Por Ramiro García Morete

«La pampa es lo que vos quieras», canta Tomy Lebrero y como un mantra se repitió en su cabeza. Como sabe repetirse la llanura, que suele traer más llanura, en esa hilera de pueblos aparentemente dormidos a decir de Atahualpa. La pampa es tan grande que Tata Dios tuvo que ponerle el mar para que se termine. Algo así, ¿no? En esa reiteración o recurrencia habita una suerte de ensoñación o trance. Igual que al mirar el fuego, cuyo significado jamás se aprende removiendo sus cenizas. Fue un sueño el que lo despertó. No el que alguna vez tuvo como futbolista, cuando llegó hasta la tercera de Huracán de Tres Arroyos. Entonces, dividía su tiempo entre la pelota, un programa de radio y muchos discos. Vinilos de Pescado, de Invisible. Y lecturas muy variadas que indujeron a que terminada la secundaria arribara a La Plata para dedicarse al periodismo. Los sábados su padre solía llevarlo a esas viejas casas de revistas y escoger una. Dartagnan, El Tony y la historieta de Columba. Precisamente en el taller mecánico de su padre colgaban las décimas que un tío escribió en clave gauchesca a un elemento vital del folklore provincial: los autos. ¿Qué sería de la ruta sin ellos o sin los camiones? ¿Qué es una sin los otros? Fue a los doce años que el niño al que las maestras le solicitaban que escribiera los breves textos para los actos un libro acompañó uno de esos viajes en auto: Cuentos para chicos de autores grandes. Quiroga, Mujica Lainez, Mark Twain. Una antología de «una crudeza total», recordará. Algo así como Las mil y una noches, pensará, donde las historias sólo dan paso a nuevas historias. Y así fue que siguió ese sueño, casi veinticinco años después. El que lo instó a dejar por un momento la rigurosidad de su oficio, donde las historias tienen que llegar a un lugar concreto pero no siempre se llega del todo.

«Todo sucedía en la noche de la inauguración del Club Hotel de Villa Ventana. Yo era uno de los invitados y, en una habitación de la planta alta, tenía lugar un acontecimiento atroz que veía y no veía. Me desperté y anoté todo en una hoja». Quizá fue Basilio Villarreal o él –en cierto punto no podría distinguirse– quien se lanzó a escribir por el sencillo placer de contar sin más –ni menos– que ello. Todo camino puede andar, cantaba Luis. Siempre en el camino, son las únicas palabras que pronuncia el personaje del Dogo en Historias Extraordinarias. La ruta es para jugadores: mejor que pienses bien, advierte Bob. Y paradójicamente son los Cabeza Parlantes diciendo: dejá de pensar. Y así y asá. «Lleno de citas sin comillas», dictará. A los 39 años y con un camino importante como periodista, sabe bien que todas las palabras son prestadas pero cada uno cuenta su historia. Y esta habla del Viejo Hotel de Villa Ventana. O de Basilio. O de Juan Domingo. O de esa parte donde el eslabón perdido de la historia la vuelve leyenda. O de la pampa cuando lejos de ser una línea recta y apacible es una red desordenada y fantástica. O de San Puta. O de Martín Graziano, que escribe para ser lo que quiera.

«Un paisaje como el de la pampa puede estar atravesado por el mundo –introduce–. Una idea que está en las antípodas del chauvinismo que indica que hasta es folklore. Sin embargo, desde Borges (por dar un nombre canónico) a Tomy Lebrero, pasando por Cesar Aira, es otra cosa. En Ema, la cautiva, hay pueblos originarios que hablan como si fueran hermeneutas de Shakespeare, sibaritas que fuman opio». Graziano se refiere a que la llanura puede estar llena de épica y de lo fantástico. «Por eso cuando vi Historias Extraordinarias (Mariano Llinás) sentí que estaba dándome la nota. Que estaba afinado igual que yo. El libro pretende, como me dijo Juan Bautista Duizeide, ser un homenaje a la narración misma. Me embola bastante la que se enrosca sobre sí misma. Prefiero el encantamiento puro de Las mil y una noches. Ese ronroneo te envuelve en una estela y lo vas siguiendo. De lo que partió Sanputa es de una afinación posible y de seguir al flautista. Yo que soy muy control freak, porque el propio oficio me dio eso de hacer algo y controlarlo hasta el último paso, sabía que al hacer una novela iba a perder ese control. Eso radicalmente fue lo que más me interesó y gustó».

«La historia sucedía en dos niveles. Primero, un tipo que va a Sierra de la Ventana y decide contar la historia del Club Hotel. Y el otro nivel es la historia misma del Club Hotel. Lo hice como los apuntes que yo puedo tomar, para escribir una nota. Una muestra, estoy punteando. Lo escribí como una serie de apuntes. Contar una historia como si ya estuviera contada. Esa lógica». La expresión da paso a una concepción: «Abandonarte a la idea de ser original. Llegado un punto, en ese sentido, tener 39 años y hacer mi primera novela me chupa un huevo. Porque sé que haga lo que haga voy a ser siempre yo, siempre parado sobre un montón de cosas. De hecho, hay un epílogo donde blanqueo algunas de las referencias. Está lleno de citas sin comillas. Creo que la influencia más grande es Bob Dylan».

Ya sea desde su rol periodístico y su devoción por la canción rioplatense, Graziano tiene una suerte de fascinación por lo anacrónico. No en términos de antiguo, sino esa capacidad de trascender el tiempo. «Me genera una especie de encantamiento ese momento cuando vos estás reconstruyendo una historia y saltás la última frontera al pasado. Como las primeras grabaciones de una canción criolla de principio de siglo. Pero lo que hay antes es pura hipótesis. No sabés cómo sonaba. Me fascina ese momento que es pura especulación. Es una vida que siempre está en presente».

La presentación de Sanputa (editado por Club Hem) será el jueves 13 de junio a las 19:30 hs en la Biblioteca Popular Teatral Alberto Mediza, con moderación de Cintia Kemelmajer, Sergio Pujol y miniacústico de Mister América.