Justicia es la palabra que Marta Ramallo dice una y otra vez luego del nombre de su hija, en el Cementerio de La Plata, mientras mira para arriba, al nicho número 572, donde acaban de subir en una pequeña caja los restos de Johana.

Pasaron casi 29 meses de la última vez que Marta vio a Johana. La saludó como siempre y ella le dijo que la esperase, que volvía para cenar, pero nunca llegó y poco se sabe qué pasó con ella. Al día de la fecha, el caso que se investiga como una presunta desaparición por una red de trata no tiene un solo detenido, tampoco imputados.

Marta, que ahora le jura a Johana, abrazada con su familia, que va a encontrar justicia y le pide que le dé fuerzas para seguir, fue quien encabezó desde el minuto cero de su desaparición la búsqueda. Tocó puertas, se metió en lugares donde el Poder Judicial no lo hizo, fue a llevar el nombre de su hija a encuentros, congresos, charlas, le dio a jueces y fiscales todos los nombres que tenía, los gritó en cada marcha, se aguantó las cachetadas de los funcionarios judiciales y la indiferencia del Estado, también las amenazas y los balazos en su casa, estuvo en los allanamientos, en los rastrillajes, estuvo bancando a su familia. Nunca dejó las calles.

La respuesta del movimiento de mujeres, lesbianas, bisexuales, trans y travestis fue inmediata. Se agolparon cuerpo a cuerpo durante más de dos años y acompañaron a Marta en su lucha. Este miércoles 18 también decidieron estar. Llegaron con flores a la Comisión Provincial de la Memoria (CPM), que hizo las veces de salón de sepelio, y se las dieron a Marta, que en el centro, junto con su familia, custodiaba los restos de Johana.

Marta se funde en cada abrazo, con sus hijes, su madre, sus hermanes, su nieta, con sus compañeras, con las pibas. Johana sonríe en las fotos. No es la joven de rostro serio que se inmortalizó en las paredes de La Plata, es la piba de barrio, con familia, con amigues, con sueños, con vida. Es ella, la que Marta mejor conoce.

Antes de llegar a la sede de la CPM, Marta decide dejarle un mensaje en Facebook. «Me iré con vos, sí, mi alma te la llevás vos, hija. Solo quedará de mí el cuerpo para seguir luchando contra lo que venga. Con vos te llevás mis miedos y me dejás las fuerzas y el coraje para seguir luchando contra el mundo cruel, contra un sistema judicial misógino patriarcal que se llevó tu vida».

Marta Ramallo: «Me quedaré con el dolor más grande, con el alma vacía, con la vida destrozada, pero prometo no darme por vencida ni aún vencida. Prometo que nos volveremos a ver, tomaremos esos mates o esa birra fría sin que nadie nos vuelva a separar».

«No solo se llevó tu vida de la peor manera si no se llevó tus sueños, metas, se llevó las vidas de todos. Me quedaré con el dolor más grande, con el alma vacía, con la vida destrozada, pero prometo no darme por vencida ni aún vencida. Prometo que nos volveremos a ver, tomaremos esos mates o esa birra fría sin que nadie nos vuelva a separar», cierra Marta en la publicación que se llena de apoyos virtuales que se hacen cuerpo horas después en la despedida de Johana.

En la sede de la CPM, entre guitarra y un tímido coro, dos mujeres reversionan un viejo tema al costado de la pantalla donde se pasan las imágenes de Johana: «Aunque nos tiren del puente y también de la pasarela, nos verán cruzar el río en un barquito de vela. Diez mil veces que los tiren, diez mil veces que lo haremos. Aquí estamos las mujeres, aquí estamos compañeres», dice la letra que se repite una y otra vez, casi como un eco que rompe el silencio.

A la hora anunciada se parte al Cementerio de La Plata. La intimidad familiar se corre del eje, porque la lucha por Johana siempre fue colectiva. Y ahí van muchas, llegando en colectivos, autos, motos, bicis, a pie, a abrazar a Marta una vez más. Entre toda esa multitud, con flores en sus manos como pidió la madre de Johana, hay otras madres que saben de luchas. Está Nelly Gamboa, la mamá de Sandra Ayala Gamboa, víctima de un femicidio hace doce años; está Rosa Bru, madre de Miguel, desaparecido en 1993; está Florencia Cabrera, mamá de Claudia Salgan, víctima de un femicidio en 2015. Está también Lorena Galle, la tía de Micaela, una de las víctimas del cuádruple femicidio ocurrido en 2011.

Todas ellas la acompañan. Marta llora y empieza ese duelo que tanto pidió. Ahí tampoco se rinde. Johana se escribe con jota. Con la misma letra que «justicia», esa promesa que ahí le hace. Marta grita el nombre de su hija, ese nombre que tiene toda su familia grabado en la piel. Grita y le jura a Johana que habrá justicia. Marta sabe que pondrá el cuerpo para luchar contra lo que venga, aunque no sea fácil. También sabe que no estará sola, porque todos los cuerpos que ahí la abrazan hacen en silencio la misma promesa.