Por Ramiro García Morete

«El primer vampiro que saqueó la noche hizo un tratado de cada mordisco helado/ Sus arrebatos caen en un blando y común vivir/ ¿A quién puede importarle su gloria?/ ¿A quién puede importarle la estaca en el pecho». En cierto modo, el rock siempre fue un extraño ser. Por no decir, cariñosamente, un monstruo. Extraño en el sentido más cabal del término, moviéndose siempre desde lo oculto o lo periférico. Porque al igual que los súper héroes o los monstruos de ficciones clase b, su poder tiene más que ver con una mitología o fantasía que otros atribuyen. Pero en su fuero íntimo, el rock se parece más a ese hombre invisible que prende y apaga las luces en habitaciones vacías, «seducidos y encandilados por cielos que no veremos».

Puede que algo de esto -o puede que no- hayan discutido alguno de los viernes de cena y ensayo en la casa que Javier Mansoni (guitarrista) construyó en Ringuelet con una sala de ensayo «con el perverso propósito de no salir más», según considera Federico Regiani, guitarrista. Durante más de una década el rito que se cumplía religiosamente los domingos a las 17, lo cual ocasionaba ciertas desavenencias con las familias. Lo que no varió jamás fue el método compositivo en el cual «se ejerce más el poder de veto que de colaboración». «Uno va con una canción y todos empiezan burlarse. Una especie de darwinismo y la selección de los más aptos. La letra que sobrevivo a ese ataque feroz, es porque atravesó círculos», resume.

Siempre conciliando humor y filosofía (como los comics), las letras tendrían incidencia desde el origen cuando Federico Regiani y Fernando Lanza (cantante) estudiaban esa carrera, mientras llevaban adelante un fanzine con título y contenidos cáusticos que obviaremos en tiempos de corrección política. Por eso cabe aclarar que pensaron cariñosamente en los mejores vecinos posibles para una banda de rock al bautizar la banda. Sería en la anterior casa de Javier, cerca de Escándalo Bailable y lindante a un matrimonio de entrañables hipoacúsicos. Ocurre que a mediados de los ‘90 y con algo más de veinte años de edad, formar una banda en La Plata era una propuesta que nadie podía rechazar. Por eso Federico no reparó mucho en sus conocimientos «rancios» de guitarra clásica y Fernando le prestó una Faim que emulaba una Ibañez para comenzar. Faltarían dos décadas para llegar a las clásicas Strato y Gibson.

«Los 7 locos» de Arlt inspirarían el primer tema, que junto a «La Puerca» y otros que fueron sobreviviendo a esa mecánica despiadada conformarían un repertorio. Luego de un casamiento donde aún no tenía nombre, celebrarían el debut oficial con chocolate caliente un 25 de mayo en un taller de Tolosa. Pasarían muchos shows (sobre todo en Arenas) y casi diez años hasta grabar el primer disco de estudio: «Civilización i Barbaria» (2004). Y un muy buen tiempo más para «Inútil» (2016). Rock clásico con baterías firmes, guitarras crudas y la voz bien al frente. Sin demasiados artificios, focalizando en un discurso profundo pero sin solemnidad, donde la filosofía se abraza con la ironía. Más de dos décadas después, con «Ciencia ficción y dos animales muertos» la banda que completan Carlos Romero (batería), Roberto Pascual (bajo), Eduardo Karakachof (voz) y Gerardo Jócano (saxo) refuerza la propuesta, con un salto en el audio y la solvencia que dan los años. Los mismos que cargan un estilo musical que en tiempos de música digitalizada, pareciera ser más extraño que nunca. Quizá el heroísmo precisamente esté en la gloria de poder cargar la estaca en el pecho. Y quizá no esté mal ser un poco monstruo y extraño en un mundo que se cree normal solo porque no se mira al espejo. Un mundo que al contrario de La Muda, habla más de lo que dice.

«El disco nuevo lo estuvimos grabando todo el año pasado -dirá Regiani-. Fue un proceso largo porque buena parte de mis compañeros son bastante obsesivos con el sonido». El nombre del disco surgió cuando «descubrimos que rondaban cuestiones de cine ‘clase B’, como vampiros, mutantes y extraterrestres. Lo que me resultó particular que descubrimos, medio sin quererlo, que era un disco sobre sobre madurar. Todos los monstruos de los que hablamos tenían que ver con cierta sensación de tiempo pasado. Y no sé si el rock está teniendo eso, una melancolía que antes no tenía como género».

Sin embargo, el mero acto de seguir editando denota una juventud que nada tiene que ver con los años acumulados. «En ese sentido nos sentimos muy jóvenes. Cuando hay mucho tiempo para atrás, empezás a ver las cosas de otra manera. Hay más background. La Muda es una banda rara. Generalmente las bandas de largo plazo son aquellas que han tenido un gran éxito. Nosotros nos hemos mantenido siempre en un under medio secreto, y aun así seguimos tocando. Influye que somos todos amigos. Y que es un espacio de libertad que nos reservamos».

El imaginario poético de la banda, como se dijo, conjuga humor y reflexión en partes iguales. «Somos de leer mucho y ese cruce de literatura está ahí. Tratamos que sean siempre densas, pero al mismo tiempo nos causan risa esas bandas que tienen todas letras solemnes».

Desde el modo de escribirlo o los slogans, la banda siempre tuvo un vínculo similar con el género: de amor y de humor. «El rock fue tan fuerte como cultura que se volvió paródico muy fácil. En su momento sentíamos que si te la pasabas hablando del rock, te convertías en Paolo el rockero». Sin embargo, el estilo de la banda musicalmente hablando siempre fue directo y afecto al género.

«Muchas veces nos preguntamos si de alguna manera habría que modernizar el sonido. Pero tarde o temprano el sonido vuelve a sonar nuevo. Más de una vez escuchás bandas nuevas que decís: esto suena a Zeppelin». Y agrega: «Siempre nos interesó que lo que se graba se pueda tocar en vivo. Igual estas decisiones no se toman estrictamente, sino que van pasando».

Con más de dos décadas en el ruedo, Regiani tiene claro el propósito de seguir. «Hay una respuesta sencilla pero no trivial. Uno sigue haciendo lo que hace. Lo que hacés y te constituye. Somos muchas cosas y una de ellas es ser integrante de La Muda. Y está bueno. Fortalecer o seguir algo constitutivo. Uno es eso. Y por otro lado, fabricar cosas que antes no existían es muy placentero. Porque esa canción que hacés no existía antes. Es algo fascinante. Como debe ser construir un mueble. Pero hacer cosas y que sea en grupo, es un plus».