Por Ramiro García Morete

“Cuando salí”, dice y no “cuando me jubilé”. Tras tres décadas dando clases en cárceles, más que un fallido ha de tratarse de una sensación tangible. Como aquel viernes que un alumno, al verlo cansado, pidió silencio a sus compañeros: “¿No ven que está más preso que nosotros?”. El muchacho que a los 23 años ingresó como maestro lleno de terror a un lugar del que poco se sabía, en tiempos donde no había series ni informes televisivos, creció a la par de un universo que también fue cambiando. De los llamados códigos y presos que no podían hablar entre sí, a nuevas generaciones donde el grado de violencia rompía algunas reglas como no matar o maltratar en el acto delictivo.

Gradualmente se volvería “un cacho de reja”. Así le dijeron sus alumnos jóvenes, cuando trataban de confundirlo con jerga tumbera y él apeló a un viejo lenguaje de señas reas que ellos no practicaban pero tenían referencia. Intercambiar lenguajes y conocimientos no solo era una premisa propia de educadores como Freire sino reglas esenciales para la convivencia. “Para vivir fuera de la ley, hay que ser honesto”, diría un músico. Y en un mundo donde la ley llega para condenar, pero no para ser justa y no ser más que esa norma vacía llamada moral, la ética es la llave de la libertad. Empatizando pero poniéndole límites, como cuando Dieguito se burló de su sueldo docente y contó que eso se lo gastaba en una noche de cabaret tras un asalto. “¿Veintitrés años te quedan?”, alcanzaría como respuesta al “descanso”. Los límites también a las presiones institucionales, ya fuera desde Educación cuando decidió marcharse para seguir trabajando con cooperativas de liberados en el Centro Cultural Desmadejando. O como cuando quisieron incorporarlos –con beneficios económicos– como subalternos del Servicio Penitenciario pero junto a otros compañeros prefirieron la autonomía de ser civil.

Porque eso era y es, y en las cárceles la palabra tiene un valor crítico. Casi como en la literatura, donde uno no se juega la vida pero un poco sí. Y en la exactitud de palabra reside uno de los aciertos de “Con carpa” (editado por Leandro de Martinelli para Malisia, ilustrado por Falopapas y prologado por Esteban Rodríguez Alzueta). No por el rigor de un ensayo –que descartó cuando tras sus “Poemas infames” comenzó a escribir reflexiones– ni desde el estudio sociológico. Sino por la precisión y síntesis de esta retahíla de viñetas donde no se dice nada de más ni de menos. Esto no es sobre héroes y tumbas, aquí no hay glorificación ni demagogia. Tampoco se abusa de una terminología que cualquiera que anduvo por esos pasillos podría ostentar con la ligereza de un souvenir de viaje etnológico. Los juicios apenas se ven, casi como los jueces reales en los penales. Claro que se interpela el sistema penitenciario, educativo, judicial y la sociedad toda, ya que los presos no están fuera de ella: son parte de ella. Pero las ideas entran sutilmente, entre líneas, como la luz en la celda. El autor toma la distancia exacta de la tan mentada empatía, que no se basa en ser el otro sino en entenderlo sabiendo el lugar de cada uno.

Y Ricky Bizzarra no está preso. O no más que cualquiera. El docente, poeta, narrador e hincha del Lobo (esa dulce condena) logra liberarse y a la vez dejar registro de historias simples y profundas que no versan sobre un espacio sino sobre un anhelo: la libertad. “No existe la libertad, sino la búsqueda de la libertad, y esa búsqueda es la que nos hace libres”, dijo Carlos Fuentes. Y como aquel uruguayo de la Unidad 17 que escribía poemas y que en una salida al cine se fugó, porque como escribe Ricky Bizzarra –de él hablamos– “un poeta no puede estar preso”.

“Quería contar toda la experiencia pero no desde un punto de vista ensayístico”, introduce Bizzarra. “Yo busqué el registro que me pareciera apropiado. Recuerdos de provincia de Sarmiento o Juvenilia de Cané son obras literarias. Lo que quise hacer fue eso: literatura acerca de estas cuestiones. Busqué una forma de distancia, más o menos. Hay juicios sutilmente o explícitamente puestos sobre lo que vi trabajando ese tiempo en la cárcel”, cuenta.

Otras referencias para el autor fueron la síntesis de la literatura japonesa y los procesos de enseñanza promovidos por Freire: “Asimilé términos de las personas. Hay cosas precisas que van al nudo, al hueso. El libro no hace grandes descripciones ni contar cómo es la miseria”. Y agrega: “Yo sostengo que en la cárcel tenés que tener las palabras justas. Podés prometer algo que no podes cumplir y eso genera que se caguen. Lo que más rescato es que la palabra tiene un peso muy importante. No se habla mucho al pedo. Sobre todo los docentes. Si vamos a hacer tal cosa, intentemos hacer esto. Si se logra vamos por algo más. Tiene que ver con el respeto”.

En veintisiete años de docencia en pabellones, Bizzarra vio muchos cambios. “En los primeros tiempos había códigos carcelarios. No tocar a una mujer, no maltratar, evitar matar. Muchos de esos casos eran así. Después fue todo cambiando a un grado más de violencia. La época de los Pitufos, en 1990. A partir de las denuncias de DDHH por maltratos, liberaban los pabellones y dejamos que hagan lo que quieran. Te peleabas y terminabas muerto”.

Más allá del escenario, el libro trata sobre un asunto inherente a la humanidad: “Yo lo pensaba como el encierro. Vos lo llamás libertad. Son las cosas que subyacen. Ciertas autoridades hablan de trabajar sobre el deseo de los alumnos. Y el único deseo es irse. Después, ya que están adentro le podés ofrecer alternativas de vida”. Y vuelve a remarcar: “No es un ensayo. Pero se cuestiona el sistema educativo, el servicio, el poder judicial y la sociedad en general. Porque la primera vez que aparece el Estado para un pibe es para ponerlo en la cárcel. Pero no tuvo una familia consolidada, ni un sistema de salud ni trabajo digno. Lo dejaste abandonado 18 años y la primera intervención lo metés adentro”.

Bizzarra no suscribe al término reinsertar o rehabilitar: “Si nunca estuvieron. Ya tuviste una oportunidad, te damos otra. No fueron educados, fueron marginados. Salvo cuando se metieron con la propiedad privada. El ‘re’ que me gusta es el de los que reinventaron su vida. Eso sí me parece válido”.

El autor dice que para dar clase era importante tomar distancia. “Por eso yo nunca pregunté las causas”, explica. Aunque recuerda algunos casos donde se enteró las razones del encierro y su subjetividad se vio afectada. “¿Pero qué iba a hacer? Los iba a echar. No es mi función juzgarlos cuando ya lo hicieron los jueces. Si no te convertís en lo mismo: en negarles los derechos”.

Tras 27 años de experiencia en unidades penales, Bizzarra aprendió “que la vida no es tan simple como la cree la clase media. La cárcel es selectiva. La mayoría son los que van por fuera, los límites. Pero delitos de guante blanco muy pocos. Son todos negritos con alta llanta, gorrita, es más complicado el tema. En cada lugar hay que plantear otra mirada con la gente. Ver a los pibes que están en la calle o andan en bandita y preguntar ¿qué querés que hagan esos chicos? Tratar que esas cosas cambien en la parte que puedo. Y cambiar esa visión del ladrón como persona mala. He tenido alumnos que sigo tratando, que eran bravos y que están haciendo otra cosa con su vida. Eso me llena de orgullo. Es el camino y tengo el afecto de esa gente como el ejemplo de que uno puede cambiar. Tampoco la tarea nuestra es cambiarlo: ‘ser bueno, cortarse el pelo’. Pero sí ofrecer oportunidades de cambio. Tenés que ver el contexto. Es eso. ¿Qué pasó? ¿Ese pibe nació de un repollo y sale a robar? ¿Dónde estabas vos cuando necesitaba una vacuna o fue abusado por el tío?”.