Pedro Santander es doctor en Lingüística por la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso (PUCV) y licenciado en Comunicación Social por la Universidad de Chile (UCh). Actualmente es director del Observatorio de Comunicación y profesor titular de la Escuela de Periodismo de la PUCV. Contexto dialogó con él sobre las raíces del estallido social que vive Chile y la respuesta del poder ante el reclamo del popular.

Desde hace décadas que los medios hegemónicos y los líderes de derecha muestran a Chile como un modelo a seguir, un supuesto ejemplo de estabilidad, lo que ha hecho que este estallido social sea una gran sorpresa para muchas personas que no viven en ese país.
Muchos se han creído ese cuento de que somos «la joya de la corona», que somos un ejemplo. El propio presidente Piñera dijo la semana pasada que somos un oasis en medio de una América Latina convulsionada. En diferentes foros internacionales se suele plantear que este país es un ejemplo. Pero los que vivimos en Chile sabemos la verdad material y es que nos han privado de todo y nos han privatizado todo.

Este es el único país del mundo que tiene el agua 100% privatizada. Los campesinos, por ejemplo, ven pasar por sus tierras el agua y no pueden usarla porque no han comprado acciones de agua. Acciones que ha adquirido todas algún empresario que vive a 500 kilómetros de esas tierras.

Nos han privatizado la seguridad social, la educación (que es una de las más caras de América Latina y el mundo), la electricidad (que también es una de las más caras del mundo), etcétera.

Nos han privatizado todo y a su vez han precarizado las condiciones de vida de la mayoría de las chilenas y los chilenos. Todo eso en algún momento tenía que estallar. Las dinámicas sociales tienen sus tiempos y el estallido ocurrió con la excusa del alza del pasaje de metro, pero eso ya quedó en el olvido. Hoy ya nadie está hablando del metro. De hecho, ya se derogó la medida y no ha tenido el más mínimo impacto porque esto es mucho más profundo. Lo que pasa en Chile es una convulsión social que abarca muchísimos ámbitos de la vida de los ciudadanos y supera largamente el problema del aumento del precio del boleto del metro.

¿Esta variedad de demandas está articulada o los distintos sectores están en las calles cada uno con sus reclamos?
No hay una claridad articuladora aún. El pueblo está en la calle protestando, haciendo sentir su rabia, su malestar social. Este lunes a la noche, aquí en Valparaíso y en todo el país, la gente está protestando, golpeando sus cacerolas, pero aún no hay una articulación política de las demandas. Es algo que se está tratando de construir, los movimientos sociales están en eso.

En Chile hay una erupción volcánica de malestar social en la que el pueblo, de forma muy valiente, ha rechazado la represión que el gobierno ha instalado. No ha aceptado a los militares en la calle, ni el toque de queda, ni el Estado de excepción. Pero aún no hay una articulación política de todas estas demandas con, por ejemplo, un nuevo contrato social, una nueva Constitución (porque nosotros todavía tenemos la Constitución de Pinochet). Aún no aparece eso, pero está prácticamente a la vista, se está gestando.

¿Por qué después de tantos años de democracia no se han podido transformar las bases gestadas desde la dictadura de Pinochet y que hicieron de Chile un país tan desigual?
Es importante que todas las personas que están fuera de Chile entiendan que, desde que recuperamos la democracia en 1990, no hemos tenido gobiernos progresistas ni de izquierda. Ni uno solo. Lo que hicieron los partidos políticos desde el regreso de la democracia es profundizar el modelo neoliberal cuyas bases se sentaron en la dictadura. Quienes le dieron legitimidad, le dieron consenso al modelo neoliberal, fueron los gobiernos elegidos desde 1990, en especial Ricardo Lagos y Michelle Bachelet. De eso no hay ninguna duda. Eso generó una desarticulación política de los movimientos contestatarios. Por eso hoy el pueblo sale a expresar su rechazo al modelo neoliberal, pero sin conducción política.

Hemos escuchado decir al presidente Piñera que Chile está «en guerra contra un enemigo poderoso», que pareciera ser su propio pueblo. ¿Cuál ha sido y cómo se puede analizar la respuesta del poder ante este estallido social?
La respuesta oficial ha sido sorprendentemente clara: la represión. Cuando Piñera dice esa frase estaba hablando desde una guarnición militar de Santiago de Chile. Lo dijo rodeado de militares. Esa frase que dijo Piñera, «Chile está en guerra», a muchos nos dejó estupefactos, porque demostró cero empatía con la demanda popular, con la gran mayoría de la gente que reclama que este país tiene que ir por otro camino. 

En un verdadero acto de desobediencia civil, hoy hay miles y miles de personas en las calles que están desafiando el toque de queda decretado por el gobierno. La respuesta del gobierno de «mano dura», de sacar los militares a las calles, de reprimir (ya llevamos once muertos), ha sido muy arriesgada, pero a la vez muy clara. Creen que van a resolver esto por ese camino y no por el camino del diálogo político.

Frente a este panorama en el que gobierno ha decidido tomar el camino de la represión y no el del diálogo político, el pueblo sigue masivamente en las calles con diversas demandas que aún no logran articularse y los partidos políticos no han logrado conducir y canalizar los reclamos. ¿Cuál puede ser el futuro inmediato de este conflicto?
Nadie sabe lo que va a pasar. Nadie se atreve en este momento a hacer una proyección ni a corto ni a mediano plazo. Lo que sí está claro es que Chile ya no es el mismo. Nadie puede pretender que se vuelva a una «normalidad» preestallido. Eso es imposible. Aquí pasó algo muy profundo, muy duro, que obliga a generar un nuevo pacto social que no puede estar sostenido por la fuerza, como pretende el gobierno. Pero es imposible decir cómo y cuándo se encontrará la solución a este terremoto social.

Frente a este estallido social, ¿qué efecto tuvo el discurso mediático hegemónico?
Como periodista y académico, creo que es una buena lección para todos los que estudiamos los fenómenos de la comunicación ver que el marketing político, la ideología hecha comunicación en algún momento se encuentra con la realidad material, se encuentra no con la audiencia sino con el pueblo concreto. Cuando las condiciones de vida son tan precarias y extremas para todos, el efecto ideológico de los medios y del discurso oficial rebota. Eso es lo que estamos viendo hoy. No hay ninguna discursividad ideológica-hegemónica que pueda dar vuelta lo que el pueblo piensa.