Por Ramiro García Morete

«El río musical bañando tu atención / generó un lugar / para encontrarnos…» No fue en el río sino en un mar, distante pero no tanto. El alfonsinismo se estaba retirando de un modo menos grato del que había llegado y él, piloto de marina mercante, estaba sobre un barco soviético en el mar. Había navegado y navegaría numerosos mares. Es que antes de dedicarse al periodismo cultural, publicar libros y mudarse a una isla del Tigre estudió en el Liceo Naval. Fue precisamente en un cumpleaños de algún conocido o compañero de allí, en plena adolescencia, que los había visto cuando no tenían ni nombre. Para él no eran más que «hermanos que hacían música, gente de La Plata, que nos causaban gracia, que nos parecían malos». Claro: «El bajo no sonaba como Pedro Aznar ni la guitarra como Pappo. Las letras nos parecían estúpidas». Durante una semana serían el comentario jocoso y no sabría de ellos hasta largo tiempo después, radicado en Capital, a través de la radio. Si bien le sorprendió su solidez, no lograba distinguirlo de otros «paisajes musicales» como Los Helicópteros o bandas del momento. Pero aquella noche, cerca de Malvinas –justo ellos, que «fueron pos-Malvinas antes de Malvinas, posdictadura antes de que concluya la dictadura»–, estaba jugando con un anacrónico aparato receptor de navegación. Justo ellos, también, que parecieron siempre adelantarse a su tiempo. «Incierta pasión nace en mi alma / presintiendo un oyente ideal», rezaba un tema que no era el que estaba sonado. Al día de hoy no recuerda la canción exacta, pero sí que fue capturado por ese sonido que se prolongaba por los parlantes y lo buscaba. Si en ese instante lo hubiera llamado el capitán, «me insubordinaba». Cuando volvió a tierra, comenzó a explorar exhaustivamente. «Algo se abrió», asegura. Como las rutas marítimas que conducen infinitamente hacia otras, descubrió el carácter poliédrico y las capas de sentido que habitaban en una banda que se había presentado al mundo de manera profundamente superficial (diría Warhol). Y cada superficie cobraba más valor a medida que se sumergía en un universo donde lo estético, lo político y lo hedónico podían caber en un estribillo perfecto. Todo catalizado y canalizado a través de ese extraño y fascinante ser llamado Fedrico Moura. Raro y encendido, cambió los parámetros de lo que un cantante de rock podía ser en nuestra tierra, con sus ojos magnéticos y su canto al cuerpo eléctrico. ¿Cómo no lo había visto antes?, se habrá preguntado. No era el único: desde los ortodoxos del rock anodino hasta los referentes como Charly tardaron en reconocerlo. Pero lo bueno de ser (pos)moderno no es no fumar, sino ser siempre joven y vivo. Casi cuarenta años después de su aparición y treinta después de esa personal aparición en el mar, la obra de Virus sigue vigente. Y lejos de la crítica musical, sino desde el análisis e impacto cultural, Juan Bautista Duizeide se adentra en aguas donde el sonido de las nuevas olas son apenas la superficie y en la profundidad habita el encanto: Federico Moura. Ironía y romanticismo.

«Si lo tuviera que resumir en dos palabras, serían: extrañeza y ambigüedad –introduce Duizeide–. Por el lado de la ambigüedad me interesa mucho esa especie de reconocimiento tardío. Oír muy tempranamente a Virus pero escucharlo de manera tardía. Distingo entre oír y escuchar. Formaba parte del paisaje sonoro desde la adolescencia o juventud. No me lograba tocar. En algún momento me hizo el click y pude apreciar que había capas y capas de cosas para gozarlas. Ambigüedad y extrañeza realizando una serie de escuchas y lecturas de Virus, como los estandartes del hedonismo y del baile en un momento en el que el rock apuntaba una ceremonia de escucha. Fue todo eso, pero es bastante más».

El escritor recuerda que entonces se preguntaban «si eran unos tontos o unos vivos bárbaros. Chicos descomprometidos que sólo les interesa el placer… lo cual no es poco, reivindicar políticamente el placer». También menciona aquel show fallido a beneficio de los combatientes de Malvinas al que se negaron a ir, y contar en su familia con un hermano militante desaparecido. Duizeide remite a «La carta robada» para graficar la idea de que estaba la complejidad de la banda a la vista y rescata a Jacobi (intelectual y letrista), «algo así como fue George Martin para los Beatles».

Duizeide coincide con muchos en que «fueron los primeros (pos)modernos, antes de que la historia se quiebre» y la historia oficial señale Clics Modernos como el hito. «Las primeras figuras del rock tampoco la vieron y después se corrigieron y se desdijeron». Señala con pasión elevada cómo la banda fue «un destiempo permanente… fueron pos-Malvinas antes de la guerra, fueron algo darks en la época alfonsinista».

Pero el libro hace foco en Federico, «ese frontman muy especial. Te lo cruzás en la calle hoy, que la diversidad está más aceptada, y te das vuelta. Algo te llama la atención. No interesa cómo vaya vestido. Es el gran frontman y distinto a todos del rock en argentina. Tiene algo de eso, tiene esa extrañeza aún dentro de lo extraño». El autor aclara que «el libro no es una biografía, sino ensayos. No es un libro de anécdotas, más allá de que hay algunas que revelan aspectos. No es análisis musical sino de cultura». Y enumera algunos puntos: «Me interesa el tema de la imagen. Me parece que hay una coincidencia de la rabia del principio y la sutileza del final. También desmentir que era un grupo frío. En ese entonces se valoraban ciertas características de pifiar, acoplar. Virus apuntaba para otro lado. Sonaba mejor que nadie, como sonaba el disco… son todas cosas de ruptura».

Respecto del título, explica: «En un momento en el que no era un consumo cool, Federico reivindicaba a Sandro no desde el revisionismo, sino desde la sentimentalidad popular. Y eran románticos también en el sentido histórico, en eso de oponerse al antiguo régimen y también a lo nuevo».

Y en relación con sus dos universos, distingue: «La navegación profesional es ir por rutas conocidas y cartografiadas, por el camino más corto y seguro. Es un negocio, más allá de ciertos encantos: un marino mercante es un camionero del mar. En el caso de los músicos, está más el tema de la exploración. Por zonas no cartografiadas te permitís la deriva, algo nuevo, perderte… La escritura y la investigación en torno al artista pueden llegar a producir desasosiego. ¿Por qué mierda estoy acá? Pero eso es enriquecedor: perder el control para acceder a controlar cosas nuevas».

El libro editado por Sudestada y Patria Grande fue presentado este jueves a las 19 hs en el galpón de La Grieta (18 y 71). Participaron Julián Axat, Gabriela Pesclevi y Cecilia Flachsland.