El viernes 25 de octubre más de un millón de personas llenaron la Plaza Italia y las calles principales de Santiago de Chile. Se la calificó como la manifestación más grande de las últimas décadas en ese país. La diversidad de reclamos, el repudio al modelo económico y al accionar del gobierno. El gobierno volvió a optar por la represión.

Pero, ¿cuál es el origen de este estallido social en el país que los medios hegemónicos y la derecha regional mostraban como el ejemplo a seguir?

Chile vive un modelo social-político-económico terriblemente injusto, cuyo origen se remonta al golpe de Estado de 1973 contra Salvador Allende. Golpe promovido y financiado por el Departamento de Estado de Estados Unidos, encabezado por la figura de Henry Kissinger, con participación directa de la Agencia Central de Inteligencia (CIA) norteamericana y con el apoyo de las élites económicas locales.

La brutal represión desatada por Pinochet dejó miles de muertos, desaparecidos, presos y exiliados. La mayoría de ellos, dirigentes políticos, sindicales, sociales, estudiantiles, referentes de derechos humanos, artistas y periodistas, lo que diezmó la capacidad del pueblo chileno para organizarse y dar pelea frente a la instalación de un modelo político y económico que perdura hasta nuestros días.

El modelo económico neoliberal instalado por la dictadura tuvo como impulsores y referentes al economista norteamericano Milton Friedman y a sus discípulos, conocidos como los «Chicago Boys».

En Chile se privatizaron todos los servicios. Se privatizó la educación, la salud y las jubilaciones (con la excepción de la de los miembros del Ejército, que siguen poseyendo una jubilación estatal). Se privatizó hasta el agua.

Se precarizaron todas las condiciones de trabajo de la mayoría de los chilenos. Se generó un enorme nivel de pobreza. Se profundizaron las diferencias sociales hasta transformarlo, según el coeficiente de Gini, en uno de los diez países más desiguales del mundo.

El costo de vida en Chile es equiparable al europeo, pero el nivel de los salarios es muy por debajo de ese margen.

En lo político, Chile continúa hasta la actualidad con la Constitución instaurada durante la dictadura pinochetista. Los gobiernos democráticos que ocuparon la Casa de la Moneda (la Casa de Gobierno chilena) desde el fin de la dictadura, en 1990, no modificaron ni la Constitución ni la estructura económica.

Los medios hegemónicos de comunicación y los líderes de derecha de la región siempre intentaron mostrar a Chile como un ejemplo a seguir. Se cansaron de hablar de la «estabilidad del modelo», pero Chile se mantenía estable en una profunda desigualdad.

El reciente aumento del subte fue solo «la gota que rebasó un vaso» cargado de injusticias y atropellos. Primero salieron los estudiantes secundarios a las calles, luego salió todo el pueblo. Una variedad de reclamos colmó las calles de Chile.

Piñera respondió como siempre lo hacen los gobiernos neoliberales, con la represión. Se declaró el estado de excepción y el toque de queda. Se militarizó todo el país. Hubo más de veinte muertos, más de 2 mil detenidos (muchos de ellos, menores de edad). Se registró todo tipo de violaciones a los derechos humanos: torturas, violaciones, vejaciones y desapariciones.

A pesar de la brutal represión, el pueblo sigue en la calle y cada vez en más grande número de personas que se manifiestan. El pedido de renuncia del presidente está latente. Miles de reclamos que se apropian de los carteles y las voces se podrían resumir en la necesidad de un nuevo pacto social, un modelo económico más justo, una nueva Constitución. Chile despertó y ya nada lo puede frenar.