Pasaron cuatro años desde que Cristina se convertía, con su salida anticipada del gobierno como ella misma bromeó, en calabaza. El cuento quedó atrás. Cuatro años, y en el medio un aluvión neoliberal que sacudió a un pueblo, que, castigado, supo resistir. Y ahora, en una Plaza de Mayo sin rejas que recuerda a las mejores de todas, están todes ahí, esperando a Cristina, pero también a Alberto, artífice central de la unidad que logró finalmente que el cuento no termine.

Desde todas las avenidas, desde todo el país, en columnas y sueltos, la plaza ya espera al ritmo de una cumbia que hace bailar a varios, porque ni el calor ni el cansancio bastan para detener las ganas.

Alberto Fernández ya habló, dijo su primer discurso como presidente. Habló de la necesidad de la unidad, de combatir el hambre, de encender la economía, de lo complejo que será. Afuera, la Plaza de los dos Congresos era testigo, con miles de personas, de esas palabras que se hacían eco en toda la Avenida de Mayo, pasarela que armó Alberto para su caravana. Allí se agolpan en estos momentos miles que vienen a festejar.

«Estos cuatro años fueron un desastre. Para mí fue todo malo, así esperaba ansiosa que termine el año y finalmente terminó», dice Sandra, de Almirante Brown, mientras la voz de Alberto aún retumba de fondo. «Por eso festejamos, tenemos todas las expectativas puestas en Fernández».

El festejo, la esperanza, es el denominador común en las calles del microcentro. Pero no es una alegría cualquiera, es casi de desahogo. Desde un bar, donde la gente busca refugio del sol del mediodía, el mozo se ríe y dice a otro: «Mirá, mirá cómo están festejando, ¿cuándo festejaron así?», mientras señala a la gente que sigue desfilando camino a Plaza de Mayo, donde ya canta Barbi Recanati. Minutos después, en ese mismo bar, cual sobremesa con amigos, se entona la canción que proclama «Alberto presidente».

Desde Pilar, Susana y Claudia sienten que estos cuatro años «fueron dramáticos», y no dudan en apuntar contra Mauricio Macri, pero también contra el ya ahora exindendente Nicolás Ducoté. «La pasamos muy mal, terrible. No conseguíamos alimentos para los comedores», explica una de las mujeres.

En esa línea, con Alberto Fernández señalando que su principal preocupación es el hambre, las que paran la olla aplauden la iniciativa.

«Mirá», dice la otra. «Este último tiempo se bajaron toneladas de mercadería. Pero por orden de Carolina Stanley (ex ministra de Desarrollo Social) no se repartió para los comedores, se repartió para la campaña electoral. Y así y todo, el triunfo del pueblo fue contundente, porque con heladeras, con mercaderías, con tirantes no se pudo dar vuelta».

Buscando sombra bajo un pequeño techo, Cecilia, de La Plata, ratifica que es un día de celebración. «Venimos a festejar. Estamos muy contentos, porque el pueblo vuelve a ser peronista», apunta. La mujer, que milita activamente en un Centro de Promoción de los Derechos del Niño, tampoco deja de hacerse eco de las palabras de Alberto. «Hay mucha hambre, hay mucha necesidad, cada vez más. Confiamos en Alberto», sostiene.

Llegado desde Chacabuco, Julio se reconoce como un peronista del Partido Justicialista, dice que vino «a vivir un día histórico». «Sabemos que es un gobierno popular, que va a hacer las cosas distintas a estos últimos cuatro años. Tenemos muchas expectativas. Sabemos que va a ser difícil, pero este es el camino, por esto se empieza», agrega el hombre que perfila para Avenida de Mayo.

Así, la plaza ya espera a Alberto y a Cristina, pero también a todes. Porque las rejas ya se abrieron y están todes invitades, al sueño de la Argentina unida, a la que invitó el nuevo presidente, pero también a aquella que Néstor Kirchner anticipó en 2003: «Vengo a proponerles un sueño, quiero una Argentina unida», dijo cuando asumió.

«Pero además quiero un país más justo. Anhelo que por este camino se levante en la faz de la tierra una nueva y gloriosa nación. La nuestra». Pasen todes.