Por Agustina Tittarelli

-¿Se encuentra Sebastián Mac Dougall? – preguntó uno de los policías a su suegro. Eran las cinco de la tarde.

Sebastián tenía el celular sin batería y se encontraba en la casa de la tía de Gisela, su mujer, tomando mate después de haberla acompañado a ver a la doctora que llevaba el control del embarazo. Llamaron ahí para avisarle que la policía lo estaba esperando en la puerta de su casa. Salió para allá.

– Nos tenés que acompañar – le dijeron, apenas bajó del auto. Tenés que firmar una notificación por el tema de los micros.

– ¿De qué es? ¿Por el tema de la Este? – preguntó. Era extraño, habían pasado dos años del conflicto y jamás había recibido ninguna notificación.

– No sé, algo así – le respondió vagamente uno de ellos, sin mirarlo a los ojos.

– Vos te lo llevas y no lo traes más – le dijo el suegro. Ninguno de los efectivos le contestó.

Sebastián pasó al baño, agarró el cargador del celular y se fue tranquilo en el patrullero. Cuando llegó a la DDI le informaron que quedaba detenido. Pasaría alrededor de un mes hasta que pudiera volver a pisar su casa.

***

La detención de Sebastián Mac Dougall, Luciano Fiocchi, Emmanuel Lázzaro y Pablo Varriano, los choferes de la línea Este, es un tema que todavía mantiene en vilo a la ciudad de La Plata. Sus rostros empapelan las paradas de colectivos y algunos paredones de la ciudad. Los cuatro están privados de su libertad desde el 3 de abril y gozan de prisión domiciliaria desde el 29. Están procesados por los delitos de “coacción agravada y daños en concurso real”.

Esta causa fue iniciada por Omar Corbelli (empresario y titular de la línea Este) en 2017, como respuesta a un conflicto sindical, y recayó en la fiscalía de Virginia Bravo. Dos años después, la noche previa a la marcha de la CGT en defensa del salario y del trabajo, fueron apresados sin haber recibido ningún tipo de notificación de la causa.

El reclamo de los choferes de la línea había sido por condiciones laborales dignas: la mayoría de los recorridos ramales no contaban con baño, salían en micros con las cubiertas casi lisas y con frenos que casi no funcionaban. La jornada laboral en varios casos superaba las ocho horas. Además, la empresa había empezado a echar colectiveros.

-Estuvimos 23 días de paro, hicimos dos tomas (en 2016 y 2017). De la conducción de la UTA (Unión de Tranviarios Automotor) nunca recibimos una respuesta a nuestros pedidos. Por eso se llegó a la retención de tareas, no era la idea pero nos vimos empujados por los despidos en la empresa y las pésimas condiciones laborales. Había días que trabajaba dieciséis horas. Venía destruido, mareado – explica Emmanuel en el comedor de su casa.

Emmanuel (26) es el que contaba con menor antigüedad, solo alcanzó a trabajar tres años en la línea. Los otros tres venían de la 307, línea que adquirió Omar Corbelli hace tres años. Sebastián (37) trabajó cinco años en esa otra línea y Luciano (36) nueve, hasta que los traspasaron a la Este en 2016. Pablo también venía de la 307. Es el único que pudo volver a trabajar en la empresa: el 9 de mayo retomó su trabajo de chofer. Cumple con la prisión domiciliaria pero tiene permiso para salida laboral. Los demás, después de ser despedidos en 2017, nunca más pudieron conseguir trabajo en otras líneas. Tampoco un trabajo en blanco.

Los cuatro estaban allegados a El Bondi, una línea gremial interna disidente de la conducción de Pedroza. Fue creada hace dos años, en los días del conflicto, con el propósito de mejorar las condiciones laborales, luchar por sus derechos y ser escuchados.

“Elegimos cinco delegados para que nos representen. Ellos iban a hablar, se movían. Eso nos jugó en contra también, no estar con el sindicato. La UTA siempre respondió más a la empresa que a los trabajadores”, cuenta Luciano. Y sigue: “Hay un arreglo no sólo con la empresa si no con la municipalidad. Había micros que no estaban en condiciones de salir, por el tema de la VTV (que es municipal), porque tenían vidrios rotos, asientos flojos, ruedas lisas. Sin embargo, cuando venía la inspección, estaba todo perfecto. Pasaba todo. Nosotros reclamábamos todo esto. Cuando nos empezamos a meter con la Agrupación empezamos a molestar. Y pasó lo que nos pasó”.

Ni la Unión de Tranviarios Automotor (UTA) ni ninguna línea paró para apoyar la lucha y solidarizarse con ellos. La situación económica había empeorado para todos a nivel nacional. Habían echado recientementea los empleados de PepsiCo, Cresta Roja y Sancor, entre otros. Tener un trabajo representaba (y representa) un privilegio. De ahí, que varios choferes optaran por callarse y conservar sus puestos a pesar de tener que someterse a condiciones inhumanas. Según un informe del CEPA (Centro de Economía Política Argentina) en 2017 hubo un promedio de 3.728 despidos y suspensiones mensuales a nivel nacional.

“Muchachos, ustedes quédense tranquilos, mañana vayan a la municipalidad y charlamos. Vamos a tener una solución”, les dijo una voz serena a dos de los choferes. El grupo se había reunido en un café de Plaza Malvinas para debatir cómo seguir con la lucha. Por la vidriera vieron pasar al hombre de la voz serena, quien iba acompañado de su chofer. Dos de ellos se levantaron y fueron hacia él casi corriendo, dejando el café intacto en la mesa. Se trataba de Julio Garro. Estaba a punto de subirse al auto, se había asustado ante los hombres que se acercaron a él sobresaltados. Les estrechó una mano amiga, les dio un teléfono y la tranquilidad suficiente para confiar en que el conflicto estaba en vías de terminarse. A las nueve de la mañana del día siguiente se presentaron en la Municipalidad. Nunca los atendió.

Esa tarde, en el día 22 de paro, se llevó a cabo la manifestación en las inmediaciones de la terminal de micros de la Línea Este –Ruta 11 kilómetro 620– ante la falta de respuestas. Se movilizaron alrededor de sesenta choferes que no estaban dispuestos a seguir soportando condiciones laborales indignas. A las seis de la tarde el intendente Julio Garro firmó en conjunto con la gobernadora Vidal la represión y el desalojo.

La represión dejó como saldo decenas de heridos. Los choferes volvieron a la municipalidad en reiteradas ocasiones para que el intendente los atendiera. Intentos fallidos.

Trabajadores de la Línea Este.

***

Luciano Fiocchi recibe a las visitas en ojotas y medias. Sale a la galería y abre el portón negro. No se atreve a salir a la vereda. No puede. Aun así, agradece estar en su casa después de haber pasado casi un mes tras las rejas de la alcaidía 2.

Convive con su esposa, sus dos hijas de diez y catorce años y su mamá. En el living hay una mesa ratona y dos futones en los que se refleja la luz azulada del televisor, que está puesto en el noticiero. Se sienta en la mesa de algarrobo del comedor. Está sentado ahí, sin poder ir a buscar a sus hijas al colegio. Sin poder participar en la sesión de fotos para el book de 15 de la mayor. Sin poder saber, siquiera, si va a poder asistir a la fiesta.

-Nos acusan de coacción agravada, de robar las llaves del colectivo, de pinchar las ruedas, de cortar el servicio y de obstruir el libre tránsito – explica. -Es imposible pinchar una rueda, ¿sabes la presión que tiene? Te quedas sin brazo. Ahí te das cuenta que ya están mintiendo.

Su mujer es monotributista y trabaja todas las horas que puede, es el único sostén económico de la familia. Desde que lo echaron de la Este vivía de changas, haciendo repartos y fletes, manejando transportes escolares y colectivos de excursiones. Vivía el día a día. Pero podía colaborar con la economía de la casa. Con la prisión domiciliaria ya no. Porque si bien todos cuentan con un permiso para salidas laborales, necesita un trabajo en blanco.

Tienen un grupo de whatsapp de los cuatro, pero Pablo casi no habla. Desde la detención, ellos y sus familias se unieron para contenerse. El contacto que mantienen ellos tres es casi diario. Los días de encierro los marcaron.

– Primero los apresaron a ellos tres porque yo no estaba acá, había salido por un viaje. Cuando me vinieron a buscar ese miércoles yo no estaba. Me entero porque llamaron a mi mamá y mi esposa. Ahí me avisaron que vuelva porque tenía que firmar un comunicado, la policía me estaba buscando y me habían declarado prófugo. Entonces tuve que volver, me presenté y el viernes quedé detenido. Ahí me encontré con ellos tres en la DDI de La Plata – cuenta.

En la conferencia de prensa del 25 de abril en la sede provincial de la CTA (Central de Trabajadores Argentinos) sus abogados, Eduardo Curutchet y Rolando Sberna explicaron que este es un caso atípico: “una causa que se inicia contra los cuatro trabajadores sin que haya querella visible y sin información. Directamente de un día para el otro los fueron a buscar y los metieron presos».

Luciano ingresó como el resto de sus compañeros a la DDI, donde estuvieron tres días juntos. Luego lo trasladaron a Lomas de Zamora y finalmente a la alcaidía 2 de La Plata, donde pasó sus últimos días de encierro.

En principio la causa primero fue caratulada con la figura de daños, después pasó a coacción agravada. Al terminar el conflicto gremial en el 2017, la empresa se había comprometido a no impulsar más la causa penal y dar por terminado el conflicto. La UTA emitió un comunicado donde afirmaban que no existía ninguna complicidad de su parte contra los cuatro choferes. Sin embargo, la causa siguió su curso.

Luciano, Emmanuel y Sebastián están defendidos por Curutchet y Sberna. Pablo Varriano contrató un abogado aparte. Ellos consideran que esto se debe al miedo de perder el trabajo.

***

Soy Emanuel Lázzaro, un trabajador, no soy un delincuente. Estoy detenido, privado de mi libertad desde el día 3 de Abril de 2019(…)En este tiempo de detención estuvo varias veces en riesgo mi vida, no duermo y pensé en matarme porque nunca imagine vivir esto y estar en este lugar por defender los derechos del trabajador, un baño digno y no trabajar horas en negro. PIDO, RUEGO, IMPLORO no se olviden de mí y mis compañeros.

– Me sentía muy ahogado, estaba pasando por un proceso psicológico muy fuerte, y en momentos de soledad pega muy duro – explica respecto a la decisión de escribir esta carta abierta que se viralizó el 23 de abril.

Primero estuvo en la DDI, después en Villa Arguello y por último en la alcaidía Roberto Pettinatto (Olmos). Tiene ojos verdes y mirada seria. Está acompañado de Karina Zelaya, su mujer, compañera incondicional desde el primer minuto. Tienen una hija de tres años, Valentina, que está muy feliz de tener a su papá de vuelta en casa.

Karina trae una pava eléctrica color naranja con círculos, galletitas de agua y yerba compuesta con hierbas serranas, que apoya sobre un mantel floreado que no llega a cubrir la mesa larga. Ceba mates.

Emmanuel desde que fue despedido de la Este en el 2017, al igual que Luciano, estuvo viviendo de changas: pinturería, remis, lo que fuera.

Quien peor la pasó con su apresamiento fue Valentina. “Para nosotros fue muy duro. Pudimos llevar a la nena y fue un shock para ella porque al momento de la despedida lloraba porque quería quedarse con el padre, hacía mucho que no lo veía. No se podía despegar. Fue muy difícil”, cuenta Karina.

El apoyo que brindaron las distintas organizaciones sociales fue fundamental: “la prisión domiciliaria fue un gran paso que dimos con la ayuda de ellos. Que sin conocerte te brinden tanto apoyo y tanta ayuda, a nosotros nos dio un gran golpe de vida porque dejamos de sentir que estábamos solos en esto. Ahora que estoy desempleada y con él sin trabajo la situación empeoró. Está muy difícil, agradezco la solidaridad que nos han brindado los compañeros exchoferes y las organizaciones que nos ayudaron con mercadería”.

– Nuestra detención es un claro mensaje para los laburantes, para los que quieren luchar y pedir por condiciones laborales dignas – reflexiona Emmanuel.

En la causa hay trece declaraciones de choferes de otras líneas que pertenecen a Corbelli que acusan de dañar sus unidades a los de la Este en los días de su conflicto. Sin embargo, ninguno identificó a alguno de los cuatro. Tampoco hay alguna prueba (fotos, testigo visual, videos) que pruebe que ellos dañaron unidades.

Conferencia de prensa pidiendo la libertad de los detenidos de la línea Este.

***

El 27 de abril dos efectivos policiales custodiaban las esquinas de 59 y 60. En el subsuelo, la planta baja, los dos pisos y las escaleras de la clínica Ipensa montaban guardia algunos más. Sebastián Mac Dougall bajó del patrullero acompañado de cinco policías armados con itakas y revólveres. Esposado de pies y manos recibió junto a Gisela Ledesma, su mujer, a Felipe, su tercer hijo. Llevaba veinticuatro días preso.

Sebastián estuvo en la DDI, en la alcaidía de Avellaneda y finalmente en la alcaidía 3 de Melchor Romero, construida hacia fines de los ‘90 a puro hormigón y hierro para albergar a los doce apóstoles. Ahí compartió la celda con Pablo “Bebote” Álvarez, el jefe de la barra de Independiente. Fue visitado por referentes de Derechos Humanos, como Miguel Angel Funes (Presidente de la Comisión de Derechos Humanos). Mientras él estaba preso su esposa estaba transitando las últimas semanas de embarazo. Sus hijos Joaquín (10) y Pía (8) no estaban enterados de lo que pasaba.

-Lo que pasó con mi señora es que tenía presión alta por toda esta situación, se puso mal, entonces desde el día 3 hasta el día 27 que fue la cesárea el bebé no creció más. Tenía muchos vómitos, no sabía lo que me pasaba ni cuándo iba a salir.

Mientras espera que se calienta la leche de Felipe, lo mece en brazos. Sus otros dos hijos terminan un yogurt en la mesa del comedor. Su suegro vive con ellos, acaba de volver del trabajo, va y viene, se apura a guardar las herramientas de trabajo.

El domingo 19 de mayo internaron a Felipe por un cuadro grave, no podía respirar, se ahogaba y devolvía la leche que tomaba. “Este cuadro se suma a lo que estamos viviendo ya que Felipe presenta dificultades en su desarrollo desde el embarazo. El trágico 3 de abril, cuando se llevaron preso a Sebastián, nos marcó”, dijo Gisela. Le dieron el alta el 22 de ese mes y tiene que continuar haciéndose estudios.

Ninguno de los cuatro puede olvidarse de esos días que pasaron en una celda de 2,5×2,5, que compartían con ocho más. Esos días en que durmieron en el suelo, porque los colchones no alcanzaban para todos y había que pelearse con los demás reclusos para tener uno. Esos días en que comieron del piso, sin platos ni cubiertos. En el mismo piso donde a la noche dormían. Son esos días de injusta prisión los que todavía perturban el sueño de los exchoferes. Fueron esos días de recuerdos que no se olvidan los que llevaron a dos de ellos a pedir asistencia psicológica. Hoy, a cuatro meses del fatídico 3 de abril, continúan presos injustamente, viviendo con la misma angustia del primer día.