Por Ramiro García Morete

«Si algo hay sagrado, el cuerpo humano lo es», escribió Whitman. Y el supermercado chino. No es sagrado el orden ilusorio y estático del mundo ni las líneas que separan las disciplinas. No es sagrado el límite que define dónde empieza o termina un escenario ni el punto que divide el proceso de la obra. No es sagrado siquiera el borde que diferencia lo humano de lo animal en ese cuerpo como el ojo que distingue el baile del bailarín. Pero el chino que provee la birra después de cada ensayo, sí. Como aquella fría noche, en la sala del barrio de La Loma donde hacía unos meses todo había comenzado tras Cuerpo Sonoro, plataforma que coordinaba. Vito –proveniente de las artes dramáticas– había escrito a Martina y a Pamela para «juntarse a ver qué pasaba». Ambas, oriundas del mundo de la danza, apenas se conocían de vista. Pero tras ejercicios clásicos de improvisación, conectaron instantáneamente ese martes 7 de diciembre que Martina recuerda con precisión y que también terminó con cerveza. Del mismo modo que se ensambló Lucía, actriz y quien bautizó al grupo, con la misma fluidez y continuidad que conciben y acciona el proyecto. Si la vida es arder en preguntas, bailar posiblemente también. Y allí donde el poeta halla misterio, ellas encuentran un campo de sentido: el cuerpo. Y los cuerpos dialogando con el espacio y el momento que se presente: una plaza, un concierto de rock, un recital de poesía, una sesión de fotos. O un supermercado, como el que las vio habitando la piel sintética de cuatro tapados que una amiga de Vito quería desechar. Y con el frío y la energía posterior a sus encuentros, generó una intervención entre góndolas y productos de calidad. Si bien las cámaras de seguridad lo registraron –como a veces lo hacen ellas mismas con un celular o Tobías tomando fotos– no se trató ni se trata de performance sino de una búsqueda. De un movimiento, igual que el cuerpo. Constante e indefinido. Con gracia y rudeza, reflexión e instinto, Pamela Esquivel, Martina Mendaña, Victoria Parada y Lucía Cano llevan adelante Fiera. O, mejor dicho, le ponen el cuerpo.

«Es algo que siempre nos preguntamos –introduce Lucía–. ¿Qué es Fiera? Y de a poco vamos llegando a una definición que básicamente es eso: no definirnos como algo concreto. No somos como un grupo de danza. Porque por ahí lo que más hacemos es investigar sobre la danza. Es un proceso constante. Nunca pensamos esto de trabajar para mostrar una obra sino que por ahí pensando mostrar el proceso».

«Empezamos juntándonos a conocernos, a ver nuestra corporalidad –cuenta Pamela–. Y desde ahí cada propuesta que se nos presentó tuvo que ver con eso seguir indagando: ‘yo tengo una banda y quiero que intervenga’. Todo eso es material para armar algo. Y es muy en el momento presente: creación y acción. Claro que vamos con algunas ideas y a medida que se hace el recorrido hay determinada simbología que tenemos, modos de actuar, nos conocemos, nos conformamos… vamos formando una idea».

«Nos motivan ciertas inquietudes –acota Martina–. ¿Qué es la danza? ¿Dónde se baila? ¿Quién es el espectador?». Y ejemplifican con sus ensayos en la plaza. «Nuestra búsqueda era más física. No estábamos buscando la reacción del otro. Yo ni lo registré. Tenemos este banco, esta colina, estos palos. ¿Qué hacemos? Entrenamos». Y Lucía señala: «Me gusta hablar de los cuerpos. Porque a veces no es ni movimiento. Se reduce al cuerpo en escena, sea en el formato que sea. Pero lo que siempre está es eso».

El grupo –que se puede seguir en Instagram y Facebook– aborda los espacios con ciertos lineamientos previos que pueden ser la estética, el color de la ropa o una idea general. Y más allá de lo espontáneo hay una narrativa. «Muchas de las cosas que componemos lo pensamos en modo escenas –describe Pamela–. Hagamos una escena de la mesa. Ahora una escena del bosque. Son por cortes». Lucía completa: «Narrativa que surge de la investigación del no saber. Cuando nos sentamos en la mesa no sabíamos. Pero siempre aflora de la investigación y del proceso».

Fiera se halla trabajando para una tesis y documental de cine de la productora audiovisual Pastel y participará de la presentación de un libro de poemas. También planean realizar un evento puntual del grupo. «Está bueno poder ir mezclando lo que es la música con el movimiento, lo que es el teatro o un video –se entusiasma Pamela–. Está bueno que haya músicos que quieran involucrar esto. Entonces se amplía todo lo que es la propuesta de escena. Ya no es el músico que toca y uno lo ve tocar al músico. Hay otros agentes: audiovisuales, pantallas, todo se va entremezclando más. Y medio que formamos parte de ese cambio que se está dando en la escena».

Las artistas coinciden en que sus intervenciones pueden tener un lugar secundario pero no accesorio: «De a poco vamos teniendo un carácter con que somos cuatro mujeres y la fuerza está bastante implícita en lo que hacemos, la estética del modo en que sea. Siempre tratamos de romper. Vamos a la cosa medio freak u oscura. No somos algo liviano».

Es ineludible la coyuntura, pero el proyecto se manifiesta al respecto con su mera existencia. «Está re bueno el lugar que está teniendo la mujer –declara Pamela–. Pero no es ese anclaje. Si bien lo tomamos como referente, porque a toda la sociedad nos atraviesa. Eso potencia y genera más ebullición de lo que estén haciendo cuatro mujeres. Pero no es por ahí».

«Salir a la calle como se nos canta ya dice algo», agrega Martina. Y Lucía completa: «Lo que hacemos ya es. Somos conscientes de que somos cuatro mujeres haciendo lo que tienen ganas de hacer y que eso es un montón».