Por Agustina Titarelli

Rubén López enchapa en blanco una placa de madera que más tarde será un vanitory. Los brazos delgados se mueven con destreza y precisión: en el oficio de carpintero no hay margen para el error. Las panchas grises dan pasos cortos en el piso marrón cubierto por aserrín y algunas colillas de cigarrillos. En el anafe de una sola hornalla se calienta una pava con agua para el mate, que empieza a silbar. En aquel taller que levantó junto a su padre en 1981 trabaja en soledad: el 18 de septiembre de 2006, Jorge Julio López desapareció. Desde entonces, los días son distintos.

Rubén nació y se crió en Los Hornos, donde vivió hasta alrededor de los treinta años. Creció en un hogar tranquilo junto a su madre, Irene Savegnago, su padre y su hermano Gustavo. Tanto Irene como Jorge eran personas de poco hablar. «Mi papá era un tipo de pocas palabras. Que yo recuerde que me haya pegado por un lío, una sola vez. Fue un hombre que nos marcó y hoy se lo destacamos. Lógicamente en ese tiempo no nos dábamos cuenta. Daba el ejemplo con las acciones más que con las palabras. No era un tipo de aconsejarte todo el tiempo. Mamá era mujer callada, creo que tenían mucho que ver porque ninguno era de expresar mucho. Supongo que la primera desaparición de mi papá, el 27 de octubre de 1976, la transformó. En realidad, nos transformó a todos», recuerda.

Hizo el primario en la Escuela N° 50 Gabriela Mistral y en la Escuela N° 21 Agustín B. Gambier. Una vez finalizado, decidió irse al colegio emplazado en diagonal 80, San Vicente de Paul. Allí lo llevó el interés por aprender carpintería. «Ese año, en 1977, tenía que empezar a estudiar. Me había inscrito en un colegio industrial. Justo dos, tres días antes de que empiece, encontramos que se daba un curso de carpintería libre en el San Vicente. Eran dos horas todos los días sin estudiar. Eso fue lo que más me gustó. Así que dos años fui ahí todos los días», cuenta. 

La noche del 27 de octubre, Julio López fue secuestrado de su casa de persianas color mostaza. Unos hombres con los rostros al descubierto irrumpieron en el domicilio, haciendo ruido y llevándose el mobiliario por delante. «Vimos la situación, estábamos despiertos. Nos despertó todo el lío. Le vi la cara a los tipos, pero no las recuerdo», rememora Rubén.

Fue el doctor Rivas, amigo de la familia y pediatra de los hijos de López y de sus sobrinos, el primero en confirmarles poco tiempo después la situación en la que se encontraba su padre. «Nos llevó a un lugar que se llama ‘el puente de fierro’, que es acá en la 90 y 137, y nos compró una coca cola de vidrio, que era todo un lujo para esa época», recuerda el hijo mayor de López. Fue allí, con la mirada perdida en el agua sucia, que el médico les contó que su papá había desaparecido. Era la primera vez que los López escuchaban esa palabra: desaparecido. La palabra los marcaría por el resto de su vida. 

Sin embargo, a los seis meses de su desaparición, la familia tuvo la suerte de enterarse de que Julio vivía. «Fue cuando pasó a la Comisaría 8°, que fue el momento en el que lo pasaron al PEN (de esa manera blanqueaban a aquellos que habían estado detenido-desaparecidos). Uno de los policías que trabajaba ahí en la comisaría era cuñado de un vecino de acá. Mi viejo logró decirle y él nos avisó que estaba bien», cuenta su hijo. Luego fue trasladado a la Unidad Penitenciaria N° 9 y nada más se supo de él. 

Al igual que su padre albañil, Rubén deseaba dedicarse a un oficio. Julio seguía desaparecido y las necesidades apremiaban: de los doce hasta casi los quince debió trabajar en la quinta de sus tíos, a la que iba todos los días. A los quince, con el curso terminado, entró a trabajar en un taller, donde estuvo alrededor de un año y medio. Gustavo, su hermano, era aún más chico. Irene, una ama de casa que tejía pulóveres y ropa para bebés, tuvo que salir a trabajar como empleada doméstica y también a una panadería del barrio. Las cosas habían cambiado para todos. 

Jorge Julio López volvería a su hogar tres años después, el 25 de junio de 1979, sin comentar una sola palabra a su familia acerca del calvario vivido. Llamó al patrón que lo había empleado hasta 1976 y regresó a su antiguo puesto, pese a estar marcado como subversivo. Rubén, ya entrado en la adolescencia, era carpintero y sabía ganarse la vida. Volvió a ver a su padre entrar y salir de la casa con los pantalones manchados de cal y pintura. Las cosas habían vuelto a su aparente normalidad.

***

La fisonomía de Los Hornos casi no cambió con el correr del tiempo. Sigue siendo un barrio de muchas casas y casi ningún edificio. Las veredas son generalmente de pasto y las pocas que tienen baldosas resultan muy angostas, por lo que los vecinos caminan a orillas de la calle. A media cuadra de la casa de los López, tres albañiles dan los últimos retoques a una casa de dos plantas en construcción, mientras una señora de blusa floreada los observa sentada en una reposera desde su patio. Un hombre de camisa blanca y gorra junta cartones de los cestos de basura en el carrito de su bicicleta. La casa de los López, tiene siempre las persianas cerradas y el pasto bien cortito. El patio trasero permanece salvaguardado de la vista ajena gracias a una mediasombra negra.

Rubén trabaja con una pegadora de canto en mano, rodeado por una escuadradora, una sierra sinfín y varias máquinas manuales. Con cincuenta y cuatro años, es un hombre de pocas arrugas, rostro serio y mirada nostálgica. Cada día va desde su casa de Berisso hasta lo de sus padres, donde está emplazado el taller donde se desempeña hace más de veinte años. Ya no están ninguno de los dos: ni Julio ni Irene, que falleció en 2017 tras pelear con una larga enfermedad. 

–Esta puerta la hice yo –muestra orgulloso, manoseando la puerta corrediza del baño del taller, brillosa de barniz–. Hace veinte años la hice, nunca se hinchó ni tuvo ningún problema. Ningún cliente jamás vino a reclamarme por un mueble o algo que se haya llevado de acá, siendo que doy un buen plazo de garantía. Cuando las cosas están bien hechas no hay problemas.

El carpintero trabaja en soledad a la luz de tubos fluorescentes. La única compañía que tiene es la de su socio Sergio, quien se encarga del presupuesto y hace los dibujos y diseños de los muebles.

–En general, acá el cliente exige jamón crudo y quiere pagar como si fuera mortadela. Los que más plata tienen son los que más te regatean –afirma Sergio mientras le ceba mates a Rubén, que mide una placa con el metro. 

–Sí, pasa mucho. Trabajo tenemos, por suerte, pero regatear nos regatean siempre. Nosotros tenemos riesgo. La otra vez nos pasó que al fletero se le cayeron dos puertas con espejo y las tuvimos que pagar nosotros. Y a como están los materiales, tampoco podés vender muy barato.

Debajo de alacenas y estanterías llenas de rollos de canto, lijas y puros trabaja Rubén. Gracias a su perfeccionismo mantiene su clientela y también su soledad.

—La esposa no puede creer cómo me aguanta a mí. Le he traído gente para trabajar, pero no duraron. A él le gusta trabajar solo, tiene su carácter –confiesa su socio. 

El mejor momento del día para Rubén es cuando llega a su casa, donde lo espera su compañera de vida, con quien lleva más de veinte años casado. Disfruta de sus dos hijos del corazón y cuatro nietos. «Nietruchos, les digo yo. Pero el trucho soy yo», dice sonriéndose. También, lo acompaña el cariño de su hermano, su cuñada y su único sobrino. Rescata, siempre, el compañerismo de su mujer respecto a la desaparición de su padre: «Mi esposa vivió todo esto acompañándome, estando siempre al lado. Acompañando los momentos en que tenía ganas de hacer algo y los que no, compartiendo el sentimiento de impotencia de no saber nada. Porque hoy en día pasaron trece años y la verdad es que la causa no avanzó nunca nada. Ni lo suficiente para tener una leve sospecha de qué pudo haber pasado», se lamenta.

***

Jorge Julio López declaró por primera vez lo que había vivido estando detenido en el Juicio por la Verdad que tuvo lugar en La Plata en julio de 1999, aún vigentes las leyes de Obediencia Debida y Punto Final. Allí testimonió acerca de lo ocurrido con Patricia Dell Orto y Ambrosio de Marco, compañeros de militancia de la Unidad Básica en Los Hornos. Relató los secuestros y torturas sucedidas en el Circuito Camps, nombre con el que se denominó al conjunto de centros clandestinos de detención dependientes de la Policía de la provincia de Buenos Aires. Su familia se enteró de que había ido a testimoniar por el diario.

Tiempo después de su declaración, el camarista Leopoldo Schiffrin pidió a la Cámara Federal de Apelaciones de La Plata que se citara a Miguel Osvaldo Etchecolatz, el represor señalado por López, a declaración indagatoria.

El 20 de junio de 2006 se inició el juicio oral en el Salón Dorado de la Municipalidad de La Plata. López dio su testimonio el 28 de junio, clave para conocer el desenlace de las vidas de sus compañeros de militancia y la reconstrucción de los lugares que habían funcionado como centros de detención. En los videos del juicio se ve un Julio canoso recordando el horror vívidamente, vestido con una camisa a cuadros y una campera roja.

El 18 de septiembre del mismo año, López se levantó temprano. Aquel día iba a presenciar los alegatos contra Etchecolatz, su torturador. Rubén estaba en capital federal por trabajo, su hijo Gustavo y Hugo Savegnago, su sobrino, lo iban a llevar al tribunal. Salió de la casa y caminó un par de cuadras, fue visto por varios testigos. El último en verlo fue Abel Horacio Ponce, quien dijo que estaba parado en la avenida 66, «entre la verdulería y el local de Edelap». Nunca regresó ni nadie volvió a verlo.

–Las primeras horas pensamos que algo le había pasado. Muchos días, diría hasta meses, pensamos que le había pasado algo físico. Por eso lo empezamos a buscar en los hospitales, psiquiátricos, pensando que había tenido un shock emocional ante la situación, la oportunidad de poder verlo cara a cara y decirle que había sido un asesino. Mi vieja le dijo antes del juicio que no fuera a declarar. Si le hubiera hecho caso tal vez hoy estaría acá –piensa Rubén.

Ocho años después, el 24 de octubre de 2014, Etchecolatz y otros catorce represores fueron condenados por delitos cometidos en el centro de detención clandestino de La Cacha. Mientras se leía la sentencia, el represor de Jorge Julio López sostenía entre sus manos un papel arrugado donde se leía: «Jorge Julio López secuestrar».

A partir de allí, la hipótesis más fuerte rondó en torno a una desaparición forzada con la participación de miembros de las fuerzas de seguridad retirados y en actividad, que tenía como objetivo el cese de los Juicios por la Verdad. A nivel provincial, y luego nacional, fue creado el Programa de Protección de Testigos.

–Aquellos que mi viejo identificó en 2006 estuvieron muchos de ellos sueltos hasta 2014, que es cuando fueron condenados. Hubo un rango de seis, siete años en los que los tipos estuvieron en la calle tranquilamente –se lamenta el hijo mayor.

En ese momento, Rubén asumió un rol social y político del que no se despegó hasta el día de hoy. Preside la fundación Generando Conciencia, que lleva la imagen de su papá pero no su nombre por cuestiones legales: la persona tiene que consentirlo o bien llevar un certificado de defunción. Está también en la Mesa por los Derechos Humanos de La Plata, en la Red provincial de Derechos Humanos y en HIJOS de 30.000 en Berisso. Mantiene una estrecha relación con la presidenta de Abuelas de Plaza de Mayo: «Siempre agradecí que Estela fue una de las pocas personas que durante todos estos años siempre se acordó de mi papá. No importaba la oportunidad de una fecha, un nuevo 18 de septiembre. Sino que en cualquier entrevista, donde tenía oportunidad, fue una de las personas que siempre lo nombró», afirma con cariño.

Rubén lija sin cesar. La remera gris y el jean negro que lo visten están cubiertos de polvo. Trabaja cada día al lado de la casa de sus padres, donde ahora habita la soledad y en cuyo patio está colocada la baldosa de la memoria. Mientras lija el vanitory con dedicación piensa que un día como hoy, 27 de noviembre, su papá estaría cumpliendo noventa años.