Por Ramiro García Morete

“Sin cenizas ni dolor, la esperanza de ser”.  La primera vez que ensayaron con Pablo Olio -un puñado de años atrás- el bajista pidió que se juntaran aparte para trabajar los temas. No hacerlo por dinero no significa que no trabajar. No alcanzan las dos horas semanales en la sala de La Loma. Ni ser meticulosos y complejos significa ser estrictamente académicos. “No me importa si es 6×8 o 2x 4, a mí me interesa lo que siento”, dijo alguna vez -palabras más, palabras menos- el baterista Guillermo Rocca ante algún comentario irritantemente intelectual. Claro que hay cabeza y pensamiento, aunque no tanta letra: no hace falta, la guitarra dice cosas.

Trabajo era subirse décadas atrás al 202 o el 214 vendiendo guantes mágicos o cepillos de dientes. Por entonces Aníbal no era médico aún, pero seguramente ya había espantado a alguno profesor universitario con su cabellera hasta la cintura. Egresado del Industrial había agarrado recién a los 18 la criolla que su hermana dejó al igual que un consejo: “Pedile a ese compañero tuyo que te grabe la discografía de los Beatles”. Puede que haya pasado dos o tres años sin escuchar otra cosa. Sí había cambiado a una Mellow String y su profesor Sergio Videla lo acercaría a la distorsión de Deep Purple o Maiden.

Pero el gran giro del viaje se daría precisamente sobre aquellos bondis, a la par de dejar su banda heavy Entremuros acorde a su “tic irresistible”: dando un portazo. Pero otra puerta se abriría con Carlos Faloco, que además de ser un amistoso chofer tocaba la flauta y el teclado. Primero Spinetta y luego King Crimson ampliarían las posibilidades armónicas y melódicas su Pacific Strato. El resultado de esa sociedad edificaría una mezcla de sinfónico y progresivo que en el 2001 se concretaría como banda. La misma que sobreviviría a múltiples cambios de formación. Pero el género mismo, con sus narrativas instrumentales ajenas a las fórmulas y la síntesis del pop radial, enseña a ejercer la paciencia.  Y entonces sí, con la llegada de Pablo se encontró un equilibrio que derivaría en “Como hormigas”. El postergado segundo disco  conjuga con pericia ricos paisajes instrumentales, diversidad de patrones rítmicos y perfectos ensambles que no temen a incorporar casi inconscientemente elementos de la música de este lado del continente. Y con una premisa tácita que lleva el progresivo más a la expresión que al virtuosismo. Con casi veinte años de vida y la pasión intacta, Akenathon.

“Creo que la síntesis la tiró Matías González, que es el técnico de grabación de Argot -introduce Anibal Acuaro, guitarrista y compositor-. Le gusta el nombre porque dice: la vienen luchando como hormigas, haciendo un caminito. No  lo había pensado por ahí y tiene otro sentido”. Y expresa: “Para mí en lo personal significa una meta que estaba esperando hacia muchísimo. Tardó pero  considero que fue en un un momento en el que por suerte pude estar a la altura. No sé si en otro momento hubiera estado preparado. Por eso lo que significa es un crecimiento de la banda, de los músicos y del grupo humano”.

Respecto al audio, en el que básicamente dialogan los tres instrumentos, “tiene como premisa poder representarse en vivo. Porque yo tengo muchos chirimbolos y cachivaches para agregar. Me tienen que parar”.

“Punta del diablo” tiene una cadencia “uruguaya”, “Zamac” remite a una chacarera, “Irresistible tic” posee algo rioplatense. “Se filtra solo. Me decían de lo tanguero de ‘Sopa de huesos’. Hay cosas que soy más consciente, como cuando por ejemplo tomamos algo de Pink Floyd. Pero eso sale solo y la vedad que ayuda a la impronta de la banda”.

El género suele confundir a los menos entendidos. Para Acuaro la música dice cosas y no hace falta apelar a la letra necesariamente. “Son un encadenamiento de melodías. Pero el desprevenido lo toma  como solos”. Y extiende respecto al lugar de la voz: “A veces a lo que dice la guitarra alcanza. Nosotros por supuesto tratamos de inventar una historia detrás, Nos alcanza para pensar las intensidades  y  la dinámica”.

Con planes de tocar bastante este año, Acuaro explica la constancia: “Hay que tener claro que esto no te va a dar guita. Esto es para nosotros, para pasarla bien. Y hacer lo que siempre quisimos hacer. La otra vez nos hicieron una crítica muy técnica. A mí me gusta. Pero los chicos decían: se olvidó de todo lo que sea corazón. El flaco es un académico y me gusta. Pero eso no lo pensamos cuando vamos a tocar”.