Por Ramiro García Morete

“Estamos solos en el camino/ se abre en la tierra un nuevo recorrido/ cierro los ojos, abre tus alas/ despertamos, el sol de la mañana”. Mucho antes de los mantras, del sol de Iruyá, del sentir de los pueblos, de las montañas y volcanes y caminos y elefantes y serpientes que componen un universo y abren otro como un ser galáctico, hubo otros viajes. Inclusive antes de tomar el autobús desde Maipú hasta La Plata y entender desde el curso de ingreso que la carrera de Física no era la adecuada. Un pequeño recorrido se abría en las mañanas cuando junto con su abuelo chacarero pasaban horas por el campo. Padrino de Yaguareté Porá, le inculcó el folklore y el rumor del acordeón en las sobremesas. Por el otro lado de la familia, la abuela le hacía cantar tangos. Aunque el primer click lo haría -literalmente- el play de un walkman del tío, con un puñado de cassettes que escuchaba repetidas veces en el día: Abuelos de la Nada, Cadillacs, Stones. Eran los principios de los ’90 y no imaginaba aún que apretar botones para que la música sonara sería gran parte de su vida, ya sea cuando estudió grabación y producción musical en Capital u hoy con su Estudio El Naranjo ubicado en su casa. Sí, ahí mismo detrás del Hipódromo, cerca pero lejos de casi todo. Como se siente hoy, un poco “porque soy medio renegado”. Y otro porque “soy pueblerino”, tomando mate y fumando mientras intenta que Quentín crezca a salvo de un mundo que en los últimos años se volvió más despiadado aún.

Sin embargo, aquella búsqueda espiritual intensa que marcara su obra, hoy quizá se acote más a un lenguaje. “Soy romántico”, define sobre el vocabulario de sus canciones. Allí jamás hay referencias temporales o de épocas, sino más bien alegorías y paisajes universales. “Me quedé con Rimbaud, Baudelaire… y de ahí no salí”, se excusa como si eso acaso estuviera mal. Donde no se quedó fue en las aburridas clases de piano de la única profesora que había durante su infancia en el pueblo. Los discos de Miguel Abuelo o Bochatón lo inspiraron desde la melomanía y esa mística señora maipuense que todos llamaban La Mangacha sirvió de nombre para su primera banda de covers. En ella tocaba la Fender Stratocaster “mexicana, con colorcito loco” que aún conserva y con la que grabaría todos sus discos. Y es que artistas como Gabo Ferro le despertarían una conciencia grande como el cosmos que exploran sus canciones de tono onírico y raíz setentosa: la voz. Sin considerarse cantante aún, se le reveló la capacidad del más rico de los instrumentos y desde ahí las posibilidades compositivas. Los viajeros “Primer Manifiesto Mermel” y “Las Viejas canciones del Universo” materializarían su cancionero. Pero quizá por el rodaje de una banda más constituida (Nicolás Zein en batería, Gonzalo Martínez en bajo, Rodrigo Merones, en guitarra y Federico Visentin en teclados) o porque esta vez se encargó enteramente de la mezcla y producción, el reciente EP “La Era de las Piedras” parece alcanzar el punto indicado de su propuesta. Con más aire y también con el temple que no requiere de manifiestos, Uriel Fernández (el hombre detrás de Mermel) sigue usando más o menos las mismas palabras pero lo dice distinto. Puede que esté en esa altura del viaje donde finalmente entendemos que, como canta una querida banda local, el universo siempre estuvo acá.

“Este es el disco más orgánico en cuanto a sonido de banda -introduce el músico-. Se grabó casi en vivo, sin muchos aditivos, en mi estudio. Los anteriores fueron discos en que yo presentaba las canciones a amigos, pero no había una banda estable: tocaba el que se copaba, el que podía, era medio así. Ni bien presentamos el segundo se armó la banda que está ahora”. Y agrega: “Me puse obsesivo al hacerlo yo y llegar a lo que tenía en mente. No sé tanto en cuanto a sonido pero sí lo noto en la composición y el arreglo. Hay más limpieza, más espacio para la voz. No hay sobrecarga”. El álbum combina un sonido “más vintage, como la batería” con pequeños acotes contemporáneos “que le dan los sintetizadores”.

Mermel cuenta que muchas veces las canciones surgen desde la voz: “Al menos mi forma es más esa. No es que se plantea una música y luego tengo que poner letra. Pocas veces. Generalmente la voz es la que va llevando a la musicalidad. Muchas veces me surgieron tocando y cantando… y las formulé juntas”.

Por el lado de las líricas, el universo introspectivo se mantiene. “Yo creo que ahora es más un lenguaje. No estoy tan espiritual. Estaba en esa, meditaba mucho, tenía una búsqueda física y mental. Pero últimamente estoy más alejado de eso. Tengo un perfil pueblerino, un nivel de vida, bastante tranquilo”. Y se explaya: “La sociedad te lleva y es más difícil estar en una. Si bien es más necesario, es difícil conectar con estos tiempos. Fue algo paulatino, empezase a descreer de ciertas cosas. No tengo nada malo para decir de esas prácticas, pero me cuesta hoy ponerme a hacer yoga o meditar”. Pero volviendo estrictamente a los contenidos “comúnmente el terreno de las canciones era personal. Y ahora tratando de abrir el abanico. El tema que arranca el EP, si  desmembrar las letras se nota mi ideología política… Transformar y volver”. Y explicita: “Me estoy planteando que si no volvemos, hay que irse. Con la familia lo planteamos seriamente que no podemos resistir cuatro años más de Macri”.

Un contexto así naturalmente reduce algunas expectativas y eso incluye el impacto de los discos. “Pero para nada dejar de hacerlos: Me encanta grabar. En este momento no me estoy grabando porque no tengo nuevas. Pero la idea es hacer canciones nuevas para grabar y hacerlo por amor. No mucho más que eso”.