Por Ramiro García Morete

“Llenen mi boca de arena/ si quieren callar mi voz./ De nada sirve la pena/ La flecha vuela en el aire/ para llenarse de sol”. No era arena en la boca, pero algo la atascaba. Cantar le producía angustia. Hay algo con la voz propia. Y en la casa de Chile cantaban toda la familia, en juntadas que duraban tres días. Desde su madre compositora hasta el guitarrón “mágico” de doce cuerdas, no recuerda un día que no haya estado atravesada por la música. Violeta Parra, Víctor Jara, Jaivas, Quilapayún forman parte de su memoria vital tanto como el equipo gigante de música de la casa de Mendoza, donde sonaba también Atahualpa, música cubana, clásica o rock & roll. Sin embargo al llegar a La Plata, poco más de una década atrás, se inclinó por las danzas. De hecho es Profesora en Danza Expresión Corporal. Sin embargo aquel día que recuerda “patente” no pudo más. Tendría 21 años y sentada en la cocina, con ojos llorosos, se desafió: “O canto o esta angustia me va a matar”. Un aviso callejero, de esos papelitos para arrancar, emergió como una señal. La Murga Se Armó La Gorda buscaba voces.

“Nadie me conoce, nadie va a saber que voy a fracasar”, recuerda que pensó. Entonces sí, comenzó limpiar la arena y tras un viaje musical a Purmamarca acompañando a su amigo Pato Molina, a mediados de 2010 posiblemente, se convenció: “Ya está. No necesito de nadie”. La Bicicletería Musical sería un espacio propicio para conocer músicos y Leonel Olivero sería el guitarrista ideal para armar una banda. Si bien el tres y el cuatro no son lo mismo, ella sentía que esos instrumentos tenían algún lazo con el guitarrón que marcó su infancia. Unos años y un disco después, comprendieron que eso que ocurre en la cocina de 13 y 60, entre mates o algún vino, merecía un trabajo a dúo. Aunque no hay dos sin tres y Pedro de Prada (productor) completó no solo el grupo de WhatsApp “ATR” sino esencialmente el sonido que buscaban.

Porque en “Abre Sonoro”, ese espectro, precisamente, se abre. Hay una espacialidad lograda desde la mixtura de ambos artistas, donde la voz profunda y expresiva se entrelaza delicadamente con delicadas figuras de la guitarra. Y entre ambos, un cielo abierto donde magníficas piezas del cancionero popular (como Simón Díaz, Atahualpa Yupanqui, Víctor Jara, Juan Falú) respiran entre delays o algún otro detalle experimental. ¿Qué otra cosa es la música sino una forma de abrir caminos? Sobre todo los propios. Por eso la angustia hoy es libertad para quien no es cantante sino cantora: La Nadia Matilde. Y su voz vuela en el aire para llenarse de sol.

“Hemos sacado un disco con banda, y después nosotros hemos trabajado a modo de dúo”, introduce la artista. “Es la decantación de todos estos años. En el dúo está la impronta de las dos personas por igual”. Y la búsqueda de Abre Sonoro es “generar una espacialidad, un tiempo y un espacio donde vive, perdura y se desarrollan estas interpretaciones que hemos labrado con Leonel”.

Al pasar, La Nadia Matilde hace una aclaración que no es menor: “Me autopercibo como cantora. Es medio complejo, pero sin dudas es distinto a ser cantante. Hay algo en el orden de abordar la música que es tan distinto. Las cantoras, cantores, beben de otra fuente, de la raíz misma, desde la música popular”. Y luego cuenta como trabaja su canto: “La búsqueda es siempre la misma: hacia adentro. De caminar por los bordes, de ir hacia las oscuridades, hacia los precipicios, ir a lo visceral y que es lo que me provocan esas obras que elijo. Lo que me interpela y lo que intento devolverle a la obra. Al estar trabajando en dúo, es un ida y vuelta constante. Siempre es bastante visceral, es la honestidad brutal”.

La cantora cuenta que elige un tema porque “me parte como un rayo, me atraviesa”, dice. Generalmente escucha las versiones originales y muchas veces en un “repeat” infinito. En cambio, Leonel sabe quedarse con la primera impresión y desde ahí pensar un arreglo muy distinto. Ese trabajo no tiene un horario fijo y los mensajes de ideas entre ambos pueden ocurrir a las 5 de la mañana o a las 3 de la tarde.

El álbum comenzó a ser grabado a fines de 2018 y se iba a tratar de un registro de tres canciones. Pero un viaje por Santiago y Valparaíso la inspiró. “Estando allá me invadieron las ideas y empecé a decirle: cucha esto, aquello, pim pum pam. Cuando llegue a La Plata, Leo tenia las versiones más hermosas”.