Por Ramiro García Morete

«Esta vez no será igual, no me preocupa llegar/ sé que mi mente no se interpondrá entre lo que quiero o no.» Apenas si hablaba pero ya pedía una guitarra. «Cantaba boludeces», se reirá de sí misma. En la casa de Bolívar había montones de discos del padre que iban de Beatles a Charly, de Redondos a Pink Floyd, cuando apenas cantaba. Posiblemente escuchando a Gilmour adoptó ese tarareo enlazado con melodías de guitarra, que hoy sutilmente deja entrever en sus canciones. «Es lindo que no diciendo ninguna palabra estés transmitiendo un montón a través de ese eco», dirá. Tomaría un buen tiempo para llegar a ellas, donde sin embargo la palabra cobraría un peso esencial. Mientras crecería entre la data de un hermano mayor que hoy es bandoneonista y el pop sobreproducido de Christina Aguilera o las Spice, las mismas que no hace tanto versionó en argento con su amigo Francisco Cadierno en Sesiones Criollas. Lo que quiere o no –básicamente su visión del mundo– encontraría referencia más certera en Silvio, La Trova Rosarina y el folclore que interpretaban con La Vieja Trío y luego Andares. Aún como guitarrista, serían «las primeras canciones nuestras que hablaban de la realidad». Previa experiencia con Templarios, banda de rock de su adolescencia, la realidad la convocó desde La Plata. Quizá como en las canciones, desde la verdad de la belleza. Será por eso que tras un breve paso por la carrera de Cine, dividiría sus estudios entre la música y el periodismo. Será por eso que sus canciones expresarían una mirada del mundo «hermosa y terrible», cuando finalmente se encontró con su voz. Juana Molina, Natalia Lafourcade y otras artistas latinoamericanas habían sido la puerta de entrada para experimentar en una intensa búsqueda que la ubica hoy como una intérprete sólida y con una calidez que no requiere de histrionismos. «Fue un laburo encontrar mi voz en el tiempo… Es una forma de cantar distinta. No es una voz muy… mainstream…», piensa. Sobre arreglos precisos que dejando aire dominan la intensidad, coros y una austera pero eficaz base de bajo y batería, en Solo el sol la artista (se) demuestra que es más que una guitarrista. Bellas piezas in crescendo, cierto brío folclórico y reflexiones sobre los vínculos y un mundo tiranizado por las tecnologías. «Si no, nos perderemos en las redes industriales donde tejen nuestros gustos y cocinan nuestro hambre», canta al cierre de un EP recientemente publicado en las redes. Pero al parecer ya hay nuevo en mente para Milena Plácido y la realidad no se interpondrá.

«Solo el sol fue una idea que surgió el año pasado con tres canciones que tenía en guitarra y voz compuestas. Y quería trabajar con una productora que pudiera adaptar esas canciones a un formato más de banda.» La indicada fue Lucy Patané, solista y guitarrista de Las Taradas a quien precisamente en alguna ocasión le tocó reemplazar en ese grupo. «En seguida hubo conexión. Fue muy loco cómo pudimos crear una sonoridad más eléctrica, algo mío, re personal pero nuevo. Esa es la mixtura entre las dos.» Y explica el modo en el que los arreglos interpretan lo que se dice: «En el caso de ‘Redes industriales’, la instrumentación para la guerra que plantea esa canción. Más vibrante, con los cortes de batería, las guitarras con esos trémolos… inspirados en todo lo que se está cantando que es terrible y es hermoso. Me parece que así suena. Cómo juegan los coros, para crear esa atmósfera en la cual expreso mis sentimientos. Hablo del amor o vivencias personales, pero también de la manera de ver el mundo. Tanto las letras como esas atmósferas volando por el aire me parecen hermosas y terribles». ¿Así es el mundo? «Las canciones son eso y es una forma de verlo», responde.

«Soy periodista. Me gusta leer, analizar las formas en que nos comportamos a través de las tecnologías.» Sus letras apuntan a «la fibra más íntima para poder decir algo del exterior. Pero no hablan de lo que pasa afuera sino cómo se conmueve lo interior con eso». Y se sorprende por cómo «muchas veces el inconsciente habla a niveles increíbles. Por cosas que interpreta la gente de las letras y música. Tantas, que parece como si las personas se hablaran a sí mismas a través de las canciones». De lo particular a lo universal sería el camino de la canción: «Sí. Y viceversa. Pero es de lo individual hasta donde más pueda llegar. Y nunca sabés el límite. Como con todo lo que hacés en la vida. No hay un límite exacto de dónde llegan tus acciones. Siempre algo seguís moviendo».

Por lo pronto, la que seguirá moviendo es ella. Más allá de una posible presentación de estas canciones, «estoy haciendo cosas para un plan futuro de disco», donde indaga en un perfil más humorístico o bizarro como lo hizo en el dúo Hola. «No humor stand up sino ridiculizar al máximo lo que se siente», explica. Y completa: «Y tiene que ver con esto de las nuevas tecnologías del manejo que hacemos. Me parece muy extremo. No estamos del todo bien».