Por Ramiro García Morete

«Mi próximo canto dirá mi nombre por temor a olvidarlo». Le salían «tipo canciones, no me salían tan rockeras». El Eternauta –donde tocaba la guitarra– se había conformado en base a los temas del bajista y las influencias que iban desde el rock progresivo internacional y las diferentes formaciones de Spinetta. El Flaco había sido su primer gran amor. Aunque en la casa –ubicada en pleno campo, a quince minutos de Cañuelas– sonaba en cassete mucha música pampeana: Atahualpa, Larralde, los hermanos Ábalos. La música que cantaba y recitaba en peñas a los ocho años. En casetes había descubierto a Attaque y los Doors, por sus hermanes mayores, así como Fabulosos Calavera y Alta Suciedad sus primeras compras. En casetes registraba canciones en un «grabador de periodista» en su adolescencia, cuando se fascinó por el inolvidable «Flopa Manza Minimal». El bajista de Pez (banda de la que era fan) le enviaría una copia por correo ya que ir hasta Capital era difícil. Ese espíritu «fogonero, a lo Lito Nebbia» se le había adherido. Si bien aprendió a tocar con la Flying V del profesor de un amigo al que acompañó y luego con la strato que le compró el padre, lo suyo iba por el lado más desnudo y confesional. Le salían esas canciones, como hoy le salen cuando toma el colectivo a Romero para dar clases y anota.

A decir verdad, le salen canciones casi todo el tiempo. Aunque tuvo que pasar su llegada a La Plata y proyectos como Bicho Feo (donde conocería a su gran amigo Juan Pedro Dolce), para en «Al bies» recién sentirse seguro con sus canciones. Porque son suyas, en el más franco de los sentidos. Si bien escribe poemas o algún cuento, a la hora de componer no puede evitar hablar de sí mismo. No tanto desde el ego sino desde la contemplación. «Alejarme de un pueblito para crecer/ y acá estoy viviendo/ van treinta vueltas al sol, una hija y una flor/ y este tiempo que se fue para no volver». Tras su primer trabajo solitario (Bien, 2015), inició un proceso hace dos años donde se involucró más en las maquetas y la construcción general del sonido para lograr –junto a Dolce oficiando de productor– un disco maduro pero fresco, donde la canción acústica se entrelaza con sonoridades contemporáneas y donde su bella voz reflexiona sobre el tiempo y la existencia: «Un tren se va, las hojas caen, quédate a donde estas, un río atrás, un sol de frente y un cielo por llenar». El interior de lo que brota se llama este disco que oscila entre el rock y el pero básicamente a la canción. Que es lo que brota del interior de quien lleva por nombre Matías Kekes López.

«En principio creo que es un disco de alguna manera similar en lo estético», dice el músico comparando su flamante trabajo con el primer álbum. «Hago canciones que las visto con algún ropaje, no dejan de ser canciones. Son un poco más maduras. En el canto, más consciente a la hora de elegir qué poner y a quién elegir para tocarlas», completa.

El cantante cuenta que mediante el Reaper y luego el Ableton, se familiarizó con las maquetas y eso le hizo tomar otras decisiones. «Ya tener eso presente te lleva a otro lugar. Contar con esos recursos. En mi fantasía quiero ser más cada vez más autónomo. El próximo disco me gustaría poder mezclarlo yo, porque es un proceso súper creativo. A la vez está bueno que haya otra oreja y te haga tomar decisiones que no tenías en tu universo sonoro. Es enriquecedor».

Respecto a las letras confiesa: «No me ha salido algo que no sea introspectivo y no hablar desde mí. He intentado ir por otros lugares. Y no los siento propio. Siempre parto desde ahí. Es lo que me sale. Medio que funciona en mí de una forma súper catárquica. Siempre sale con la música. Medio que a la vez. No soy de corregir».

En cuanto a lo musical sí se pone más puntilloso: «Con la música soy más de laburar la melodía, una cosita en la guitarra. Me gusta detenerme más». Kekes asegura que la composición es para él un ejercicio diario y que se potencian mutuamente con el oficio de docente de música.

El interior de lo que brota tendrá su presentación local el 21 de septiembre en C´est La Vie (55 e/ 17 y 18). Una semana antes lo hará en Cañuelas y en octubre en Capital Federal. Y lo hará acompañado por Martina Centurión (guitarras), Germán Odogiorno (teclados), Pablo Fernández (bajo) y Leo del Carril (batería): «Si bien venía tocando solo. Tengo ganas de tocar con banda. Se armó grupo y está buenísimo».

Su introspección a la hora de componer no le impide ver la coyuntura: «Es algo que me pregunto. Están pasando un montón de cosas afuera. Y yo estoy con la guitarrita cantándole al sol. ¿Qué onda? La verdad que no sé. Yo obviamente lo tengo presente y es algo que me pega. Pero a la hora de escribir trato de cantar cosas que me hagan sentir un poco mejor». Ahora, como músico independiente, no ignora que «está muy complicado. Muy difícil desde comprar cuerdas hasta pensar armar una fecha. Pero uno sigue haciendo, no sé cómo… Nos arreglamos y vamos para adelante».