Por Ramiro García Morete

“Abel no quería ser el elegido. / Por eso mató a Caín, / tomó su nombre y huyó. / Caín fue velado como Abel. / Así empezó todo” (“Historia”). La historia tiene un comienzo que –al parecer– ha contado en numerosas ocasiones y cuyo rigor no será juzgado. “En cuanto a la poesía –dirá– pienso más en la ficción que en el error. Y en una verdad poética que no va a coincidir con la verdad empírica, porque es otra cosa”. Lo cierto es que tendría 18 o 19 años y se topó con una de esas “librerías de viejos”. Si bien el exalumno de la N° 10 era “el típico niño que cuando venía la consigna de redacción, te hacía dos páginas”, no era tampoco un eximio en materia literaria. Sí era “leído” y si de algo puede jactarse es de haber fundado la biblioteca familiar, ya que casi no había libros en la casa ubicada en 45 y rodeada de naranjos. Pero en una entrevista, Spinetta había nombrado a Rimbaud y al toparse con su obra poética, quiso ver de qué se trataba. Aquella noche se acostaría a dormir con el libro y tendría pesadillas. Algo así como “una guerras de palabras divididas en bandos”. Ese libro le resultaría fascinante y perturbador. No entendía pero había algo de la forma, de las cadenas verbales. Por entonces, asegura, no sabía leer poesía. Tardaría también en aprender a escribirla y agradecerá el destino de ceniza de sus primeros versos. Empezaría a leer a Apollinaire, a la generación beat y a todo lo que tuviera un tono contemporáneo. “Si uno va a tomar por poesía lo que algunos te vendían como poesía, salía corriendo. Si folklore son Chalchaleros, salgo corriendo”. La historia tendría su nudo y unos cuantos libros propios en su haber que no quemó, como tampoco las libretas que lleva en cada bolso. En alguna de ellas el tiempo acumuló “cierto material en un tono similar”. Algunos de diez años atrás pero “que han encontrado su lugar en el mundo ahora”. Ese tono tiene que ver con el formato de poema en prosa y en ese lugar se reescriben mitos, se reformulan posteos, se inventan reinados, se exponen problemas de convivencia consigo mismo y se rastrean las iniciales de amores pasados. Su narrador se muestra lúcido y preciso, moviéndose entre la elucubración profunda y la ocurrencia coloquial. “Porque hay poesía en todo, pero no todo”. ¿Qué es poesía? ¿Tú? ¿Lo sabrá Horacio Fiebelkorn, autor de Poemas contra un ventilador? ¿Quién sabe? Como cuando a los diez escuchaba The Beatles y sin entender una palabra caía rendido. Como cuando “esas tardes embolantes de verano” soltamos la cálida voz al ventilador de frente, que recorta y desvía y deforma su sentido. La respuesta soplando al otro lado del viento es otra historia.

“Es el poema en prosa en su vertiente fundacional –referencia el autor sobre el formato del libro–, que es la de Baudelaire, aunque con un grado de deformidad en el que intervienen Kafka, Levrero, Francisco Gandolfo y tantísima otra gente. Diría que el poema en prosa es uno de los puntos precisos donde se licúan los géneros, aunque siguen siendo poemas, porque trabajan con la falta. Son siempre figuras incompletas”.

El libro toma el humor como un aliado… ¿cómo se trabaja con ese recurso que, imagino, requiere delicadeza? “Hay una tradición en la poesía argentina donde el humor está muy presente –responde–. Atraviesa todas las generaciones y regiones, y me reconozco en ella. Aquí todavía hay que estar explicando que el humor puede tener un lugar en la poesía, básicamente porque es siempre un componente del drama humano. En cuanto a la delicadeza, es imprescindible para todo tipo de abordaje textual que pretenda no agotarse en una primera lectura”.

“Cuando desperté / Supe que estaba en el poema de otro”. No solo desde el intertexto, Fiebelkorn es de esos de esos poetas que están muy en contacto con las obras ajenas, no solo canónicas o célebres, sino también de sus pares o desconocidos: “No siempre sucede en forma consciente. Pero es verdad, hay marcas de lo que son tus lecturas. De lo que se trata, supongo, es del modo en que vas procesando esa información para generar otra nueva. Y así es como se constituye, a grandes rasgos, un sujeto poético colectivo y heterogéneo”.

En Poemas contra un ventilador se habla de pescadores, de gente que camina mal, de ciudades… “Hay poesía en cualquier cosa. Lo que no significa que cualquier cosa sea poesía. Pero te vas a cruzar con la posibilidad de un poema –o de una narración, una pintura, una canción, o una filmación corta– en cualquier circunstancia, en la medida en que haya predisposición sensorial y emocional para capturar ese momento en que lo real muestra sus fisuras.

“El poema finge ser contemporáneo”, cierra el libro. Fiebelkorn reflexiona sobre las nuevas formas poéticas y no cree que se trate de lo mismo de siempre solo que leído desde un celular: “Si hablamos de nuevas formas, o nuevos lenguajes, lo asocio más con nuevas realidades que demandan otra mirada. Esas nuevas miradas de algún modo también recogen parte de la herencia anterior y la resignifican”.

Sobre el final, el poeta se expresa sobre las dificultades de editar en estos años: “Convendría recapitular los últimos cuatro años que han sido espantosos con consecuencias horribles para la amplia mayoría d lea población. Pero en mi caso han sido muy fructíferos. Lo único que hice fue sacar libros: cuatro en cuatro años. ¿A qué nos lleva? No a una cuestión de éxitos personales. Pero sí a ciertas formas de resistencia cultural que adoptó la edición independiente que supo surfear momentos muy críticos con una cintura que ya querrían tener las editoriales grandes. Acá no es solamente el esfuerzo autoral, no solo por mí, sino lo que fue el esfuerzo de todo el espacio editorial independiente”.