Reunidos triunfaremos

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Por Carlos Barragán

Las reuniones de camaradería que tengo son más bien peroncho-cristinistas, porque nadie se convierte en Todes sino que aprende a convivir con el Otre, que antes era la Patria y que ahora es un nuevo compañero de cuarto. En esas reuniones nos miramos y tratamos de entender las nuevas alegrías que no nos alegran hasta que no las analizamos un buen rato. Estamos muy mal, peor de lo que pensábamos, la tierra arrasada no es un título de película sino una descripción ajustada, estamos buscando una sombra que nos cobije en esa tierra y por eso en las reuniones compañeras terminamos entendiendo que hay que plantar un árbol y cuidarlo bien si queremos sombra.

No sé cómo habrá sido el peronismo con Perón, pero el que conocí con Néstor, Cristina y ahora Alberto es misterioso. Las jugadas futuras no se saben, no se cuentan, y uno especula si estarán muy calculadas o serán fruto de una inspiración súbita de nuestros jugadores más talentosos. La bajada de línea, ese gran ordenador de las acciones políticas la mencionamos siempre como una ausencia. Quiero decir que desde que tengo memoria la bajada de línea se menciona porque falta, no hay, no hubo y no habrá. Y sin embargo nos gusta extrañar ese paraíso del orden perdido. Pero nuestro Frente nunca es ordenado, se ordena y se organiza con esas reuniones irregulares y caóticas que pueden ser de asado, de pizza, de mate, una charla de cinco minutos en la esquina, un tuit o una rápida puteada compartida. En esas reuniones de camaradería y hay que decirlo: de intercambio de información que más que informar nos desangustia, nos vamos ordenando. Y aparecen las metáforas, la balsa que nos trajo hasta acá, la costa que es desconocida, la sed que todavía nos dura, la ansiedad por volver a tener un hogar y una actividad en tierra firme.

Entonces nos reunimos y nos volvemos a asombrar por el talante de nuestros adversarios, que vuelven a elegir ser nuestros enemigos. Más que nunca y más que antes, ahora que como los tiburones probaron el sabor de la carne humana en el manejo del gobierno, ahora se volvieron más peligrosos, más fuertes y más audaces. Más enemigos de la convivencia, más depredadores de nosotros. Pero esta vez elegimos no confrontarlos, no decirles, no acusarlos, ni aplicar ninguna franqueza sabiendo como sabemos que son horribles. Y en esas reuniones compañeras nos damos cuenta de que estamos viviendo en peligro, que ganar las elecciones no nos garantiza la sobrevida.

La sensación es que esta vez elegimos bailar con ellos, con un animal lleno de espinas y garras afiladas, y es una danza nueva y llena de riesgos, una danza necesaria que esperamos nos evite ser tan derrotados como lo fuimos. Las sutilezas nos aparecen como hongos, ¿de dónde nos salen tantas suavidades, paciencias, esperas, cálculos y meditaciones? No nos salen, en realidad las convocamos por necesidad. En las reuniones compañeras compartimos esos hongos que no nos alucinan, y en cambio nos alimentan con un gusto nuevo. Pero claro que las ansiedades son inevitables, y queremos saber cuándo y dónde y cómo estaremos peleando la batalla cultural que sabemos imprescindible. Volvimos mujeres, dice Alberto, volvimos y la batalla cultural parece que en estos días la estamos librando hacia adentro, y eso es una manera de empezar a ganarla.