Por Ramiro García Morete

“Lucho era una persona que vos ibas a una fiesta y terminabas bailando de solo verlo bailar a él”, evocará Cristóbal Zanelli al hablar de aquel show en Chiclana y Garay que una pizarra anunciaba con tiza, “al estilo peña”. Tras un año de viaje y con Manuel Colman ya en la batería, el cantante aún necesitaba que su viejo compañero Luciano López subiera el escenario. Faltaría poco para que el bailarín -su rol oficial tras dejar las baquetas- se arrojara haciendo mosh desde el alto y ajeno escenario de Makena. También para que la banda descolocara fiestas o lugares paquetes, ya fuera Million o el taller del “hipemacrista Ragazzoni”, arrojando panderetas a la coqueta audiencia o haciendo el acting de una fellatio entre ambos. Pero siempre desde la irreverencia más que desde la irrespetuosidad.

Solo escuchar su voz hace pensar en Cristóbal como alguien sensible, educado… y que nunca fue de ir a boliches. Pero sí de bailar, como cuando en su cuarto se colgaba una guitarra, se ponía una campera de cuero y cantaba frente al espejo de Pappo Blues Vol. I. ¿Qué otra cosa es el rock sino dejar que la música atraviese todo el cuerpo? Solo escuchar la banda hará pensar en los descolgados de la fiesta. ¿Y de qué otra cosa se trataba el rock sino de dar lugar precisamente  a quienes suelen quedar afuera de la fiesta?

Aquella noche Lucho iría detrás de Cristóbal y metido en una formación cuyo planteo escénico difiere de la media. Del mismo modo que puliría el sonido desde aquel sótano -al que pusieron placas, luces y una lluvia hizo caer el techo- hasta llegar a lo de Pipe Quintans y finalmente grabar en El Pie, la energía entre todes se contagiaría. Y puede que la palabra sea contagio, en medio de mucha música aséptica.

Como cuando este joven que a los diez fue a constitución a comprar “Mi vida loca de los Decadentes” conoció a los Happy Mondays. Su padre -guitarrista de Suárez- seguramente se los había mostrado entre otros estímulos artísticos que circulaban por la casa de San Telmo. Pero cuando escuchó la banda inglesa, el impacto fue similar al de leer a John Fante ( y no parar de escribir al punto de cerrar una novela hace unos días). Junto a Lautaro Passadore (percusionista) y Pablo Miguez (bajista) ya tocaban a tres guitarras desde los años del Mariano Acosta. Pero el click sería drástico. Y canciones como “Cámara” o “Sexo en público” emergerían directamente inspiradas por los de Manchester.

El célebre jurado de un concurso de bandas auspiciado por Movistar se sumaría a la aprobación de un grupo que completan Manuela Ortega en voz y Manuel Capelli en guitarra por su sonido bailable y desenfadado, percusivo y onírico, contundente pero no cuantizado; con letras astutas y eróticas, teclados frenéticos y guitarras presentes, con el contrapunto de voces, con todo y contagio. Porque efectivamente  algunas bandas contagian. Como hace casi un año, en Finisterre, cuando sintieron que había un público real que bailaba con ellos. Como Lucho y Cristobal aquella noche, soltando y contagiándose mutuamente. Rey Hindú parece eso: una banda que vas a ver y terminás bailando de solo verlos bailar.

Tras su álbum homónimo, la banda tomó dos años para sacar un simple junto a Leo García. “Tocamos mucho, así que no tenemos tiempo para el laboratorio. ´Fuera de tiempo´, fue un quiebre, si bien conserva cosas del primer disco -evalúa Zanelli-. Acá le pusimos un poco más de importancia a las pistas, a otros sonidos…Y metimos una melodía más pegajosa”. El cantante anticipa que ya están produciendo material nuevo de la mano de los Viva Elástico y que la idea es entrar a grabar en marzo e ir editando singles que  “mantienen una cosa del baile: estamos en una búsqueda, ojalá resulte lindo porque es muy gratificante”.

“Nunca fuimos muy amigos de grabar ensayos y laburar sobre lo grabado. Siempre fuimos de la vieja escuela en la sala. Yo llevo una melodía o letra y  laburamos hasta que nadie tenga nada que decir. Para que todos nos sintamos parte en el proceso. El vivo es tocado a full y muy enérgico. Pero de a poco nos armamos con un equipo que les gustan más las computadoras. Es aggiornarse a la facilidad que te va dando un home studio. Nosotros somos de lo orgánico, del vivo y de tocar y estar tocando. Pero no decimos que no a nada”.

A la hora de las letras, “siempre traté de ser directo y un poco componer en función de la gente con la que toco. Me parece fundamental en una banda. Generamos un lenguaje común que ya sé cómo atenerme a cosas que a ellos y a mí me van a gustar. Los disparadores son los que tiene cada uno. Muchas de nuestras canciones se van para el lado más erótico, pero sin ánimo de hacernos los triunfadores”. Por todo esto es que el músico asiente: “Es una voz colectiva y de hecho lo planteamos desde la figura del frontman, que es un bailarín”.

Desde pensar en el icónico Bez, la referencia a los Happy Mondays es ineludible: “Lo que me interesaba cuando los descubrí es que no eran los chicos más populares ni los más lindos, ni los más graciosos. Y hacían música dirigida también a gente joven y gente fashion. Me pareció muy interesante esa contrariedad con música mainstream, donde es más o menos un asunto de lindos con lindos. Esa estereotipación. Me gustaba esa cosa de no querer todo el tiempo quedar bien, con la camisa y pelo arreglados”.

Entendiendo el baile como una manifestación estética y no vacía, asegura: “Tenemos conciencia. No miramos para el otro lado. Vamos a marchas, apoyamos. Estamos al tanto. Hay cosas que nos gustan más o menos, pero somos todos peronistas. No nos hacemos los boludos. Tuvimos la suerte de tocar en la vigilia de la asunción de Alberto medio en plan olla popular, acampar para ir al otro día en la marcha. Fue una experiencia hermosa. Pero la música es un espacio difícil para ser muy auténtico, porque uno toca y no sabes quién pone la plata. Algunos lo llevan mejor que otros esa línea entre ser un hipócrita y decir lo que pensás”.

De todas maneras, deja en claro que eluden bajar línea de modo explícito: “A veces no hace falta nombrar directamente. El arte tiene un espacio que no está develado y donde uno termina de interpretar la obra. Si no es medio como leer el diario”.