Por Bruno Inchausti

“A ninguna de estas dos les preocupa lo que canta Bárbara. Dan por sentado que el texto carece de importancia. Escuchan sentimientos: como yo ahora, ellas siempre escuchan y escuchan traduciendo sentimientos, y no es improbable que siempre terminen acertando”. Vivir afuera de Rodolfo Enrique Fogwill.

Knei es un grito que brota de las vísceras, de la naturaleza misma de un grupo de amigos que, atravesados por el rock valvular y pesado de los setenta, buscaron verbalizar la experiencia de un hacer musical que nació en el altillo de una casa en Santa Rosa. De ahí que quienes dieron nombre y vida a eso: Nicolás Lippoli, Mauro López y Roberto Figueroa –guitarra, bajo y batería–, no sepan qué es lo que esa palabra significa, pero sí cómo suena. Una idea concisa como un latigazo, como el sonido que cimientan cuasi telepáticamente.

Fue hace diez años. El sol duro y árido de La Pampa se hundió en una nube gris, y quedaron atrás las distancias y los días largos en el campo. Recorrieron seiscientos kilómetros hasta llegar a La Plata, que los recibió con su atmósfera húmeda y pesada. Los edificios, las diagonales, los túneles de árboles en las calles, una plaza cada seis cuadras… Allá por 2010, esta primera “gran ciudad” que recibió al trío pampeano era todo eso, pero también era el terreno propicio para una banda de rock independiente, under. Siempre lo fue. Desde el principio: los sesentas.

Una casa en 6 e/ 60 y 61 en la capital bonaerense iba a ser el lugar en el que convivirían esos tres pibes que desde los quince hacían sonar sus propias canciones impregnadas de las influencias de Sonic Youth y Nirvana, las cuales agruparon en un disco inédito, homónimo, del que salieron algunas copias pero ni siquiera se encuentra en internet.

“Fuimos a vivir juntos a La Plata, por cuestiones de estudio y de la vida también. Hicimos un estudio en casa, estuvimos ensayando bastante durante mucho tiempo. Se llamaba La Puerta del Sol, pero no funcionó por cuestiones que exceden a la personalidad de cada uno”, recuerda Nicolás.

En esos primeros días en La Plata grabaron tres temas (Raíces, El Viento y Arenas Blandas) que contuvieron en un EP sin nombre; quince minutos de pasajes de perpetua y densa oscuridad, con erupciones frenéticas. El origen de esto se debió a la invitación de uno de los tríos al que ponderaban como influencia: Los Natas, y para poder vender tickets, la productora les exigía que pusieran a circular ese material.

“Cuesta al principio. Pero cuando tuvimos una primera oportunidad de figurar, que tocamos con Los Natas –que en esa época sonaba mucho– en el Teatro Opera. Ahí nos abrimos un poco paso. En menos de un año viviendo en La Plata ya estábamos con la banda referente nuestra”, enfatiza Nicolás, que además es guitarrista de Las Sombras, otra banda nacida en La Pampa y con la que ha girado por el país.

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Tras un año en La Plata, se encerraron a gestar lo que sería su primer disco de larga duración editado por ellos mismos. Pero para grabar, y ante la falta de recursos, tuvieron que hacerlo cada uno por separado. Los siete temas que formaron La Puerta del Sol son un viaje lisérgico en el que las lecturas de Cortázar y los periplos en los que se sumergían escuchando las primeras gemas de Pink Floyd, fueron parte de la fuente de inspiración.

“En La Puerta del Sol investigamos bastante. Leíamos a Cortázar. Me acuerdo que le robaba bastante a Cortázar de un libro que se llama Historia de Cronopios y de Famas. Frases y cosas así. Modos de armar las frases. Y era como más experimental el mensaje, no estaba tan claro, más sensorial”, afirma Nicolás.

Si se intentara plasmar ese mapa sonoro en una imagen, el monumento con el mismo nombre que se erige en las alturas de Bolivia, a 3.800 metros sobre el mar, podría acercarse a esa tentativa aunque no haya sido algo que se cruzó por la cabeza de los tres músicos. Pero es que en aquel terreno donde reina la sequedad llamado Tihuanco, se alza una pared que el tiempo no pudo derribar, en la que están grabados símbolos que las antiguas comunidades andinas dejaron y en la que una abertura abre paso a ningún lado: sólo a la inasible presencia del sol.

En esta segunda obra, el vaivén rítmico empieza a ser una característica que se afianza en el grupo. Sus letras escuetas y evisceradas flotan en una atmósfera estentórea. Su música se vuelve aún más resbaladiza para las etiquetas y catálogos del rock.

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La identidad de la banda se apuntalaba, y aunque el sonido poroso y vintage que aún sostienen pareciera revivir viejos tiempos de la historia del rock, el mensaje conecta con los tiempos que corren.

“Está bueno entender que nosotros somos una generación que tenemos que dar un mensaje propio de nuestra generación, y que hable de las cosas como están tal cual ahora, de las cosas que están pasando. De las cosas que nos hacen bien, de las cosas que nos hacen mal; las cosas que nos permiten seguir con nuestra carrera, las cosas que nos impiden eso. Entonces es como una música que sí, suena un poco al pasado, pero al mismo tiempo tiene un mensaje muy actual y muy adaptado a lo que nos rodea”, sintetiza Nicolás.

El grupo se empezó a mover: giraron por Chile y Uruguay. Tal es así que en 2012, por necesidad y diversión (Nicolás dixit) volvieron a grabar un nuevo EP de tres temas también homónimo, pero que circuló aún más y que del otro lado de la cordillera tuvo mucha aceptación. Uno de ellos, titulado “66061” sería el único descartado para el próximo LP, que programaban para un futuro no tan lejano.

En uno de los primeros viajes a Chile, los organizadores del Festival Woodstaco los escucharon y los invitaron a ser parte de su grilla de bandas. Se trata de un festival que se originó en el 2008, como un evento organizado por amigxs, y que en el verano 2019 concentró cien bandas en cinco escenarios durante tres días, en las cercanías del río Perquilauquén (Parral). Así fue que durante siete años Knei fue una de las bandas estables del line up del festival.

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Roberto y Mauro dieron un paso más hacia el caos que supura la urbe y se fueron a vivir a la Capital Federal. Nicolás se quedó un año más en La Plata para trabajar y ahorrar el dinero que le permitiera –como hizo después– instalarse en Capital y comprar una sala de ensayo. Mientras tanto, viajaba para ensayar. Fue en esa sala en la avenida Córdoba donde pusieron a punto las canciones que formarían parte de un nuevo LP, al que titularon “Juventud de la Gran Ciudad”.

Son ellos, pero también podría ser cualquiera que pertenezca a esa juventud. Cualquier desarraigado de su pequeño mundillo en el interior del país, en el que los rostros que lo habitan son casi todos conocidos. Donde los armatostes de concreto no abundan y el aire es más puro. Cualquiera de ellos topado con la vorágine citadina, viciada de ansiedad y de ruidos que a veces impiden o confunden los pensamientos.

“Es un mensaje dirigido a nuestra generación, a esta juventud, por eso Juventud de la Gran Ciudad se llama así. El disco nuevo también tiene un par de letras que vienen por ese lado. Pero básicamente es: no bajes los brazos, tenemos energía de sobra, somos jóvenes […] Hay mucha gente que tiene energía y es joven, y de repente se deja liquidar por estas energías más oscuras que pueden llegar a ser, desde la economía que no te alcanza la plata, o hasta la situación cultural que te estresa y no te podés inspirar para hacer una canción. Somos muchos y tenemos un mensaje para dar, acá estamos”, acentúa Nicolás.

En ese disco grabado en diciembre de 2015 en Casa Fauna, el grupo configura una atmósfera mucho más tangible en comparación con La Puerta del Sol, hay trazos de oscuridad a lo Black Sabbath y guiños al rock setentoso de Argentina.

“Quiere dar cuenta del sentido de pertenencia al nuevo lugar, a la nueva movida, a lo que nos pasó a nosotros como banda. Juventud de la gran Ciudad está inspirada en Almendra, esos títulos medio largos que hablaban de la ciudad o las letras que cuentan una historia urbana. Creo que tiene también algo de época el título. Habla de la pertenencia a un lugar nuevo, distinto, poética y estéticamente hermoso y que tiene su misterio y su mística. A mí me inspira Buenos Aires, está bueno”, le comentó Mauro al portal WYWH.

El disco fue editado, en Argentina, por los sellos Aquatalan y Exiles, y en Perú, por Necio. Además se editó en vinilo en Alemania, por Nasoni Records.

Dos años después de haber sacado Juventud de la Gran Ciudad, el trío recibió una invitación que funcionó como un paso más allá en cuanto a producción musical. A partir de una curaduría, fueron elegidos para formar parte del ciclo de bandas emergentes “Rock en Ascenso”, conducido por el periodista Dany Jiménez. Para ese 27 de mayo en el CCK –donde compartieron escenario con Las Diferencias–, incorporaron un ensamble de vientos y coros (trombón, corno y flauta), a través de una búsqueda en distintos grupos de Facebook en los que participan distintxs músicxs.

Esa fecha marcó un quiebre en la banda, un estallido de ideas que abrió una nueva perspectiva desde lo musical y que serviría de impulso para una nueva creación.

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En este 2019, embarcados en una experimentación cada vez más amplia, crean otro disco: Knei III. En esta propuesta exploran nuevos paisajes sonoros y distintas formas de grabación: en cinta abierta y en vivo, por Patricio Claypole, en el estudio El Attic. El resultado: la banda se aproxima aún más a ese sonido que siempre anhelaron.

“Creo que en este disco nos abrimos un poco la cancha. Sobre todo con un tema que aparece, que es una balada de amor, muy personal y muy visceral. Nos dimos ciertas libertades de decir saquemos a Knei de esa cápsula de trío de rock pesado y tratemos de mostrarle a la gente, o a nosotros mismos que también somos capaces de otro tipo de cosas, otros tipo de sonidos. Y de otro tipo de composición”, resalta Nicolás.

Y acerca del proceso de grabación agrega: “La experiencia de grabar en cinta también está buena porque vos grabás en vivo, tenés tres tomas por tema, la cinta dura eso. Y tiene esa cuestión de ‘dale, sale’. Y no tanto de la producción de ponerte a ver los detalles. Vos escuchás, de repente, pifies, y cosas así, que hacen a la naturalidad del sonido”.

Otra innovación es la presencia de arreglos orquestales, que se agregaron en la postproducción del disco: “Contratamos músicos que tocan en diferentes proyectos, armamos un ensamble y, bueno, lo adaptamos a dos temas nuestros”, comenta Nicolás.

Ya con lo nuevo flotando en el cauce de Internet, el grupo se encamina a salir a girar y presentar el disco en vivo. El trío pampeano sigue recurriendo a la crudeza de lo analógico que generaciones pasadas supieron explotar, con un mensaje que apunta directo a las sienes de una nueva generación que lo cuestiona todo: “Ya sea que te dediques a la pintura, a la actuación, a la música, a la arquitectura o a lo que sea. El mensaje que yo siempre doy es: dentro de lo difícil que es todo, si tenés una familia, si tenés amigos, si tenés un grupo humano que te avala en lo que hacés, aprovechalo y ponete en campaña para generar cosas nuevas. No hay que aflojar, hay que mantener el foco en lo que a uno le gusta, y no dejarse avasallar por la gente que te dice que con esto te vas a cagar de hambre”, finaliza Nicolás.