Por Mariano Camún

Diego Bianchi es un artista plástico argentino de prestigio internacional cuyas obras desde hace más de una década rompen con lo mundano, su estrategia creativa es provocadora y su mirada tiende a mostrar lo que no se ve pero todos enfrentan. Su nuevo hecho artístico se titula Meritocrazy, con plataformas exageradas y aparatosas, una tentativa de producir una obra de arte con la participación de los «espectadores», conocido como el happening –que el sujeto abandone su posición de pasivo y se libere a través de la expresión emotiva y la representación colectiva–.

La colección de calzado producida por el artista mezcla esa idea del ver y querer, como sensación de consumo inmediato. Ese deseo de lo privado en una estación pública, donde la realidad es que no todos pueden alcanzar ese «sueño» de formar parte.

«De la obra busco crear sorpresas, algo que tal vez sea leído como provocación. No me parece mal provocar, me parece interesante. Para funcionar, el arte debe provocar un estímulo, una disrupción», explicó recientemente el autor en una entrevista periodística.

Indudablemente, este nuevo hecho artístico se atreve a desafiar la línea política de sacrificio y responsabilidad marcada por Mauricio Macri, conocida como «Meritocracia», donde para alcanzar el deseo hay que esforzarse sin nada a cambio y así crecer y ser uno más de los emprendedores que desnudan a aquel a quien todo se le regala y nada hace para tener, conocido en la escala social como «pobre». De este modo, la pobreza es principalmente el efecto natural de un modo de afrontar los retos de la vida desde el derrotismo: si sos pobre es porque tu espíritu se siente perdedor, ya que, como dicta la ética capitalista, el que trabaja, innova y emprende siempre recibe su merecido premio.

La meritocracia vino a disciplinar y a expandirse desde el poder político. Ese discurso establecido en el empresariado encuentra un receptor privilegiado en las clases medias. Allí encaja de manera eficaz la idea de que el individuo, en base a sus méritos, puede consagrarse. El empresariado «exitoso», que razona solo a partir de su propio mérito, se cree llamado a forjar un país a su imagen y semejanza.

Cuando el ciudadano no trabaja, o tiene un trabajo indigno, cuando no logra darse a sí mismo la vida a la que el sistema le dicta que ha de aspirar como ideal, le ahoga la vergüenza del perdedor que no ha hecho lo suficiente para obtener los favores del capital.

En ese sentido, el curador Alfredo Aracil profundiza: «Un tiempo en el que consumir es adaptarse. Y caminar es arrastrarse sobre un horizonte de crisis estructural y violencia. Tacos, zapatillas y plataformas, entre la escultura, el objeto encontrado y el collage tridimensional que se vuelve prótesis, donde la convergencia entre mirada, deseo y consumo se retuerce un poco más. Se hace perversa o, directamente, se hace miserable. Como los tiempos que corren, cuando la extracción de recursos y energías se da a nivel cutáneo, en un plano aspiracional y meritocrático, a la vez consciente e inconsciente».

La galería Pasto (Pereyra Lucena 2589, Buenos Aires), dirigida por César Abelenda, sigue presentando Meritocrazy, de Diego Bianchi, hasta el 28 de septiembre.