Por Ramiro García Morete

Santa Teresa es un pueblo costarricense de no más de doscientos habitantes. Casi un paraíso perdido en la costa pacífica de Centro América, cuyas playas y calles de tierra están pobladas de surfers, tucanes, monos e iguanas. «La iconografía de FrootLoops» definirá el lugar con la misma precisión que su situación: «A la deriva, medio marginal, en un lugar de mucho privilegio». Aquel verano 2016/17 una prima con un negocio de mallas había sido el disparador de un viaje que no solo colmaría de paisajes su ojos sino también de experiencias, como aquel San Valentín tocando boleros en un resto-bar. Con un pequeño amplificador y una gorra para los dólares de «los gringos mal bronceados», sobreviviría y viajaría tocando. La guitarra, claro, instrumento de toda su vida y el que su padre músico tocaba en la casa de Ringuelet para que junto a su hermana adivinaran a través de acordes de qué canción se trataba. La música es un lenguaje que, se sabe, trasciende las palabras. Aunque en su infancia, dirá, había sido «más un niño lector que un niño cantor». Pero el casete de Imagine ya lo emocionaba y poco después de tener su propia criolla, Se fue al cielo de Intoxicados le revelaría un mundo que completó con CD copiados de un kiosko del barrio. Egresado de la EMU y productor hoy en día, pocos imaginarían que tuvo una adolescencia rolinga. Aunque Siname (junto a Ramiro y Fermín, colaboradores de su disco) viraría un rumbo que en Enemigos de la Reina ya tomaría tinte más británico y punk. Nada de esas referencias se advertirían –al menos en superficie– en el experimental Transmutaciones. El disco, que se editaría un tiempo después, ya estaba grabado cuando decidió dejar el caserón prestado de 39 (¿marginal en un lugar de privilegio?) y su trabajo en un kiosko para hacer este viaje a Centroamérica. El mismo no sería rosado, pero al menos sembraría imágenes y sonidos en su mente aún confundida. Con la guitarra en un lugar secundario, las teclas (bajo el influjo de bandas como Beach House o el ambient de XYR) se apoderarían de sus composiciones. Bass Station, Roland Gaia, Roland Juno 106 y un Korg Minilogue, mediante Ableton, construirían la infinita paleta de un instrumento donde el desconocimiento –considera– lleva a la sorpresa. Obsesivo de las texturas y los timbres, combinaría motivos y tonalidades recurrentes, capas y acordes con inversiones adecuadas desde su home estudio en diagonal 78. O «Berlín-Rocha», como bautizó a esta zona su amigo y producido Teo Caminos. El resultado sería un bellísimo viaje a través de canciones instrumentales (porque así funcionan, aún cuando carecen de vocales) que a través de sintetizadores y delicadeza pop edifican una atmósfera cadenciosa y amena, etérea y hasta sensual. Un cóctel ideal para escuchar en alguna playa espacial si es que hay playas fuera de la Tierra. Tropical Rush es el nombre de este flamante trabajo de un artista metódico y personal llamado Juan Francisco Obregoso y conocido como C.A.N.K.I.

«El disco es una especie de remembranza de un viaje que hice a Costa Rica hace un par de años –introduce el músico–. De a poco empecé a desarrollar material y que tenía un poco que ver con ese viaje. Una búsqueda que trataba de representar el paisaje, las cosas que habían vivido ahí. El material es más alegre y optimista que la música que venía produciendo. Puede que haya tenido que ver con esa geografía». La modalidad de grabación fue «do it yourself», íntegramente en su home-studio, más allá de alguna batería. En comparación con su anterior trabajo advierte, quizás, cierta madurez. «Es menos caprichoso, menos autoindulgente. Está más pensado en la experiencia de la escucha que del deseo de mi propia búsqueda. Tuve más en cuenta la gente que lo recibiría o puse en diálogo esas dos cosas».

«Laburo con las teclas directas a la compu y voy laburando en Ableton, con loops. La música nace de muchas horas de encierro y de experimentar tímbricamente. Todos están compuestos medio en paralelo». Los teclados pasaron a ser predominantes en su trabajo: «Yo soy un guitarrista devenido en tecladista. Así que tengo vicios de ejecución que me condicionan bastante y creo que entonces composición se ejerce de un lugar de caos, desconocimiento y sorpresa. En la guitarra los caminos están trazados, las autopistas de los hormigueros que te llevan a los mismos lugares. En las teclas el error es una sugerencia que deriva en idea y sonido. Además tienen una versatilidad tímbrica que es inagotable».

CANKI –quien integra la banda Opel Vectra, que recientemente lanzó el simple Inova– se desvela por las sonoridades: «Diría que el efecto que tiene una melodía está muy marcado por la tímbrica. Lo mismo en relación a una guitarra y es lo que sucede con la voz humana. Hay melodías sencillas que cantadas por la voz justa pueden desgarrar el corazón». Precisamente, el disco incluye solo un par de breves pasajes cantados. «No fue a priori, pero estoy muy acostumbrado. Y me gusta desarrollar la textura. Yo le presto atención a como está armando el acorde, las inversiones, etc. Los temas terminan rechazando voces por la densidad de la instrumentación. Aunque ahora me está pasando que estoy craneando música más desde la melodía cantada. Me pone en el desafío de la lírica, de la poesía, la letra, algo que me es bastante ajeno».

Productor de varios discos locales, cuenta que ese rol «tuvo que ver con empezar a grabarme yo. De repente aplicar ese criterio, trabajar con otra gente, con ideas para música. Empezar a usar mi criterio para dialogar con las necesidades de diferentes personas. Es una cosa muy integral. Es un laburo bastante anfibio en el que me siento muy cómodo. Cae gente con propuestas muy diferentes. Y es siempre entrar en diálogo con esa persona y potenciar las virtudes que tiene ese artista. Ayudar a esa persona que crea en ella misma». ¿Y a CANKI quién lo ayuda?: «Eso es con lo que jodo. Tengo amigos que ocasionalmente me ayudan. Es un rol que me parecería interesante porque siempre estuve del otro lado del mostrador. Pero a la vez me tomo mi tiempo y soy obstinado. Me siento cómodo así».