Por Ramiro García Morete

“Mira mis recuerdos/ no me pertenecen/ Ahora que lo pienso han estado aquí por siempre/ Quizá hasta los más tontos/ Quizá lo sepan todo” (“La vida en el futuro rural”). A los seis o diez años, el futuro no queda en el campo ni en la ciudad: sencillamente queda lejos. Pero el mundo, inmenso, está en todos lados, ya sea en el barrio La Loma o en las películas o dibujitos de robots que los fascinaban. Como aquel juego de la Commodore de un señor que recorría un edificio y que al matar robots pronunciaba una extraña frase en 8 bits. El problema no era con la tecnología. Por el contrario, los teclados Kawaii y Casio Tone eran el soporte para la bandita que ambos hermanos habían formado, cuando registraban a través de extrañas combinaciones entre dos grabadores, uno de ellos doble casetera. Aún no sabían quién era Brian Wilson, pero claramente estaban prestos a experimentar. Juan Pablo sí reconocía a los Beatles. El disco de El Principito leído por el mismo Saint Exupery le parecía “una tortura” y el pequeño se vengaba gastando literalmente la púa de “I saw her standing there” y “Twist & shout”. Tanto que la abuela Tita tenía que salir a las corridas a comprar una nueva. Sin embargo fueron los casetes TDK que Fernando compraba en un raro local de 13 y 40. Desde Erasure a los Guns, pasando por Soda y Queen. El desprejuicio y la heterodoxia iban a ser una constante con los años, anteponiendo las ideas por sobre los estilos pero reconociendo los cimientos para construir. Casi un juego caprichoso de palabras pero descriptivo que recuerda que uno se dedicaría a la filosofía y el otro a la arquitectura. Eso ocurriría buen tiempo después de la primera guitarra Ibáñez y Subliminal (banda medio punk de Juan Pablo), ya universitarios. La casa céntrica de techos altos de Matías fue el lugar donde dejaría atrás también la influencia de Radiohead que se advertía en Doppler, para tomar la crudeza que traían de vuelta bandas como Strokes o Arctic Monkeys. Bajo, guitarra y batería. “Una decisión sintáctica”, dirá Juan Pablo. Pero la insistencia de Miguel Canel induciría a Juan Pablo a casi obsesionarse por los Beach Boys y su genial compositor. Toda la armonía posible se pierde en ciertas ciudades. Y ciertos contextos. Desfragmentando los acordes y sumando una guitarra para ensamblar piezas, el tan mentado cambio neoliberal y su impacto concentrado en nuestra ciudad inspiró una obra potente, cargada de guitarras estridentes, baterías machacantes y voces encendidas. “Mucha información”, describirá Juan Pablo. Futuro rural emerge como respuesta a una ciudad vecinalista e histérica, violenta y egoísta. Casi como un Brian Wilson recluido, el narrador del álbum proyecta como salvación retirarse a zonas menos habitadas, casi un presagio de lo que haría Juan Pablo. El futuro había llegado y no había robots. El problema no era con la tecnología: era con los humanos. Cada vez más deshumanizados. Por eso el 2019 encuentra a la banda conformada por Juan Pablo Fariña (guitarra y voz), Fernando Fariña (batería), Matías Tanko (bajo) y Julián Di Pietro (guitarra) proyectando en calma, evaluando los próximos pasos. Y es que descifrar es una forma de crear, como cuando en aquella voz de 8 bits creyeron escuchar la frase que bautizaría la banda: Destruyan a los robots.

A punto de presentarse este sábado 6 a las 21 hs junto a Nave en C.C. Estación Provincial (17 y 71), la banda está componiendo pero “en principio porque no hay una nueva orientación –cuenta Fariña–. En el sentido más tradicional, generalmente estás componiendo ítems que van a formar parte de un disco… aunque parece que la cosa va para otro lado. Lo vimos apenas sacamos Futuro rural. Ahora se sacan simples”. Y explica: “Yo pienso los discos en términos de sintaxis. Me fijo ciertas reglas, una especie de hermenéutica y lenguaje. Los temas por ahí están compuestos. Pero se arreglan y se adaptan para eso. En este momento no tuve una idea. Soy ecléctico para escuchar y componer. Pero en los discos tomo decisiones que no son eclécticas. Al interior hay un lenguaje instrumental y de elementos musicales”. Fariña cuenta que compone música más tranquila que en Destruyan se vuelve «un cover más rockero”.

El cantante reconoce en Futuro rural una “energía de descarga y bronca”. “Tenía ganas de hacer un montón de cosas, aprovechar que teníamos un segundo guitarrista estable y muy bueno… componer ese elemento. Siempre me gustó la orquestación. Y acá buscamos que ningún instrumento haga la armonía. Que los acordes se armen a partir de lo que va haciendo cada instrumento”, detalla y no esconde la referencia a The Strokes.

“Putean por el caos vehicular/ Cubiertas en llamas cortan la ciudad/ Temen que por esto no nos llegue más nuestra postergada inserción mundial”. Protocolo de seguridad respecto a las letras. “Hay coyuntura macrista. Siempre tuve el desafío de hacer música local. Del tiempo y del lugar. Me gusta Soda, por ejemplo, pero siempre observé la falta de localización. Que no me interpelaba. Me interesa localizar muy bien, en el tiempo y la ciudad. Habla bastante de cómo vivo La Plata y de cómo me fui a Olmos. Un exilio de la ciudad. Eso se nota”. Y define: “El disco trabaja sobre la idea de que la ciudad fracasó. El proyecto no nos pudo proveer del bienestar, sino que se vive con gran estrés”.

“Algo es entendible, ya no soy un pendejo”, exclama. Otro de los tópicos tiene que ver con el paso del tiempo y el lugar del rock: “Es una de las formas del cambio. Y el rock te empieza a hacer ruido. Tenés una vida que no tiene mucho que ver con estereotipos que a la vez nunca abracé. Este disco te interpela cuando sos medio de otro momento… si es que el rock no es de otro momento”.

Ese cambio se traslada nuevamente a lo musical, de cara al futuro repertorio: “Estoy cansado de la velocidad. Siento que descubrí la reberb y eso es posible cuando dejás espacio entre notas. Podemos hacer menos y transmitir más”.