Por Ramiro García Morete

«En el otoño aprendimos a confiar en el pasado ajeno / Con el invierno nos volvimos canción, que buenas horas pasamos». Siempre supo sobre moverse y tomar algo de cada lado. Moviéndonos, precisamente, sería el nombre de un disco. Si bien nació en Bahía Blanca, el trabajo de su padre en Entel lo acostumbró a vivir en un pueblo bonaerense cada año. Hasta que a los ocho o nueve cayó en La Plata, edad en la que ya tocaba algunas canciones en la criolla. Esa misma guitarra que Carlos Amorín, un amigo de la familia, tomaba y la transformaba con canciones que lo fascinaban. Tanto que lo grababa en casete, posiblemente con menos pericias y recursos pero con el mismo amor que cuando graba en su estudio El Kiosko o cuando coprodujo los discos de Laura Ros o Antonio Birabent y entendió que parte de su romance musical también estaba de ese lado de la cabina. Ya había ido a algún profesor de folklore y el tiempo lo llevaría al mismísimo escenario de Cosquín, pero esas interpretaciones –que de grande descubrió que se trataban de temas de Serrat o Silvio– le resultaban tan inspiradoras como los casetes de Michael Jackson. Con la adolescencia en Tolosa llegarían los Redondos y la Epiphone maciza que su padre le compró en Ensamble Musical. Y atravesar los noventa, viendo recitales en la Glorieta de Plaza San Martín y luego tocando con Prisioneros del Zar. Pero la música es más amplia aún que la llanura bonaerense. La Facultad de Bellas Artes, Atahualpa y otras voces lo llevaron de vuelta a la criolla. Lo importante siempre fue la música, tocara con Gil Solá, con el Bocha Villegas o finalmente decidiera volver a armar una banda. O mejor dicho, un lugar.

Con orígenes distintos, músicos de pericia y trayecto se encontraron. Lucho Casanova, ligado al jazz y la fusión igual que el bajista Seba Ireba, aunque orientado a la música latina. Trío Clase Única. Coco Macchi, tecladista, pianista y acordeonista vinculado al folklore, tango y canción, criolla; Ale Carrillo, guitarrista de esencia muy beatlero, y Fabi Ferrari, violero y luthier «del palo fusión». Varios de ellos docentes y todos admirados por Roberto Garcilazo, este cantante y guitarrista que los unió alrededor de sus canciones y por detrás de su nombre. Para ello estaría precisamente ese territorio común donde el lenguaje del rock no cierra sino que contiene. Y cuya premisa es moverse solo al compás de la música y no otras cuestiones: Marothes. Canciones de rock, sí, pero constituidas por diversas vertientes que van del folklore, lo rioplatense y la fusión. Y que con una década y tres discos regresa este sábado 20 de julio a las 21 hs en Guajira, junto a Gran Paragua.

«Ahora estamos reencontrándonos –cuenta Garcilazo–, volviendo a ensayar. Es una banda que agrupa un montón de proyectos. Es un lugar de encuentro. Cuando armamos la banda yo tenía 28 años. Es decir: siempre estuvo vinculada a la producción de música, de arte, más allá del nombre propio». El cantante explica que eso genera algunas «inclemencias» respecto a lo que indica el protocolo de una carrera de banda, pero a la vez permite proyectos individuales o compartidos que son generados o sostenidos por el espacio de la banda. «Siempre nos conectamos del lado musical. Los nombres propios, si uno está más ligado con el proyecto que con la música, te dejan tirado en algún momento. Nos parecía que media una bajada de línea, me pareció fantástico centrarnos en la música. Nos ayudó a conducir la energía, que aparezcan cosas nuevas y a criticarnos. Tenemos tres discos, yo los escucho y creo que hay un recorrido».

Ese camino comienza con Camina con respeto, estás en el fondo del mar (2010), más orientado al rock clásico y cancionero, para llegar a La Ciudad de los deseos…(2017), más denso y con pasajes instrumentales influidos directamente por la inundación que sufrió la ciudad de La Plata.

«Peligroso», se ríe Garcilazo sobre la consulta de contar con estudio propio. «Porque hemos estado haciendo discos que se extendieron dos o tres años. Pero también te permite mucha libertad, mucho campo de acción». Y en ese trabajo, siempre se impone la canción: «Eso tratamos y lo fuimos aprendiendo. Cuando tenés gente que toca muy bien y no busca sobreponerse. Laburar para las canciones, en ese sentido. Hemos crecido, es todo más criterioso, cuando te sentís más seguro. Sentir empatía, sentirse a gusto, hacer algo artístico, no con el ego».

A lo largo de todo ese trayecto algunas cosas cambiaron. Por ejemplo, las formas de comunicar la música. «No reniego. Es una parte que no sabemos hacer. No reniego, trato de mirar a mis hijos, ver cómo se manejan, a partir de ahí, lo entiendo como un canal de acción. Pero hay una ansiedad que te propone el mundo. Con el celular, con el ida y vuelta de la data. Hace que se marchite. Trato de que estén los canales y cada uno divida su tarea».

Si bien el disco anterior tuvo claro corte social, en este momento avizora un futuro repertorio más personal. «A veces escucho los discos y me acuerdo de esa época, de esos capítulos del libro de mi vida… es algo fantástico».