Por Ramiro García Morete

“Yo no te conozco/ y vos no me conocés a mí/ no sé si están diciendo algo de mí… ¿Qué anda diciendo el gossip?”. Pueblo chico, ya se sabe. La gente está más cerca y sin embargo, a veces uno puede sentirse bastante solo. Es curioso que terminara siendo elegida “mejor compañera” en una escuela donde no había hecho ningún grupo de amigos. “No quería tener amigos, porque me aburría. Yo no iba al boliche -recordará sobre su vida en Miramar-. Estaba todo el día en mi pieza, era una rara…”.

En su cuarto estaba la guitarra. Si bien los discos de Charly y todo el rock argentino tradicional eran frecuentes en casa de padres artesanos, ese instrumento no había llegado hasta aquella tarde que vio el aviso frente a la plaza del casino. “Clases de guitarra. La primera es gratis”. Quería aprender “Come us you are” y fascinada en su regreso a casa, su padre accedió a comprar la criolla con la que compondría casi todas sus canciones hasta que alguien la extravió.

El encanto por la música había tenido un punto álgido cuando su primo Migue Berardo (que vivía en La Plata y cantaba en El Destro) trabajó una temporada en su casa confeccionando mates mientras escuchaba música distinta. Desde Velvet hasta bandas platenses incipientes como Japón y El Mató (que apenas tenía un demo) modificaron su visión del rock, mucho menos pulcra y solemne. Luego vendría, quizá por contrariar a su hermana ricotera, cierta obsesión por “Amor Amarillo” al punto de comprarse camisas como las de Cerati.

Su objetivo, claramente, era marcharse a la capital de la povincia para poder tocar. Por eso desecharía la fiesta de quince a cambio de un amplificador y la Aria Pro 2 modelo strato que al día de hoy sigue tocando. La misma que usaría a esa edad para debutar en el Favero, antes de unos 107 Faunos que aún no habían sacado disco. Aún radicada en la Costa Atlántica, su primo la bautizó para que tocaran una sola vez en un dúo llamado Sucio. Pero la carrera de Filosofía ya era el plan perfecto para emigrar a la ciudad donde Reno -cantautor prolífico e incansable- ya le había producido algunos registros low fi.

El cuadrado -o un numeroso grupo de amigos en torno a eso que llaman Laptra- le abriría la posibilidad de compartir sus canciones, además de tocar temporalmente en Koyi o con Damián Fredes y Os Cogos. Lo que no cambiaría nunca es la modalidad de composición: su cuarto –de alguno de las cuarenta casas en las que vivió– y algún arpegio de guitarra, para recién después recurrir a sus blocs de notas y en alguna ocasión hacer collages de frases.

Pero si bien desde el 2014 ya no era solista, fue a mediados del 2017 que algo cambió. Los encuentros metódicos con Martín (Castilla, teclados y percusiones) los martes en el departamento cercano a Plaza Rocha, le dieron un nuevo giro sus canciones herederas del rock alternativo y el indie. Armonías menos llanas, voces con fraseos que entrecortan o alteran la acentuación de las palabras, versos altivos e irónicos y diferentes climas dentro de un mismo relato, teclados presentes y  distintos climas le darían forma al disco más orgánico del proyecto. Si bien se grabó en capas, percibieron la sensación “de que estábamos tocando todos juntos”. Por eso -además de algunas canciones que apuntan con ira a un destinatario abstracto- lo llamaron “Directo”. El disco donde, si bien Natalia Drago hace rato no está sola, suena mejor acompañada. Y que Srta. Trueno Negro (la banda que completan Celina Ortale en bajo, Luciano Lorenzo en guitarra e Ivan Calcagno en batería) presentará este sábado a medianoche en Pura Vida (Diagonal 78 e/ 8 y 61).

“Todos los músicos van cambiando o sintiéndose cómodos con otras cosas. En este disco no solo estuve pasando por una época y escuché otra música –introduce Natalia sobre el tono de este último albúm–. En algún punto me sentí cómoda poniendo la voz de esa forma. No soy cantante, soy guitarrista… cantar melódicamente me exigía algo y creo que en este disco me sentí más cómoda por la actitud de la voz”. Y explicita el título: “Cuando lo grabamos, no lo hicimos todos juntos… Pero a medida que íbamos mezclando parecía que estábamos tocando en la sala. Tocamos mucho antes de grabar. El anterior no era así. Si bien éramos una banda, la mayor parte de las cosas la grabé yo. No había tanta personalidad de los músicos”.

Muy metódico es este disco –define–. Marto tuvo muchas ideas importantes. Lo puse como productor del disco porque básicamente cambió cosas fundamentales y estructuras de canciones. Nosotros dos  hacíamos los temas y luego los  llevábamos a la sala. Así fue el proceso. Todos tenían la misma actitud aunque variaban el estilo.

Las letras también son “un poco más directas, pero desde enojo. Hay algo medio irónico, también por la tapa de mi vida. Las otras no son románticas, pero sí existenciales. Y estas no son poéticas… son un poco asquerosas”, se ríe.

De cara al show en Pura Vida, recuerda que el emblemático escenario la recibió con apenas quince años en su segundo concierto. Fue una noche junto a Antolin, Javi Punga y Reno. Mucho tiempo después es difícil eludir la idea que la autora de “Mi cumpleaños es un bajón” tenga motivos para celebrar y estar orgullosa. “Yo sabía que mi objetivo era venir a LP a hacer lo que quería. Me esmeré, no me llevé materias”. En cierto modo, aprobó. Y que el gossip diga lo que quiera.