Por Ramiro García Morete

“Atrevido de verdad/ soy como un alce vomitando toda su variedad”. Julieta es bibliotecóloga y Carolina hace animaciones 3D. Ninguna de sus hermanas se dedica a la música, pero les muestra las maquetas de un próximo disco. “A ver si sonríen o no”. Eso es lo que importa a este primogénito que de niño soñaba con ser entrevistado en el sillón de Susana. A la misma edad, más o menos, que entre María Elena Walsh y Backstreet Boys llegó a la casa de sus abuelos Haydee y Claudio en City Bell. Amplia y con parque, vio pasar a toda la familia y hoy la habitan siete personas. Tíos divorciados, medio hermanos, “bisabuelas que hoy son cenizas” y demás componentes entrelazados con el mismo caos y ternura que en sus letras. Hijo de padres jóvenes, contará fiel a su estilo espontáneo que creció a la par de la maduración de ellos y que tampoco se dedicaron nunca a la música. Aunque a sus diez años le obsequiaron nada menos que una Flying V de luthier a la que extrañamente ignoró al punto de perderla. Posiblemente no imaginaba que años después –Led Zeppelin o Queen mediante– llegaría a fanatizarse por Pantera. “En el metal pero siempre buscando el pop, el guiño… la sonrisa”, contará este simpático e inquieto multi-instrumentista que si bien soñó y sueña con el estrellato ha sido mozo, encargado de una cancha de fútbol y el heladero que “prepara el mejor cucurucho de City Bell”.

Podría uno remontarse a su pasión por The Cure para comprender su voz histriónica o sencillamente escucharlo hablar, cuando levanta la voz “por esa necesidad de ser escuchado”. Todo lo asume con tanto humor que lo usa en su favor. Igual que el accidente en el Parque Ecológico, a los 13 cuando finalmente se dignó a agarrar una criolla desvencijada con las cuerdas muy levantadas. Poco después armaría con compañeros del colegio una banda para tocar covers en las fiestas de quince. Aún no se había emocionado por el premio de MTV a Limp Biskit aunque posiblemente siguiera escuchando el disco del Rey León. Lo cierto es que su verdadera banda, entre otras en las que solo fue guitarrista, sería junto a Jerónimo y Poto: Frank Is Dead. Un grupo plagado de riffs, humor y mezcla que le enseñó sobre su propia ansiedad y una constante: desafiar la forma. Por eso tomará para bien el término “deforme”. “Porque con las formas soy espantoso. Siempre me mando una”.

A mediados del año pasado y en compañía de Aziz Asse y Antu La Banca, se mandó una buena: “#1”. Su primer disco solista abrevó no solo su abordaje al pop ochentoso dotado de dramatismo y desparpajo, sino también de ese universo extraño que mezcla escenas indescifrables de la vida familiar. Dentro del pop, pero no tanto. Las formas devenidas en regla o solemnidad no son para Fran Formica. Sí lo es seguir grabando discos y probar cosas nuevas para que la vida, si no lo lleva a lo de Susana, igualmente le sonría.

“Definitivamente. La verdad no me la jugué”, se ríe Formica sobre “#1”, su primer trabajo tras Frank Is Dead. “El disco es como un reflejo mío. Mi condición de primogénito esta, de sentirme el primero de un montón de cosas. Pero también es como ponerle volumen I. Obviamente haré un segundo, está craneado y vías en producción”. Y agrega: “Arranqué de cero. Toda la experiencia me sirvió para no tener vergüenza. Pero el resto fue todo nuevo. Y también me dio un montón de nafta para seguir activando. Arrancar de nuevo no me tira para abajo sino que me emociona el doble”.

“Frank Is Dead es un resumen de los mejores riffs que fueron quedando. Los pegamos con poxipol y nacía una canción. Acá hay una narrativa… los temas comienzan con una secuencia de cuatro acordes como es en el pop, una idea al principio y se continúa hasta el final. Nunca supe componer canciones. Esa escuela jamás la tuve. Pero después de escuchar bastante pop chileno (Ases Falsos, Alex Adwanter) le empecé a dar más bola al formato canción. Hoy en día es lo que elijo”, cuenta el músico y se solidariza, de paso, con el pueblo chileno.

“Si la ironía fuera una banda hubiera escuchado todos los discos”, declara. “Me gusta la simpatía. No tiene que ser todo rebuscado y serio. Eso me da mucha paja. Me gusta quebrar con la paja. Ver cosas sinceras. Cuando ves una banda toda seria y ya no es verdad. Es difícil encontrar cosas que son verdad. Y es muy choto ver a alguien hacer algo que no es verdad”.

“Nos vamos a morir ¿no? –explica–. Entonces siento una ansiedad en hacer las cosas más rápido. Ya que te vas a morir, tratar de dejar en la Tierra aunque sea algo efímero”. Formica dice que con el tiempo aprendió a manejarlo. “Lo canalizo de otra manera. O toco todo el día. Porque ya entendí que la idea de pegarla es muy extraña”. ¿La idea de pegarla? “La tengo todo el día. Desde que soy muy chico me veo sentado en el sillón de Susana (risas). Es lo que veía en la tele. Hoy no soy el producto del sillón de Susana. Aunque gusta que se me reconozca, me divierte. Pero puedo vivir sin eso”.

Formica comprende que su personalidad juega en favor del universo creativo: “Es mi identidad y lenguaje. No me queda otra. Si hago otra cosa no es genuino. A veces actúo de otras cosas. Pero cuando hago mi disco es real, es mi lenguaje y de lo que sé hablar. No podría hacer un disco contestatario. Porque no tengo el lenguaje. Más allá de que mis ideas sean contra este gobierno. No lo voy a hacer ni es lo que vengo a ofrecer. Yo no vengo a cambiar nada. Solo a ofrecer mi visión en pos de que alguien saque media sonrisa”.