Por Ramiro García Morete

Siempre se dio maña con las manos, asegura. Arreglar cosas, construir cosas. Nuestras almas están en las manos, afirmaba una bordadora en un cuento de Bradbury. Precisamente ese escritor decía no llevar reloj porque lo despertaban sus ideas. Esa sensación da este hombre de cuarenta años que dibuja desde niño con iguales dosis de talento e intuición. La misma que lo llevaría a imaginar portadas de discos que concretarían su amigo, compañero y admirado Nahuel Vecino. Sería el año 2004 cuando vivía con su hermano Emanuel. Habían llegado en sobres de jean unas invitaciones a cierto evento y como estaba arreglando la correa de su guitarra, se le ocurrió dibujar algo y bordarlo. Con aguja e hilo común. La misma atracción por los materiales imperfectos llevaría mucho tiempo después al autor de No encajes a pintar e intervenir cajas de supermercado. Aquel bordado no solo retrataría su disco “Primer y último acto de noción” sino que abriría una nueva puerta a uno de los artistas más lúcidos e inquietos de la música nacional.

Portador consciente del premio que le dio su libertad (ser el gran desconocido popular) encontraría en las artes plásticas aún mayor soltura. Para dibujar rostros mutantes e inquietantes, para diseñar flyers o para dejar sin completar la línea bordada de un boxeador sentado junto a un león. “Lo que me interesa es una idea a grandes a rasgos. Producir más antes que estar con una sola cosa”, explicará su proceder como si no precisara pulir el carbón para llegar a su alma de diamante. No desde la crudeza hostil sino desde la materia viva. Porque su obra –y eso incluye la música, por supuesto– es amena y atractiva. Solo que no está resuelta o acabada como a veces gusta el “gran público”, que tiene una identidad que va cambiando pero “no tiene rostro”. Con una identidad más amplia que cambiante, este artista tiene rostro y tiene nombre: Lucas Martí. Este sábado llega a Crumb con un compendio de la muestra “Podes tener tu máscara” (que expuso en la galería Papel Moneda), un libro de bordados (“Marzo”, del 2007) y otras ilustraciones o flyers. Todo estará expuesto durante un mes y a la venta. Hasta la próxima idea.

“No puedo premeditar las cosas ni estar mucho tiempo con ellas”, se sincera de entrada Martí. “Siempre consideré que trabajo al 80%. Me interesa la parte creativa. No me interesa tanto estar puliendo algo que hice. Veo bastante a mis pares y encuentro de esa manera el resultado es más contundente. Pero lo mío tiene que ver más con trabajar las ideas que con la terminación de las cosas”, dice.

Un tristemente célebre fiscal apremiado por virtuales agentes y sicarios “K” sobre cartones rosados son una muestra de su obra sobre cartones. “Me siento más cómodo. Nunca pinté en una tela. Pero no es solo pintar el cartón, que de por sí tiene una historia. Aprovechaba y hacía cosas. En un principio empezaba a intervenir sobre lo que ya tenía la caja”. Respecto a los bordados considera que es importante situarlos en el momento. “Eso es algo que realmente creció mucho”, explica. Y agrega: “Si lo ves, no tiene una técnica. En ese momento no tenía ninguna referencia, lo único que aparecía eran unos bordados viejos, no había contenido. Después el bordado se fue ubicando en un lugar muy estético y me dejó de interesar”.

Martí comenta que las artes plásticas constituyen un espacio para mirar un poco desde afuera la parte musical. “Para descomprimir. Es un momento muy musical, me conecto escuchando otras músicas de una manera muy placentera, disfrutando. Me interesa hacer algo distinto. Cuando creo que me agarra el impulso, empiezo a producir sin parar. Es un espacio de mucha libertad, ya que no lo tengo intelectualizado sino como un juego”. Y ejemplifica: “si vos venís a mi muestra y me decís que algo es re grasa, no me afectaría como en lo musical”. Y si bien ha tenido buenas respuestas con su última muestra confiesa: “No tengo mucha expectativa con esto. Es tratar de encontrarme con la creatividad”.

Un mural lleno de rostros entre andróginos y caricaturesco, con cascos o cabellos encendidos, atravesados por marcas de vinos o productos, evidencia un vínculo con esa parte del cuerpo que sin embargo simplifica: “Todavía no llegué a un nivel que me permita hacer con fuerza que algo no sea un rostro. Tiene que ver con la inmadurez que tengo en este terreno”.

Como fuera, tanto en la música o la plástica, sus producciones han eludido en su naturaleza la forma acabada del mensaje: “Es una característica de lo que hice siempre. Tirar algunas consignas, pero dejar un montón de cosas abiertas para que la gente también la termine de completar”.

De todas maneras, Lucas Martí aclara y se despega de una intención de complicar: “Siempre fui amigable y di, de cierta manera, placer a la gente en la búsqueda de la belleza. No me dediqué a hacer cosas raras. Siempre hice canciones que tuvieran algo pegadizo y tuvieran guiños. Ocurre que todo está revuelto y mezclado por otras cosas que por ahí son más densas. Por eso cuesta más. Si haces muchas cosas, de alguna manera es perjudicial, para tener un mensaje más contundente”.