El volcán Maipo reflejado sobre la Laguna del Diamante, en dos triángulos perfectos. El mendocino había registrado hacía años algunas imágenes y de pronto esa geometría le develó un posible juego argumental. Mucho antes de esa procesión mística llamada Los Salvajes y de constituirse como uno de los guionistas más talentosos del cine argentino, tenía un pequeño blog de poesía que posiblemente quiera olvidar: Cabeza Volcán. “Día tras día/ cava tu pozo/ tendrás una montaña”, escribió alguna vez.

Técnicamente, las montañas son accidentes. Donde hay una montaña, hay una grieta. Y se sabe que así es como entra la luz. El paisaje viró en sustento narrativo. “Un triángulo amoroso, la muerte de una mujer y el reflejo invertido de ese triángulo –evocará–. Ante el vacío de un amor perdido aparecía aquello fuera del lenguaje y de lo que solo la ficción, la imagen, podía dar cuenta. Apareció el relato fantástico, el monstruo. Dos hombres y una mujer, dos hombres y el monstruo”. Sí, un monstruo. De verdad, si es que afirmar eso tiene sentido. Un monstruo hambriento y plurisexual jadeando baba sobre la piel reseca de piedra.

Y también las interpretaciones libres de las tres emes: el posible “muere, machismo, muere” o la humorada de “muere, Macri, muere”.

La sinopsis, como corresponde, lo sintetiza: “Cruz, oficial de la policía rural, investiga el hallazgo del cuerpo de una mujer decapitada. No será la única. Cruz es amante de Francisca, esposa de David, quien es acusado de los crímenes y enviado a un hospital psiquiátrico. David atribuye las muertes a la inexplicable y brutal aparición del monstruo. Cruz tropieza con una misteriosa teoría que involucra la geometría del paisaje, unos motociclistas de montaña y un mantra grabado en su cabeza: muere, monstruo, muere”.

Eso. Y el horror, si queremos pensar en Conrad. O el miedo al miedo en Carver. O Bolaño o Cronenberg o Carpenter o mil subtextos y referencias y la inquietante voz del subconsciente y la apacible voz de Sergio Denis. Y también las interpretaciones libres de las tres emes: el posible “muere, machismo, muere (“nos van a matar a todas, Cruz, de a poquito”) o la humorada de “muere, Macri, muere”. Como un volcán, la cabeza de Alejandro Fadel derrama cantidades de sentido en sus guiones.

Pero lo mejor del cine –como la poesía– es que no cabe en un papel. Alguna vez Nick Cave dijo algo así como que las palabras que escribió son sólo el barniz y que las verdades yacen debajo, que cantar es “un modo de tentar al monstruo que salga a la superficie, crear un espacio donde la criatura pueda atravesar lo que es real y conocido para nosotros, ese espacio deslumbrante donde la imaginación y la realidad se cruzan. Allí mismo debe vivir el cine, que es eso que ocurre cuando no alcanzan las palabras ni una imagen vale mil palabras. Una vez más, Fadel recuerda con tanta inocencia como dominio que el cine se trata de una experiencia. Una criatura viva. Y que los sentidos que importan son esos cinco que se conmueven allí, cuando entra la luz de la pantalla y nos dejamos tentar por ese monstruo que aparece y desaparece como eso que llaman verdad.

“Más que una película de terror puro es un film sobre el pavor a lo desconocido y la ansiedad que eso nos provoca”, induce Fadel. Estrenada en Cannes (donde obtuvo el premio Un Certa in Regard), el cineasta cuenta que “fue una película de un largo proceso de escritura, también de financiación”. Hoy producir este tipo de cine sin el apoyo de esa tríada con conforman aquellos pocos actores convocantes, el apoyo de la televisión y la distribución de una major. Resulta una quimera además de un trabajo enorme, donde debe reinar la paciencia y la suerte de encontrar los compañeros de aventuras adecuados. Me siento un gran afortunado por poder haberla realizado sin resignar nuestras ambiciones estéticas.

Compitiendo contra los superhéroes y tanques americanos, el huidizo protagonista no fue concebido como un “un monstruo digital capaz de todo, el monstruo capitalista, capaz de llegar de un lugar a otro en segundos, y convertirse en una mariposa si mi capricho lo deseaba. Pensé que el monstruo, su anatomía, su cadencia, tenía que ver con la puesta en escena que la película proponía. Imaginaba, cuando pensaba en la criatura, en una piedra que se había desprendido de la montaña y que a través de los tiempos había cobrado esta forma, mitad humana, cargada de brutal sexualidad, pero con elementos de paisaje, de cordillera. Aprendí mucho en ese Intercambio de ideas, de juego, de dibujos, de entender qué era posible y que no. Fue la parte más lúdica e infantil en el mejor de los sentidos de la palabra, puro disfrute”.

Con decisión de que el monstruo sería materializado y no sugerido, Fadel “sabía que la anatomía del monstruo estaría signada por evidentes componentes sexuales. Que el diseño de nuestra criatura estaría atravesado por distintas formas alteradas de sexualidad. Un monstruo ambiguo, un cuerpo extraño, imposible de clasificar o normalizar. Como las sexualidades hoy en día, debatiéndose, poniendo en duda, con la potencia del presente, eso que nuestra cultura se empeña en mantener de manera binaria, unívoca”.

Con pocos personajes pero de gran sentido, Fadel eludió nuevamente los nombres célebres a cambios de notables y potentes actuaciones a cargo de Tania Casciani,

Víctor López, Esteban Bigliardi, Romina Iniesta, Sofía Palomino, Francisco Carrasco y Jorge Prad. “Al filmar a una persona poco me importa si se trata de un actor profesional o no. Los dos protagonistas de la película y también sus voces, son el centro del relato. Escribí pensando en Estaban Bigliardi para interpretar a David, con sus parlamentos extraños que atraviesan el film y que dan pistas y despistan. Era esa voz, esos textos los que debían embrujar al otro protagonista, el oficial a cargo de la investigación y sumergirlo poco a poco en un desconcierto que por otra parte lo hacía ponerse en movimiento hacia el misterio”. Y agrega: “Busco que lo que el lente y el micrófono registren sea la ambigüedad que nace entre la persona que interpreta y el personaje imaginado. Ir tras ese espíritu que inevitablemente buscará salir a la luz”.

Párrafo aparte para la dirección de arte de Laura Caligiuri y en general, todo el equipo de La Unión de los Ríos, que más allá de la taquilla o las críticas consolida una de las obras más poderosas del año

Con proyección en algunas salas del país y el recorrido por festivales internacionales, el filme lucha –como la mayor parte de las producciones locales– por subsistir en una industria más deficiente que nunca en tiempos de crisis. “La película logró encontrar su espacio e instalarse, discutirse, llegando de a poco a sus espectadores –considera quien fue guionista de Trapero, Sniferons, Salles, Caetano y Weber–. Se escribieron bonitos textos, recorrimos festivales por el mundo y el país. Y el objetivo es seguir mostrándola, como sea y donde sea. Toda aquella ciudad que quiera proyectarla, no tiene más que escribirnos y allí intentaremos estar. Me siento contento y acompañado por Maco Cine, quien decidió distribuirla con amor y mucho trabajo para que esto sea así. No haremos dinero eso está claro aunque preferimos pensar que las películas se hacen desde la consciencia del presente pero anhelando el futuro”.

Párrafo aparte para la dirección de arte de Laura Caligiuri y en general, todo el equipo de La Unión de los Ríos, que más allá de la taquilla o las críticas consolida una de las obras más poderosas del año. Fadel concluye: “Creo que el espectador que más disfruta la película es el que entra en esa zona de incertidumbre, de experiencia física, de viaje sensorial, con la cabeza trabajando de manera rara y el cuerpo recibiendo el golpe de aquello que la palabra no puede domesticar. Pasar de la sólida piedra, a lo móvil e inestable del reflejo. Creo que ese es el camino de la película y de sus personajes”.