Por Agustina Titarelli
Foto: Eva Cabrera

Pañuelos verdes, violetas y naranjas atados en las mochilas, en los tobillos, en las muñecas, en el cuello. El glitter adorna los rostros: en varios cachetes está pintado el símbolo femenino, otros son más modestos y llevan apenas un poco. Hay mates, amigos y varios termos con agua caliente para compartir. Marchan mujeres embarazadas y con hijos. Abuelas que llevan orgullosas los pañuelos que representan esta lucha. Chicas que en carteles expresan su repudio al sistema patriarcal, que cantan y agitan la mano al son de la melodía murguera de la marcha. Hay banderas de la comunidad LGTBIQ y pelucas violetas que se pierden en la caravana de banderas de distintas agrupaciones, organizaciones y colectivos que se dieron cita este día histórico.

El 3 de junio de 2015 nació el grito colectivo de Ni Una Menos. La convocatoria surgió de un grupo de periodistas, activistas y artistas, pero la sociedad se apropió en seguida de la consigna y la transformó en una campaña colectiva. #NiUnaMenos nació de la necesidad de parar la violencia machista, que en ese entonces en nuestro país se cobraba la vida de una mujer cada treinta horas. Hoy, según un informe del Observatorio de Femicidios en Argentina, la cifra aumentó: hay uno cada veinticuatro horas. En lo que va de 2019 hubo 30 travesticidios y 133 femicidios. El grueso sucedió en la provincia de Buenos Aires.

Sin embargo, debido a la falta de presupuesto, no se implementa plenamente la Ley N° 26.485 de Protección Integral para Prevenir, Sancionar y Erradicar la Violencia contra las Mujeres. Este año el gobierno de Mauricio Macri destinó 11 pesos por mujer para luchar contra la violencia de género, ya que privilegió por encima de todo el pago de la deuda externa. Además, prevé eliminar por completo la ley de jubilaciones para amas de casa, que reconoce el trabajo invisibilizado de miles de mujeres que trabajan de manera informal.

«Vivas nos queremos»

Antes de que comenzara la marcha, en las paradas de colectivos, abrazando a los árboles y en algunos paredones estaban pegados panfletos que anunciaban el 34° Encuentro Nacional de Mujeres, a llevarse a cabo el 12, 13 y 14 de octubre. También carteles con la consigna «Vivas, libres y con trabajo nos queremos». Las escaleras del edificio de los tribunales penales fueron el escenario de una instalación creada por Elina Chauvet, donde las trabajadoras dejaron zapatos rojos en memoria de las víctimas de feminicidios.

En el Centro Cultural María Emma se inauguró un mural en memoria de la estudiante de medicina asesinada el 8 de julio de 2017. En la Facultad de Periodismo y Comunicación Social los estudiantes pintaron un banco rojo. Los clubes de fútbol de la ciudad, Gimnasia (que este mismo día festeja su 132° aniversario) y Estudiantes, se sumaron a la convocatoria y exigieron el cese de la violencia machista desde sus redes sociales. El #3J se veía venir de temprano.

Marisa, como tantos otros que desean capturar los momentos de la quinta edición de #NiUnaMenos, lleva su cámara colgada al cuello. En la fotografía, el arte de registrar escenas, encontró cierta manera de hacer catarsis. Se sube a un banco y saca fotos de la multitud que planea subir a Instagram. Lleva una mochila adornada con pines con motivos feministas y el pelo atado con el pañuelo verde. La lucha la siente en carne propia: en su infancia fue abusada sexualmente. Su lucha, su padecimiento a manos del sistema patriarcal, son los de todas: en la marcha confluyen distintas historias y vivencias de mujeres abusadas en el seno familiar desde su más tierna niñez, maltratadas por parejas, violentadas y oprimidas por la sociedad.

El personal de tránsito de la ciudad prácticamente no está presente. La seguridad está a cargo de integrantes de las organizaciones que marchan: se adelantan para cortar las calles y cuidar a la multitud.

Los rostros de Johana Ramallo, Emilia Uscamayta Curí, Claudia Salgán, entre otras, circulan en carteles. Los comerciantes observan la caravana desde las puertas de sus negocios, en cuyas vidrieras posan maniquíes con cuerpos de mentira. Varias personas se asoman a los balcones de sus departamentos y filman. Siempre se escucha algún que otro bocinazo que se solidariza con la lucha.

Los reclamos son múltiples y variados: se exige la liberación de los choferes presos de la línea Este, el cese del gatillo fácil, la implementación del cupo laboral trans (dado que el 90% del colectivo se ve imposibilitado de conseguir un trabajo en blanco), por los despidos en las distintas secretarías y ministerios y para que haya jardines en los barrios, entre otros.

La manifestación confluye en plaza San Martín, donde frente a Gobernación espera un pequeño escenario organizado por quienes integran la Campaña Nacional por el Derecho al Aborto Libre, Seguro y Gratuito de La Plata, Berisso y Ensenada. Allí habla Lorena Galle, tía de Micaela, la nena asesinada en el cuádruple feminicidio de 2011 en La Loma. Toma el micrófono pero no puede pronunciar palabra, la voz se le corta.

«¡Lore, escuchá, tu lucha es nuestra lucha!», corea el público, brindándole su apoyo. Pide justicia y rompe en llanto. Agradece a su familia y a quienes están presentes. A su lado se encuentra la mamá de Claudia Salgán, cuyo discurso emociona a más de uno. Allí se juntan los pasacalles y las banderas de asta de caña de las distintas agrupaciones y organizaciones sociales, micrófonos y megáfonos.

En el documento que es leído antes del cierre expresan el repudio a la intervención imperialista en Venezuela, la solidaridad con las mujeres y la comunidad LGTBIQ que están padeciendo la presidencia de Bolsonaro en Brasil, exigen justicia por los pibes de Monte. También repudian la criminalización de la prostitución, exigen la implementación del cupo laboral trans, se solidarizan con las trabajadoras despedidas de la línea 137 y 144 y con las que afrontan despidos en las secretarías y ministerios. Piden el 82% móvil para los jubilados y exigen que no se suspendan las jubilaciones de amas de casa.

Una nena lleva colgado en la espalda un cartel de cartón con la consigna «Me quiero viva y libre». Tiene los cachetes pintados de verde, viste una campera marrón que parece muy abrigada y calza unos borceguíes gastados. Sostiene la mano de su mamá, que se seca las lágrimas con la manga de su sweater.

«Yo quiero pedir un deseo», dice la nena, quien ahora tiene la atención de su madre. «Que no maten a ninguna mujer más».