Por Ramiro García Morete

“Si os adentráis en el camino inexplorado, al final aparecerán infinitos secretos” (Bushido). Había una guerra, pero sin espadas ni samuráis. Se había desatado dentro de su cabeza. Estaba enojado y frustrado. Había llegado un par de años antes de Chacabuco para estudiar cine. La narrativa siempre tuvo su lugar, con series como “Twin Peaks” o pelis como “Pulp Fiction”. Y “8 Miles”, por supuesto. “Rapeo gracias a Eminem”, confesará. Es que la música también estaba allí, desde antes quizá. Como cuando a los cinco vio “como ochenta veces” desde la cama junto a su padre aquel concierto de James Brown. O cuando cantaba y bailaba junto al boombox de su madre el tema de Jamiroquai para “Godzilla”.

El rap llegaría unos años después, de modo fortuito. Tendría 9 años cuando en una tienda de regalos halló un cd pirata con temas de Calle 13 y Tego Calderon. El bonustrack era “El juego de la Vida” de Dyablo. “Quedé asombrado”, evocará. Desde entonces dejaría de lado a los reggaetoneros y saltaría a todo lo yankee: 50 Cent, Method Man, Jay Z. Con MarshalMathers de Eminem descubriría el tono y el modo de conciliar música y narrativa que buscaba. “Yo estaba re en esa. Me re sumergía en su mambo. Viajaba escuchando la música del loco. Quería tener una misma capacidad para contar las cosas que me pasaban a mí”. Al revés de lo corriente, grabaría antes de competir en freestyle con el a.k.a. de Rabbit. Sería el 2013 cuando consiguió que un amigo de una banda de rock ofreciera su home-studio para grabar su primer demo de 5 temas dos días antes de cumpleaños.

Pasarían desde entonces siete mixtapes hasta entrar en crisis y fastidiarse con el lugar que la sociedad le da al arte. El pico de stress de 2018 le exigió tomar un camino. Había otra guerra. La de Sekiro, el videojuego. “Trata sobre el Japón feudal y un samurái. La idea que promueve es la relación con el budismo, la muerte y la resurrección. Quise contar la historia de alguien que vive como que perdió yodo y traza una línea para volver a estar. Muerte artística y resurrección”. Con “Astroworld” (Travis Scott), “To Pimp a Butterfly” (Kendrick Lamar) y “Yeezus” (Kanye West) de referencia, uniría fuerzas con Cristian Villarreal. Y es que no buscaría un beatmaker tradicional sino un productor de música electrónica. El resultado sería un álbum homónimo que oscila entre existencialismo y el relato, barras lejos del egotrippin y estribiilos de autotune, con pistas futuristas pero solvencia de buena escuela rapera. O como suelta en un track el mismo Iemai (de él hablamos), “queda claro que esto va para puristas”.

“No venia pensando en el formato disco porque en la cultura urbana, recién ahora está surgiendo la movida del material. Venia medio decepcionado con el formato de CD. Entonces pasé por un par de cosas personales. Flashaba que lo habia perdido todo, paraonias”. Pero Villarreal, a quien conocía de otro proyecto, lo impulsó. Tras pedirle una pista por WhatsApp, el productor retrucó la idea de un disco que concretaron en su home studio de 21 y 66 entre mates y charlas. “Si nos ponemos más serios lo considero como mi disco debut. Es el primero que encaro desde generar una narrativa. Casi todos los temas engloban un concepto igual. Este disco representa la punta de una pirámide. Lo que hacía antes era pedir o comprar pistas, juntarme con productores, y armar una especia de compilado al que le ponía un titulo. Pero no estaba pensado desde el sonido y qué englobaba el disco”.

“Yo necesitaba experimentar-comenta el artista. Era la etapa de mi vida. Flashaba que estaba experimentando con la vida. Buscaba alguien que produjera con mentalidad de músico. No quería algo genérico. Ni boombap ni trap”.

Respecto a las líricas, Iemai se corre de ciertos “estereotipos que ellos crearon y reproducen. Te dicen rapero y te imaginas lleno de cadenas, haciéndote el poronga”. Y cuenta: “Mi disparador son los títulos, antes de los versos. Los raperos hacen al revés. El titulo tiene que aparecer desde la primera. Agarro y me sirve para desarrollar”. Y agrega: “Creo que lo importante es plantear una idea narrativa, que tu productor sepa ayudar y que el sonido acompañe ese texto”.

Iemai (que responde a la sonoridad de la sigla E.M.I.) no creo que se mueve a contracorriente: “Yo lo defino como que le busco la vuelta para encajar en tendencias pero a mi modo”. Y sobre el cierre piensa el disco con cierta distancia. “En simultáneo al cierre de ese disco empecé a trabajar un mixtape. El disco fue un comienzo para seguir haciendo cosas. Cumplió su misión, pero creo que no fue suficiente. Nunca es suficiente y creo que eso está bueno”.

Este sábado 14 a las 20 horas, Iemai y Cristian Villarral se presenta en ciclo Cosama junto a La Popi y Ocelote en Alihuen (5 e/ 69 y 70).