Por Ramiro García Morete

-Mozo, hay un error: me trajo un zapato.
-Esa es tu opinión… respetá mi opinión.
Tan cerca del sinsentido como de la parodia política, la viñeta –como debe ser– se completa con el dibujo. El trazo nervioso e irreverente a mano alzada no desatiende sin embargo la expresividad ni la síntesis que requiere la materia. Hay un trabajo meticuloso de articular un estilo en apariencia silvestre con un notable grado de sutileza. En el rostro absorto e ingenuo del cliente está el absurdo; en el gesto displicente del mozo, la multiplicidad de lecturas. En el zapato sobre el plato, el remate que no concluye ahí. En tiempos de memes o de «humor de autoayuda» (como alguna vez dijo en Contexto Gustavo Sala), Esteban Podetti –de una notable trayectoria que va de Cerdos y Peces a La Urraca, de Fierro a Barcelona, de Clarín a Telam– sobresale a base de textos corrosivos y líneas que están siempre a punto de estallar: en el jefe con cara de bueno que contrata esclavos, en la cortejada que no cree que envejecer con otro sea un gran plan. Hay un estallido latente y ese trazo acompaña, inclusive cuando efectivamente explota, como Macri al aceptar la orden de Duran Barba de enojarse. Pero todo parte de un estallido: su propia risa. El tipo que desde los tres hace historietas, que aprendió copiando a Lulú y Mafalda, que soñó siempre con dedicarse a esto, confiesa que se ríe de sus chistes. Hay algo en la mano, como una suerte de pulso voraz. Pero también en el reloj y en el bolsillo: tiene que hacerlo rápido. Por eso es bienvenido este repaso que supone La Caja, con más de cien chistes publicados tanto en redes sociales como en Barcelona, a cargo de un referente: Esteban Podetti.

«Fue dificilísima la selección, pero por un tema muy básico: no tengo ningún tipo de criterio –pronuncia y ríe el dibujante–. Me costó mucho. Todos los chistes me gustaban, lo que habla bien de mi autoestima. Me costaba mucho dejar chistes afuera. Fui sacando alguno que no anduvo, otro que quedó desactualizado. Aunque La Caja no se basa mucho en la coyuntura. Así que tuve que apelar a múltiples criterios. Uno fue bien marketinero: el éxito en las redes. Poder medir los compartidos, es bastante fácil… somos todos unos ‘duranes barbas’ de producción propia. Me pude basar en eso porque quería que el libro gustara».

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«El humor está ligado a la identificación», reflexiona el autor de Yo contra el mundo sobre los modos de consumo en la actualidad. «El arte es así. Encuentra aspectos con los que identificarse, desde Shakespeare al Martín Fierro. Ahora, si vos te referís a un humor que busca la complacencia y que confirme lo que yo ya pienso, sí es verdad que ocurre. Suelo tener mucho cuidado y hacer una reevaluación constante cuando sólo tiene éxito por eso. Que pasa mucho sobre todo con el humor político. Yo suelo hacer todo contra Macri o Cambiemos. Pero no sabés si les gusta porque el chiste es bueno o por la causa política. Yo lo llamaba humor de confirmación de opinión», dice. Y extiende con un caso singular: «Anteayer hice un chiste contra las pasas de uva de las empandas. Es obvio que no gustan las pasas. Lo gracioso es que se reveló un mundo o submundo al que sí le gustan las pasas pero que le gustaba el chiste. Si pasa eso aparece el fenómeno del humor más puro. No estoy de acuerdo pero me parece gracioso».

Respecto de la recepción, deja en claro: «Uno tiene que luchar contra el intento de explicarse, porque queriendo explicar la intención y explicar el chiste es la mejor forma de asesinarlo. Yo no sé… la gente entiende cualquier cosa… es un fenómeno universal, sólo que ahora uno se entera masivamente de que entendió cualquiera. Son cosas contras las cuales no vale la pena pelear… Uno nunca va a lograr expresar lo que realmente está pensando».

A la hora de pensar en su estilo, Podetti brinda algunas claves. «Para mí es muy importante, porque yo tengo una pequeña tara. Los chistes que más me gustan y en los que más trabajo son en los que les pasa algo a los personajes. Te das cuenta de que les está ocurriendo algo, que tienen miedo o están excesivamente seguros de sí mismos. Me importa eso. Le doy bola a la expresión, a los ojos. Me gusta buscarle la expresión justa sin ir a una cosa de retrato realista, sino buscar síntesis humorística, que es más efectiva».

Podetti cuenta que al comenzar con La Caja quería hacer algo popular. «Tengo un estilo de dibujo agresivo, desagradable, y dije: hacer algo más tranqui… no tan cachetada. Lo que me fue pasando es que fui soltando el trazo hasta tratar en lo posible de que lo que me pasa con la mano… la posición de los personajes se pueda expresar de un sólo trazo, de una línea muy fluida».

Preguntar si se ríe de sus propios chistes es algo tonto, pero Podetti cree que es tonta su respuesta. Sin embargo, reconoce: «A veces me río. Si no me causa gracia, me parece que no lo hago. Me tiene que arrancar una pequeña sonrisa. Suena boludo decirlo… es la cosa con menos prestigio. De hecho, está prohibido. No imagino a Verdaguer riéndose de sí mismo. Pero como en mi caso es privado, puedo reírme. Ese es el primer termómetro. Si no lográs hacerte reír a vos… Intuyo que otros no se ríen y lo hacen por profesionales. Pero para mí debe ser súper triste».