Por Ramiro García Morete
Foto: Felipe Paes

«Ahí vienen llegando de la Patagonia / ritmos distintos que te transforman / transitan, transpiran, transcienden, transforman». Algo estaba transformándose. En su cuerpo, en su mundo y, por ende, en su música. El funk carioca había sido una suerte de regreso al canto, tras varios años de darle aire performático al oficio de DJ. Inspirada por el ámbito más candente de Florianópolis, sus sets incluían la cumbia que conoce desde su infancia. La espaciosa casa de su abuela, en un barrio humilde de Allen, Río Negro, sabía recibir numerosos músicos de cumbia y folklore que venían de la cordillera. «Eso estaba piola», evocará. Lo que no le simpatizaba tanto entonces eran los discos de Sergio Denis o Isabel Pantoja de sus padres. Le atraía más bien que en la local Radio Líder se filtrara Depeche en una publicidad. Por eso no dudó cuando su madre la llevó a un Musimundo a elegir un CD. Aqua fue su elección, subyugada por la mezcla de electrónica y canción. Posiblemente entendió bien lo irónico de aquella «Barbie girl», en un mundo diseñado para no escapar a los modelos. Habría algo de rock y más adelante rap –llegó a batallar en algunas ocasiones–, pero la mezcla y experimentación parecieron ser su motor.

Ya de grande, en Capital Federal seguiría la carrera de Psicología Social. Pero el cuerpo y la mente –si pudieran disociarse– le pedían otras cosas. Lejos de lo que podría pensarse erróneamente, halló entre Brasil y la Patagonia muchos puntos en común. Hoy vinculará la cumbia villera con el funny de la favela, el origen indígena del conurbano con la raíz afro del país vecino. La marginalidad, dirá. Pero ¿qué son los márgenes para un espíritu libre? Mano a mano a veces en Barrio Hipódromo y otras vía internet, juntaría fuerzas con el productor comodorense Cristo Puschel (Los Cheremeques). Fueron un par de años de trabajar Patagonia emergente. Toda una declaración de diversidad musical –rap, reguetón, sonidos urbanos, sonidos originarios y mucho más– y divergencia sexual. A pesar de su nombre, Paz sabe que su vida –como la de tantes otres– está signada por la lucha. Pero que esa lucha se lleva con la alegría de quien transita, transpira, trasciende y se transforma. De otro modo no podría llamarse vida.

«Fue un proceso lindo e intenso –expresa Paz sobre su larga duración–. Lo que queríamos contar con el disco tiene que ver con la identidad. Plasmar sonidos de allá, de nuestra tierra, y mezclar con sonidos del mundo, del trap, la cumbia, la electrónica, esos estilos más de gueto latinoamericano». Y agrega: «A nivel letras y concepto, se trata de un momento de transición, de trabajar muchísimas cosas de forma personal».

Paz elogia a Puschel como productor pero cuenta que interviene en el armado: «Yo me meto en todo. Soy una metida. Además vengo de la movida DJ. Pero cuando hay una persona con un camino formado y lo hace excelente, me parece interesante que domine esa parte. Luego se va articulando. Escucho, modificamos, compartimos ideas. Es así como se da la producción». Paz –que suele escribir en el celular o lo que tenga a mano– tenía algunas letras y otras fueron creadas en el momento. «Me gusta que el disco te va llevando. Tiene su principio, un concepto, un montón. Tiene que ver con nuestra cultura, de lo diverso, de lo plurinacional, de que podemos abrirnos a recibir sin crear esas fronteras que ponen los que opinan lo contrario».

«En la ciudad mucho cemento controlando pensamiento juzgando los sentimientos de quien quiere ser feliz / y ahora que estamos aquí / vámonos a divertir».

Si bien el principio de su carrera fue como DJ –de hecho, da clases–, siempre le gustó cantar. «Pero no me había encontrado en alguna idea o proyecto para eso. Me pasó cuando empecé a escuchar el funky. Me llamaba el flow muy suelto, las percusiones electrónicas, muy flashero». También estaba su gusto por el rap, aunque dice que no se siente muy cómoda con la escena local a la hora del free. En verdad, distingue mucho entre Brasil y Argentina a la hora de avanzar sobre libertades y disidencias: «Allá la cultura disidente es más fuerte, más ‘trava’. Acá no tanto. Todas las artistas trans que estamos en conexión pasamos una situación difícil. Algunas prefieren irse a Europa, juntarla y poder vivir. Acá no te matan con una bala pero sí de hambre. Puedo hablar de que tengo privilegios de educación, pude viajar y en lo que hago se me abrieron muchas puertas –más de las que se cerraron, obvio–, que hoy puedo vivir de la música tanto dando clases como tocando. Pero la mayoría no».

«Hoy en día hacer música es un acto político, sin dudas», define. Y se refiere a la lucha: «Luchar con alegría. No descansamos, esa es la cuestión. Ya que estamos luchando todo el tiempo, que este trabajo y esta lucha sea a partir de la diversión. Hagamos esto visible, verbal y discutible. Y poder debatir. Y no perder la esencia del ritual. No separo el cuerpo».

Con una agenda cargada que incluye La Plata, Capital, Córdoba, La Rioja y Salta, anuncia que se vienen canciones con nuevas participaciones: «Me gusta producir en conjunto. Hago participaciones con bandas y artistas de la misma forma».