa, reflejan todo lo contrario a lo que los medios trataron de instalar.

Por eso, si bien los medios hegemónicos están apostando a la criminalización de la protesta para generar desmovilización, no logran el efecto que buscan. En Chile, el descrédito de los medios hace que su efecto ideológico sea muy limitado en las nuevas audiencias.

En la primera etapa de las protestas, el presidente Sebastián Piñera parecía pender de un hilo. Ahora ha endurecido el discurso y en las últimas entrevistas ha prometido aumentar la represión; incluso dijo que no dudaría en volver a decretar el Estado de excepción. ¿A qué sectores les habla cuando quiere mostrarse como un hombre de mano dura? Para sostener los intereses que ha decidido defender y para sostenerse a él mismo, ¿tiene otra carta para poner en juego que no sea aumentar la represión?
Incluso para algunos sectores de la derecha, Piñera es un misterio. «El peor enemigo de Piñera es Piñera» decimos aquí, y él lo ha demostrado una y otra vez. El presidente se ha vuelto un peligro para la propia derecha; cada vez que sale de libreto, cada vez que improvisa, queda alguna grande. La más reciente fue durante la promulgación de la llamada Ley Gabriela, una ley que amplía la figura del femicidio: allí volvió a decir una de sus tantas desafortunadas frases al poner a la mujer abusada y violentada no como víctima sino como responsable del abuso. Luego salió a dar explicaciones, pero no a pedir disculpas, porque él nunca pide disculpas. Como esa situación hay muchas, pero eso que puede parecer anecdótico se suma a un discurso en el que Piñera ha tenido una sola línea, el discurso de la represión, del famoso orden público. En este tiempo se han aprobado siete leyes contra la movilización social, se han hecho compras para el Ejército, para la Armada, de materiales antidisturbios, se han hecho compras de equipamiento y de vehículos para la policía uniformada, los Carabineros de Chile, y se promete una represión cada vez más dura. De hecho, ha dicho en una reciente entrevista que no va a tener problemas ni va a dudar en decretar nuevamente el Estado de emergencia.

Si bien Piñera ha sido terriblemente errático y muchísimas cosas, en lo que ha sido constante es en apostar a la represión, una apuesta absurda, peligrosa y trágica. Es absurda porque la historia demuestra que ninguna situación de desobediencia civil –como la que se está viviendo en Chile– puede ser controlada por la represión, a no ser que venga una gran masacre, por eso también es peligrosa y puede ser trágica.

¿Cuáles son las expectativas que genera el plebiscito de abril?
Las expectativas que genera el plebiscito del 26 de abril dependen del bando en que uno se sitúe. Pero, independientemente de ello, hay un aspecto que es objetivo, claro, es una verdad irrefutable: nunca en la historia republicana de nuestro país ha existido la posibilidad de discutir democráticamente una Constitución. La de 1833, la de 1925 y la de 1980 son todas Constituciones nacidas al alero del autoritarismo, del establishment, de la élite. Nunca fueron discutidas por el pueblo ni sometidas a deliberación ciudadana.

Si el 26 de abril, como todo indica, gana la opción «Aprueba una nueva Constitución», el pueblo chileno tendrá una posibilidad histórica. Ese es un elemento que hay que destacar.

Recientemente, en el Senado se aprobó que si gana el mecanismo de Convención Constitucional para redactar la nueva Constitución, los asambleístas deberán ser elegidos con paridad de género. Chile pasó de ser un país a la cola de procesos progresistas de la región a estar, al menos con esa medida, a la vanguardia. 

En ese sentido, las expectativas que abre el proceso constitucional son grandes, son importantes, pero estamos atentos a todo lo que pueda pasar, porque, efectivamente, la derecha está cada vez más mostrando su postura contraria a que ocurra un cambio constitucional con discusión popular.

¿Qué aspectos deberían modificarse con una nueva Constitución?
Una de las cosas que se deben terminar es la del carácter subsidiario del Estado. La actual Constitución es neoliberal, nació bajo el pinochetismo y prohíbe expresamente que el Estado intervenga donde pueden hacerlo los privados; eso lo dice tal cual. También es una Constitución que no entiende la salud y la educación como derechos, sino como intereses particulares, y consagra el agua como un bien mercantil. Eso no pasa en ninguna otra parte del mundo. El agua en Chile está privatizada.

Tenemos una Constitución muy retrógrada, muy neoliberal y con muchos candados que en esta próxima discusión deberían ser abiertos.

Cuando comenzaron las protestas, tras el estallido social de octubre de 2019, existía una multiplicidad de demandas que no estaban encadenadas claramente, no parecía haber un liderazgo que unificase todos esos reclamos. ¿Eso ha cambiado?
Extrañamente, y en parte lamentablemente, sigue siendo una gran movilización social, un pueblo en desobediencia sin conducción orgánica, sin conducción partidaria, sin conducción organizativa. Si bien eso puede que tenga algunos aspectos positivos, hace también que el movimiento carezca de esa fuerza que dan la organización y la dirección.

Ningún partido político ha logrado ni cercanamente una posición de conducción. Hay movimientos sociales importantes, está la Mesa de Unidad Social (donde se reúnen más de cien organizaciones sociales) que en algún momento de 2019 logró cierta conducción relativa. La Mesa de Unidad Social hizo un llamado a paro el 12 de noviembre que fue exitoso. Sin embargo, después de eso no se dio un salto cualitativo en cuanto a la conducción política y orgánica de la lucha social. Eso fue así y, lamentablemente, todavía es así.

Los organismos de derechos humanos han denunciado que el nivel de la represión ha sido terrible. ¿El pueblo chileno es consciente de la brutalidad a la que han llegado las fuerzas represivas?
Hay más de cuatrocientas personas con lesiones oculares, más de treinta muertos, más de 15.000 personas apresadas y decenas de acusaciones por violencia sexual contra detenidos y detenidas.

Human Rights Watch, Amnistía Internacional, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, las Naciones Unidas y el Instituto Nacional de Derechos Humanos de Chile han hecho informes que señalan la brutalidad del accionar de las fuerzas represivas y la violación generalizada a los derechos humanos. Pero ninguno de esos informes ha logrado disminuir la represión, sino que, por el contrario, ha ido en aumento.

El pueblo chileno es totalmente consciente de ello. Todas las encuestas demuestran que el cuerpo de Carabineros de Chile está totalmente desprestigiado y deslegitimado.

¿Cuál es el futuro de Chile?
Es una respuesta muy difícil de responder. Lo que es seguro es que el 26 de abril, el día del plebiscito, se dará un paso muy importante respecto del futuro de Chile.

Si el «Apruebo» gana con fuerza, lo mismo que el mecanismo de convención constitucional, podríamos decir que la transición chilena, que empezó en 1990 con la salida del dictador, llega a su fin con una salida que puede ser por izquierda.

Si la derecha roza el 40% de la votación y no se aprueba la convención constitucional sino la convención mixta, podríamos decir que la salida de la transición chilena termina por derecha.

La realidad es que en Chile aún todo está por verse.