Por Carlos Ciappina

Se cumplen este año los ciento cincuenta años del fin de la terrible Guerra del Paraguay. La guerra finalizó totalmente cuando los últimos generales paraguayos –luego de la muerte de Francisco Solano López, el 1º de marzo– se rindieron a las tropas brasileñas y argentinas el 9 de marzo de 1870.

La historiografía tradicional –argentina, brasileña, paraguaya y uruguaya–, la de las élites liberales, prefiere estudiar la Guerra de la Triple Alianza aislada del resto de los acontecimientos de la historia sudamericana. Pero, como la historia no es una sucesión de hechos aislados, la Guerra de la Triple Alianza debe entenderse –para el caso de nuestro país– como un eslabón de una cadena que se constituye en la Batalla de Caseros (1852), se continúa en la Guerra del Paraguay (1865-1870) y finaliza con la llamada Campaña al Desierto (1878-1885).

¿Cuál es la cadena que esos tres sucesos constituyen? La que termina de conformar la organización del Estado liberal, oligárquico y probritánico que los liberales llamarán «Estado moderno».

Particularidades y continuidades

Ese «Estado moderno» se constituirá sobre tres hechos de fuerza y por la fuerza: la Batalla de Caseros, la Guerra del Paraguay y la Conquista del Desierto. ¿Qué tienen en común?

La barbarie liberal: la exitosa dicotomía que señaló Esteban Echeverría en su Dogma Socialista (1837) y que divulgó en toda su profundidad Sarmiento en el Facundo (1845), la divisoria civilización (Europa y su continuidad en América) vs barbarie (los pueblos originarios y el mundo mestizo de América), debe leerse exactamente al revés.

La barbarie siempre ha sido en la historia de América del Sur la acción de las élites liberales. En la Batalla de Caseros –donde el unitarismo liberal probritánico enfrentaba a Rosas escondido detrás del «federal» Urquiza–, la élite liberal llevó a cabo una verdadera represalia «bárbara»: solo el 3 de febrero serán fusilados seiscientos soldados que se habían rendido del batallón Aquino. Los cadáveres fueron colgados de cada árbol que daba ingreso a la residencia del gobernador en Palermo. Otros cientos fueron dejados en la calle a modo de escarmiento. Sarmiento se mostró «encantado» –lo dejó por escrito– de observar esa masacre.

En la Guerra del Paraguay la barbarie liberal se perfecciona. Se calcula que 600.000 personas, el 90% de la población masculina, fueron masacradas por las fuerzas liberales combinadas del Brasil, el mitrismo y los colorados uruguayos. Asunción fue saqueada, demolida por los bombardeos, y el Paraguay exitoso y pujante fue transformado en un apéndice de la economía liberal británica junto con Brasil y Argentina.

La Campaña al Desierto iniciada por Roca con el objetivo de garantizar la expansión territorial de la élite terrateniente argentina y sus socios británicos llevó la barbarie al paroxismo: el objetivo fue dejar «vacía» la Patagonia y, para hacer eso, durante cinco años el Ejército liberal (antes mitrista, ahora roquista) se dedicó al genocidio sistemático. La población patagónica era de 50.000 indígenas en 1869. Luego de la campaña, el propio Roca informa al Congreso Nacional de 15.000 muertes. Los cálculos más precisos señalan 20.000 muertos y miles de prisioneros encerrados en campos de concentración. Muchos murieron de enfermedades, otros fueron «regalados» a familias patricias. Lo cierto es que la campaña fue un genocidio en toda la línea que se desarrolla a la vez que se federaliza Buenos Aires y se completa la «organización nacional».

Así, el territorio patagónico pasará a ser Argentino –el Estado chileno hará otro tanto en esa época– de la misma manera que Misiones y Formosa pasarán a ser territorio argentino con la Guerra del Paraguay.

Los mismos actores políticos y económicos y sus aliados internacionales

Caseros, Guerra de la Triple Alianza y Campaña al Desierto tienen la misma configuración sociopolítica: en Caseros la alianza liberal se da entre Urquiza (a quien acompañan los liberales Mitre y Sarmiento); el ejército del Imperio del Brasil (Rio de Janeiro era la base de operaciones británica para América del Sur) y los colorados del Uruguay. Todos coinciden en que Rosas es un «tirano» porque no abría los ríos al capital británico y además defendía la producción del interior frente al libre comercio británico. Detrás de la movida está, claramente, Gran Bretaña, la verdadera interesada en que no haya «grandes potencias» en el Río de la Plata.

En la Guerra de la Triple Alianza, ese conglomerado liberal se perfecciona. Nuevamente es de la partida Bartolomé Mitre –como jefe de las fuerzas de tierra–, y generales como Paunero –asesino de caudillos federales, enviado por Mitre al interior– y un joven Julio Argentino Roca; Venancio Flores al mando de las fuerzas uruguayas y el ejército del Imperio del Brasil. ¿Quién provee el dinero y las armas para el ejército invasor del Paraguay? Sí, nuevamente, detrás de bambalinas, Gran Bretaña.

Será finalmente Julio Argentino Roca quien encabece el tercer momento de esta tríada: la llamada Campaña al Desierto. Preside Nicolás Avellaneda. Roca organiza la campaña con el apoyo de Bartolomé Mitre (expresidente) y el entusiasmo de Sarmiento (expresidente también), que estaba exultante porque imaginaba que por fin habría de exterminarse a los indígenas. La ocupación de la Patagonia cumplió un rol central al cubrir la creciente demanda de lana de la industria británica, además de la compra por parte de terratenientes británicos de enormes extensiones de tierra luego de desalojados los pueblos originarios. Tanta necesidad de «orden y administración» tenía Gran Bretaña, que logró que los gobiernos de Argentina y Chile le solicitaran a la Casa Real británica que laudara y demarcara los límites en el sur entre los dos países.

Y así quedó conformado el Estado nacional terrateniente, oligárquico, blanco y probritánico que dominaría Argentina hasta 1946.

Lejos del sueño de los Mariano Moreno, Manuel Belgrano o José de San Martín –sueños de igualdad y emancipación–, la élite liberal terrateniente fundaba un país sobre la sangre de sus hijos y hermanos.

Esa es la élite que hoy vuelve a la violencia en las rutas tratando de garantizarse que la exclusión y el privilegio continúen existiendo en nuestra nación.